Basura y aguas servidas

02 May 2019

Desde hace tiempo es uno de los sellos distintivos del “Jardín de la República”, pero no es motivo de orgullo. La basura es la compañera inseparable de los tucumanos. Se puede constatar su presencia a la vera de las rutas, en las calles, en el piedemonte, en las plazas. La que peor impresión causa, sobre todo a quienes nos visitan por primera vez, es la que se halla en los accesos a San Miguel de Tucumán.

En nuestra sección Cartas del martes, un lector se refirió al acceso este de la ciudad que recibe a quienes llegan por vía aérea a la provincia. Describió que desde que se atraviesa el puente Ingeniero Barros, comienza la primera confusión del turista que “no sabe si llegó al Mato Grosso o llegó a Tucumán”. Si se toma la avenida de Circunvalación los basurales saludan a los visitantes, y “eso que en la época del anterior gobierno se creó la Secretaría de Saneamiento y Mejora de los Espacios Públicos para el gran fin de tener entradas dignas”.

Pero no solo la basura afea el paisaje; los líquidos cloacales emboscan al visitante desprevenido y le dan la bienvenida con su aroma maloliente. Esta postal no es nueva y se repite, por lo menos en lo que a basura se refiere, en los otros ingresos a la ciudad.

A veces están apagadas las farolas de la autopista de Circunvalación. Entre el Mercofrut y la avenida Jujuy, el tránsito se vuelve por momentos peligroso a causa de la circulación de perros y caballos sueltos, de carros de tracción a sangre, de personas que circulan a pie, en moto o bicicleta por la banquina, incluso en contramano. De modo que quienes ingresan a la capital por allí se topan con ese riesgoso panorama.

En los últimos tiempos, como consecuencia del agrandamiento de la pista de aterrizaje, se han incrementado notablemente los vuelos nacionales y algunos internacionales, desde y hacia Tucumán. De manera que el caudal de viajeros es importante.

Nuestra capital es además el centro de muchos congresos en distintas profesiones, algunos de alcance internacional, como el de educación que concluyó el fin de semana o el de la caña de azúcar que tendrá lugar el 31 de agosto próximo. En este último han comprometido su presencia personalidades de varios lugares del mundo en el ámbito azucarero. ¿Qué bienvenida les daremos a los huéspedes?

Si parte del frente de una casa se halla sin revoque y las paredes con leyendas, si su jardín está poblado de yuyos, residuos y alimañas, pocos deseos de ingresar en ella tendrá cualquier persona. Algo parecido ocurre con una ciudad. Si sus principales accesos no se hallan en condiciones, el viajero que llega en vehículo por primera vez a nuestra capital, seguramente pocas ganas tendrá de quedarse. Y si tuviésemos la suerte de que regresara tiempo después, este probablemente descubriría que la realidad no solo no ha cambiado sino que ha empeorado.

Si se piensa en el bienestar de los ciudadanos  -debe ser la prioridad- y se cree que Tucumán puede progresar turísticamente, se debería poner énfasis en saldar antiguas deudas urbanas y en el mejoramiento de los accesos a la ciudad.

La temporada turística de julio está a escasos 60 días, tiempo suficiente para poner en condiciones los accesos, cuya desprolijidad contrasta con los murales de mirada mosaiquista en los que se trabaja para embellecer los pórticos de la ciudad.

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