El tucumano se enamoró de la italiana

Una pareja de artesanos cuenta su historia y rescata el valor de la felicidad y la satisfacción.

12 Ene 2019 Por Francisco Chico

Él es tucumano, ella es italiana. Él tiene 69, ella 60. Ambos venden amuletos, bolsas de la suerte, muñecas y brujas que ella fabrica. En la calle principal de Tafí del Valle, Hugo Lazarte se ríe cuando se acuerda que fue su compañera la que lo trajo de vuelta a la provincia en 2006. Ella lo confirma. “Sí, pero no costó mucho convencerlo”, dice Puya Lazarte mirando a Hugo. Se conocieron gracias al teatro en la Italia de los ‘70 y están juntos desde entonces.

“Tenía 22 años cuando decidí probar suerte en el mundo sin tener idea de cómo sería. Me fui con una compañía de teatro”, contó Hugo. Desde entonces recorrió Europa, y volvió a nuestro país algunas veces. Tenía 28 años cuando conoció a Puya y ella, 19. “Hay cosas que ya perdimos en el camino: energía, belleza... Y paciencia”, explica entre carcajadas. Pero inmediatamente asume un tono paternal y agrega: “no todo es sexo y pasión. Pasada esa tormenta hormonal hay que encontrar el momento de sosiego, de descanso. Nos complementamos”, sintetiza.

El penal y el tobillo

Desde que se conocieron viajaron mucho. Hugo cuenta que mientras vivía en Italia recorrió Argentina como turista de la mano de Puya. En repetidas ocasiones vinieron y visitaron Mendoza, Córdoba, Salta y otras provincias. En Italia le decían Maradona por su forma de hablar. Y asegura que no había otros elementos que permitan compararlo con “El Diego”. “Siempre fui inservible en el fútbol. Cuando era chico me elegían al último o me decían ‘esperá acá y cualquier cosa te llamamos´”, recuerda. “La única vez que pateé un penal me torcí el tobillo. Era un mensaje claro de que me tenía que dedicar a otra cosa”, dice y acompaña con un gesto de contundencia.

De los 30 años que estuvieron radicados en Europa, pasaron una parte importante haciendo teatro. “Podíamos hacer teatro libre, inventábamos, hicimos de todo”, afirma Hugo. Cuenta que participaron en eventos de partidos políticos diversos y le resta importancia a las diferencias ideológicas. “El problema no es para qué lado tira (cada agrupación). El problema es la violencia instintiva del hombre, el deseo de supremacía, de querer valer más que el otro”, analiza.

En un momento de la conversación dice que no es tan importante la historia que vivió con Puya. No termina la frase, no propone inmediatamente otro tema que considere más urgente. Pero minutos después, sin fines periodísticos, cambia de tono y regala poesías que juzga indispensables para quien sea loco como él.

Pobreza y felicidad

Cuando Puya conversa tampoco se enfoca en su propia historia, sino en lo que ella considera que ha aprendido de sus vivencias. Ella regala filosofía. “No hay un camino correcto y otro equivocado. No existen. Este es correcto para mí, no para todos”, dice. Mundana, obsequia consejos aclarando que los escuchó en películas de Hollywood y entrega un poema que conoció por un cuadro colgado en una pizzería.

Dice que cree en el destino mientras fuma un cigarrillo armado sin filtro. Pero está convencida de que una parte del destino está en las manos de cada uno. Y fue así como, en parte por decisión propia y en parte porque “había llegado el momento”, decidieron volver a Tucumán. “Desde 2000 yo estaba incómoda con lo que estaba pasando en Europa. No me gusta la idea de un gobierno mundial”, explica en referencia al desarrollo que estaba alcanzando la Unión Europea. “Quería un lugarcito en la montaña. Sabía que era un viaje sin vuelta, no era un capricho”, relata. Según Puya, tenían un muy buen pasar económico. Hugo era técnico y trabajaba en proyecciones de películas. Ella era maestra de pintura. “Teníamos una economía buena pero éramos infelices”, asegura. Y en 2006 llegó el momento. “La depresión nos agarró a los dos. Él trabajaba mucho y estaba muy estresado, yo tenía miedo de que se mate en el auto”, confiesa. Entonces vendieron todo.

Peor, la pobreza mental

Hoy viven en una casa a unos kilómetros del centro tafinisto. “Económicamente estamos por debajo de la línea de pobreza”, declara Puya. Los ingresos de la pareja rondan los $ 10.000 mensuales. “Pero no me considero pobre. Es peor la pobreza mental”, dice la italiana en referencia a quienes no están satisfechos con su vida. Aclara que tiene momentos de angustia y que en ocasiones le gustaría poder reparar su camioneta o comprarse un par de anteojos. Pero ese malestar se le pasa cuando recuerda la miseria del mundo y agradece lo que tiene. Luego, surgen frases con las que confirma estar tranquila con sus decisiones: “tengo mi linda casa”, “vivo como una reina”, “vivo en un verdadero paraíso”. Y está con Hugo, su compañero. “Nadie de nosotros, humanos normales, entiende el significado de la palabra amor. Prefiero hablar de compartir, de amistad, de respeto”, reflexiona. Por supuesto que hay veces en las que pelean, aunque eso no cambia lo que les importa. “Él es mi destino, mi medicina, mi mejor amigo”, define la europea.

Algunos creen que vale la pena ser pobre si se es feliz. Otros creen que no se puede considerar pobre, bajo ningún parámetro, a quien sea feliz. Y aunque Puya rechaza la palabra felicidad porque la considera muy grande, sonríe al afirmar que está satisfecha.

HECHAS A MANO. Brujitas, duendes y muñecas de estilo europeo.

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