La Belgrano: más que una escuela, un refugio de sabiduría y contención

Abre sus puertas a todo mayor de 15 años que desee aprender un oficio y terminar el primario y secundario. Asisten chicos de toda la provincia.

26 May 2019 Por Leo Noli

Eliana es tímida. No me mira a los ojos. Quizás siente vergüenza o, simplemente, no me gané el derecho de saber quién es ella. Lo que sí, de a poco, palabra tras palabra, veo cómo va cambiando el panorama, uno con sonrisa inicial a media altura y otro, ya al final, con esa gracia que alcanza todo su ser.

Roldán, ese es el apellido de Eliana. A mi juicio (aunque yo no sea quién para hacerlo), esta mujer de 19 años puede enseñarle a cualquiera lo que es jamás darse por vencido. El relato de su propia historia es doloroso. Sus padres la mandaron un hogar cuando tenía ocho años. “No se hicieron cargo de mí, me encerraron”, me dice ella sin caerse en ese viaje al pasado que lastimaría hasta al mismísimo Superman.

Eliana es una persona agradecida, es una chica que encontró en otros brazos, en otros hogares de tránsito el conocimiento y el amor que sus propios padres nunca le dieron. Eliana es madre de Isis Clarivel, su mayor orgullo en esta vida y por quien ella decidió hacer algo. “Andaba de un lado para otro con mi hija en la calle. Gracias a Dios nunca robé ni me drogué”, me cuenta ya en confianza, aunque siempre esquivándome la mirada.

Estoy en el segundo lugar donde Eliana es feliz. Estoy en la Escuela de Oficios Manuel Belgrano, un predio lindante al Instituto Roca, a una comisaría y al Hogar Belgrano. Allí Eliana encontró una vocación oculta: la herrería, uno de los tantos programas modulares que ofrece el Ministerio de Educación a jóvenes (15 años en adelante) y adultos. Esta escuela viene a ser un remanso para quienes desean gambetear las tentaciones de la calle. Es un combo 3x1: se puede completar la primaria, el secundario y a la vez aprender un oficio. Mejor, imposible.

UNA PASIÓN. Son varias las chicas que decidieron aprender herrería.

“Me gusta mucho la herrería, es una manera de encontrar una salida laboral, ojalá me sirva. Ya no quiero seguir limpiando casas. Quiero algo mejor para mí y para mi hija”, me confía Eliana. “Podré hacer puertas, portones. Además, me gusta mucho hacer porta macetas”, ahora sí se ríe con ganas Eliana, mientras sus compañeros siguen con la herrería a fondo, cortando, midiendo, escuchando al profesor encargado de guiarlos.

Eliana vive en el Hogar Santa Micaela. Me lo cuenta durante el mediodía de nuestra conversación. “Es un hogar para chicas adolescentes madres solteras. Son muy buenos conmigo. Bah, con todas. Le estoy muy agradecida a todos en el hogar, porque además de enseñarnos educación tenemos la posibilidad de aprender, de estudiar. Lo mismo acá. Me gusta mucho lo que hago en la escuela de oficios”.

“Te veo feliz”, le digo yo a Eliana. Su respuesta es obvia: “sí”. Entre el Santa Micaela y el Belgrano Eliana suma conocimiento. Aprendió tejido, viene a pleno con el estudio del “secundario”, piensa en hacer otros oficios y, sobre todo, en poder enseñarle a su hija algo que sus padres no hicieron con ella: los valores de la vida y creer que cuando se quiere, se puede.

GASTRONOMÍA. En cocina, las chicas ya aprendieron a hacer diferentes tipos de masas y tartas dulces.

Madres todoterreno

Edith y Silvana son amigas, viven por la zona de Las Talitas y de El Colmenar y viajan todos los días para avanzar en los módulos de carpintería de la Belgrano. La Belgrano no es solo herrería; es carpintería, es mecánica del automotor y motocicletas; es electricidad para el hogar, es refrigeración e instalación de aires acondicionados; es gastronomía y, próximamente, será peluquería, amén de otras sorpresas a florecer en el transcurso del año.

Edith y Silvana se coparon tanto con la carpintería que ya hicieron su primera mesa. “Todo lo que se hace en la escuela”, me comenta Federico Periotti, su director, “se les regala a los alumnos”. La Belgrano no es oficio y estudio. Es una fuente de contención social.

En los últimos meses han ingresado 15 docentes nuevos, entre los que dictan clases y oficios. Edith y Silvana les sacan el jugo.

“En tiempos difíciles hay que saber hacer de todo un poco. Sabemos algo de albañilería, de plomería, ahora de carpintería, aunque al principio mi marido me decía que todos esos oficios eran para hombres. Bueno, no lo son”, torea orgullosa Edith, juntada desde hace 30 años, madre de tres hijos y magnífica todoterreno.

Silvana le sigue los pasos a Edith casi en todo. También tiene tres hijos y aprende todo lo que puede.

