La voz se alza dramática en el aire. La mano peina un gesto abaritonado. “Sin dar crédito a tus ojos, perdido todo el coraje. Muerto del corazón, de angustia, viendo ante ti levantarse un pasado de locura, de fuego, de infierno, de sangre, de cielo, de vida de muerte, de luz, de noche y de cárcel. ¡Diez años preso por ti! ¿No sabes que maté al que te ultrajó, en vísperas de casarme contigo en la Veracruz, donde pregonó el ultraje?” Se levanta. Mirada turbada. “No beses mi mano, que no soy santo ni mártir. A este debes la vida. ¡Calle de la Veracruz!” Sollozo de sílabas. “Calle que fuiste mi calle. Aunque nunca vuelva a verte, ¡quién podrá nunca olvidarte!” El poema de Salvador Valverde ha cobrado vida. La copa de vino en ristre agradece los aplausos que lo abrazan en la Peña El Cardón.
1998, 24 de julio. Una secuencia de recuerdos hilvana la agonía de 62 años ese viernes. Imágenes del barrio Los Cuarteles, donde la infancia juega a la rayuela, se sientan en sus párpados. Su tata se ha enfiestado aquel 11 de septiembre de 1935 y registra civilmente su arribo al día siguiente. Las escuelas Miguel Lillo y Patricias Argentinas son testigos de sus primeras escaramuzas recitadoras. En el colegio Tulio García Fernández, el teatro despierta en sus sueños. El Politeama Argentino lo ve debutar en el circo a los 13 años. “Éramos vecinos; Cacho vivía en la calle Libertad, a la vuelta de mi casa, su padre era militar, tenía dos hermanos; él trabajaba en la Caja Popular. Ellos decían que eran tataranietos de Sarmiento; iba al Tulio, su hermana también recitaba”, evoca el actor y director teatral Alberto Díaz.
La amante inseparable
Los albores del Teatro Estable de la provincia lo invitan a sumarse al plantel actoral. Entre 1962 y 1969, actúa en Proceso a Jesús (Reyna); Seis personajes en busca de un autor (Pirandello); La ópera de dos centavos (Brecht); Rómulo Magno (Dürrenmat); Réquiem para una mujer (Faulkner); El sombrero de paja de Italia (Labiche); El herrero y el diablo (Gené); Diálogo de Carmelitas (Bernanos); El burgués gentilhombre (Molière); El alcalde de Zalamea (Calderón de la Barca); Romeo y Julieta (Shakespeare). Bernardo Roitman, Ditborn Pinto, Eugenio Filipelli, Boyce Díaz Ulloque, lo dirigen. El recitador beberá en las fuentes del actor para perfilar un estilo inolvidable. La poesía gauchesca es su amante inseparable. LV7 recibe en 1964 a “El fortín del Norte”, un programa que tocará el alma de los tucumanos.
Su voz vive en seres acollarados por la tragedia, también en personajes costumbristas pintados por el humor. “El recitador es un golpeador de conciencias y en estos momentos de facilismo folclórico el organizador piensa que sería quitarle ritmo al espectáculo incluir el recitado como medio de expresión. Tucumán es una isla en ese sentido, ya que todavía se incluye al recitador como una figura. En mi caso, he tenido que hacer algunas concesiones, agregar al repertorio cuentos y poesías festivas para ‘no quitarle ritmo al espectáculo’”, dice.
Expresivo y dúctil
Su palabra camina los escenarios del país. Las distinciones lo abrazan. “Fue un referente de la poesía en Tucumán y todo el norte, sin dudar, lo más expresivo y dúctil en la personificación de los personajes de sus poemas, gracias a la técnica aprendida del teatro, del que llegó a ser primera figura en el Estable. Después de Ochoa y el Gaucho Hilacha, Julio Ragel, fue inigualable en su estilo. Qué lástima no haberse instalado en Buenos Aires para proyectarse a nivel nacional, como suele ocurrir con muchos que sin poseer tantas cualidades, llegan por estar donde atiende el Supremo”, expresa el guitarrista José María Montini.
Lo invitan en 1992 a Estados Unidos. En Palo Verde, Orange y Pasadena, lo presentan como uno de los referentes populares del noroeste. El amor por la poesía florece en varias plaquetas y libros (Mis gritos, Cenizas, Compromiso; De la sangre al paisaje; Apuntes íntimos). “Ando con mi soledad a cuestas, buscando la manera de ocultarla. Me disfrazo a la mañana de payaso, me oculto en el actor que me acompaña… ¡Qué triste es andar solo entre la gente sin otra ilusión que la esperanza! Apenas un manojo de poemas y una pena de recuerdo ya gastada”, escribe.
Dueño de la palabra
El canto desvelado de las mesas acompaña sus madrugadas. “Eligió quedarse. Rompió la regla. ¿Acaso el artista no busca el éxito en la gran ciudad? Tuvo la posibilidad de marcharse pero no quiso. La gloria que él buscaba estaba aquí: en sus amigos, su gente, su público, en los ojos esperanzados de los cantores populares que recorrían kilómetros y varias horas a lomo de mula para participar en ‘El fortín del Norte’, de don Orlando, el de la voz de trueno, pero dulce. Se encontraba en la ilusión de crear una fundación para ayudar a quienes quisieran iniciarse en el arte popular. Sin él muchos no estaríamos en un escenario. ¡Qué tristeza habrá embargado al dueño de la palabra, vivir en un mundo donde cada vez se enseña a escuchar menos, si ni siquiera se escuchan los silencios! “, apunta el cantor Coqui Sosa.
La enfermedad le pone una zancadilla. Le roba el caudal de su voz. Su fervor encanece de golpe. “Se callaron los grillos. Las estrellas apagaron sus luces y el trinar silencioso de los pájaros silenció mi canto. He quedado vacío nuevamente. Sin palabras. Sin miedos. Sin ternuras. Sin sueños. ¡Dios!, ¿estaré muerto?”, se pregunta.
De sus cicatrices brotan versos que quieren derrotar el olvido. Los pensamientos de Orlando Juárez, más conocido como Galante, se despeñan en lo oscuro, de donde solo se regresa por el recuerdo: “Ato y desato los sueños porque guardo la esperanza. Armo y desarmo los sueños porque con ellos me alcanza”, murmura Cacho que hace 20 años dejó viuda a la poesía gauchesca.
Íntimo
Voy recorriendo los caminos,
ahogado de noches y silencios,
bajel de sangre en las distancias,
enardecido de penas y de sueños.
Yo voy por dentro de mí mismo,
con la soledad de los recuerdos,
que me asoman desde el alma
con los gritos nudosos de mi pecho.
En ese andar de las angustias
he vaciado mi voz en los consuelos,
y sin nada en los ojos y en los labios,
he clausurado todos mis senderos.
Orlando Galante