Un motor, dos motores...

Periotti comenta que a través del ministro Juan Pablo Lichtmajer llegó un motor nuevo donado por la automotriz alemana Mercedes Benz. Los chicos, encantados.

Por si no quedó claro, todos los oficios son gratuitos. Lo que sí, como en todo proyecto homologado por un ministerio educativo hay reglas cumplir: asistencia, exámenes. Nada del otro mundo.

Miguel tiene 17, merodea tranquilamente el metro 80 de altura y como Eliana, mira al motor 125 que está desarmando en vez de entrar en contacto directo conmigo. “Soy de la villa, me gusta mucho la mecánica y es mejor aprender una carrera que estar en la calle. Porque en la calle hay tentaciones”, responde en un tono bajo, casi silencioso.

En paralelo, Miguel va al secundario de la Belgrano. Primero se pasa dos horas entre libros y después otras dos pero con aceite y grasa de motor. Es el primer año de Miguel en la escuela, pero pinta que lo suyo va en serio. Se ilusiona con abrir su propio taller.

Lo mismo que Carlos, que tiene 17 y vive en San Ramón, donde trabaja como cadete en una mensajería. “Me gusta mucho esto”, asegura con los ojos incrustados en el bloque del motor que está desarmando con unas llaves especiales.

En la Belgrano no hay filtros. Asisten a clases chicos y chicas de diferentes puntos de la provincia, desde Tafí Viejo pasando por El Timbó, barrios periféricos, San Andrés, la zona del Mercofrut y la lista continúa sin límites de kilómetros.

APUNTES. Los chicos del refrigeración toman nota de la lección del profesor.

A refrigerar la vida

En el aula donde se aprende sobre instalación y reparación de aires acondicionados no vuela una mosca. Chicos de no más de 17 años flanquean al profesor, todos con sus respectivos cuadernos y anotando a detalle lo que significa un motocompresor. Hasta hacen dibujos de las partes del aparato con diferentes tipos de colores. Marcas que ayudarán después en la práctica.

Entre los alumnos está Joel, de 16, confeso hincha de Atlético como la mayoría del aula. Apenas uno es de San Martín, se nota por las manos arriba y abajo. Apenas un par, las de Nicolás (18), hermano mayor de Joel.

“Cada uno eligió de qué club ser hincha”, dicen a coro los dos chicos de Villa 9 de Julio. Y por si las moscas, aclaran: “jamás nos peleamos por el fútbol”. Nos vemos.

Cerca de donde está el viejo taller de tornería, las chicas de gastronomía te hipnotizan con la producción del día: pasta frola. Ellas hipnotizan y el grupo de electricidad del hogar te alumbra el camino. Toda la instalación de luces de ese sector fue obra de ellos. Impecable. De Primera.

LA JOYA. Mauro, el primero a la derecha de la imagen, mira el motor Mercedes Benz donado a la escuela.

La joya de la corona

El cuarto continuo a electricidad atesora el motor Mercedes. Brilla, es color rojo y plata. Una locura. “Ahora estamos viendo inyección electrónica”, me cuenta el profesor tapado de alumnos inquietos, en su mayoría dando sus primeros pasos. Como es el caso de Martín.

“Vivo cerca de la escuela. Vi la propaganda de los talleres por internet y me interesé. Es gratis y me gusta mucho la mecánica”, me cuenta este estudiante de pericia del Automotor.

Joel no pasó el examen de ingreso de enfermería y para no estar al vicio en su casa pensó en ganar conocimiento y hacer algo que le gusta, mientras espera a tomarse revancha el año próximo.

A sus cortos 20, Mauro es uno los alumnos que mayor provecho le sacó a la Belgrano. “Hace tres años que vengo, siempre para aprender de mecánica. Empezamos con lo básico de mecánica del automotor, después pasamos por electricidad y ahora estamos con electrónica”.

Mauro vive por la zona del Mercofrut.

Mauro trabaja en el Mercofrut.  “Sí, de 4.30 a 12 del mediodía”.

 Mauro tiene siete hermanos.

Mauro escucha a Julio, su padre, un sabio para él.

A Mauro le gusta mucho la mecánica. “Trabajo, estudio y vuelvo a trabajar. Todos los días. Gracias a lo que aprendí ahora sé hacer trabajos de tren delantero del automotor y service en general. Tenemos un pequeño taller con mi hermano en mi casa”.

Mauro es un titán.

Mauro ha sabido cosechar los frutos de su sacrificio. “Lo que gano de dinero lo invierto en refacciones en la casa de mis papás. También pude comprarme mi primer auto, un Senda con motor Audi”, una bomba, dirán los conocedores de la materia.

Mauro todavía no cayó en las redes del amor, pero está preparado gracias a los consejos de Julio. “Cuando llegue, deberé valorar, respetar y cuidar a la mujer que ame”.

Fin.

Comentarios