En las afueras del Atlanta Stadium, un par de horas antes de la semifinal entre Argentina e Inglaterra, había hinchas de todos los rincones del planeta. Argentinos e ingleses, claro. Pero también colombianos, japoneses, estadounidenses, italianos, chinos, africanos y otros más. Muchos ni siquiera tenían un vínculo con alguno de los dos seleccionados, pero se habían comprado la camiseta argentina o la inglesa, apenas unas horas antes, y caminaban hacia el estadio dispuestos a vivir, por un rato, en "modo hincha".
La escena era fascinante e inevitable. Un Mundial es justamente eso; es el evento deportivo más importante del planeta. Un lugar en el que conviven idiomas, culturas y maneras muy distintas de entender el fútbol. No había nada de malo en aquella postal; por el contrario, confirmaba que el fútbol sigue siendo el idioma más universal que existe. Sin embargo, mientras caminaba entre esa multitud, una pregunta empezó a darme vueltas en la cabeza. ¿Dónde estaba el hincha?
No el turista, el ejecutivo invitado por un patrocinador o el influencer que llegaba al estadio con el celular en la mano para subir una historia a Instagram antes del partido. Sino el hincha de todos los fines de semana. Ese que organiza su vida alrededor del fixture, que conoce al cuarto marcador central de memoria, que vuelve con la voz hecha trizas después de cantar durante 90 minutos o el que siente que la cancha es una extensión de su casa.
Durante 40 días recorrí estadios que funcionaban con una precisión admirable. Todo estaba pensado hasta el último detalle. Los ómnibus llegaban a horario, las acreditaciones aparecían cuando tenían que aparecer, los controles de seguridad eran perfectos y rigurosos, la señalización era impecable y los centros de prensa tenían la perfección de una maquinaria de última generación. Por eso, después de un mes cubriendo un Mundial, queda claro que la improvisación no existe dentro de FIFA. Todo era perfecto, o casi.
Porque mientras más impecable parecía la organización, más tenía la sensación de que el fútbol se estaba pareciendo a otra cosa.
Los estadios y los servicios eran extraordinarios, pero el clima de cancha, ese que conocemos en Argentina y en tantos otros países en los que el fútbol forma parte de la identidad de un barrio, de una familia o de una ciudad, aparecía apenas por momentos. Había aplausos, fotos, videos, camisetas de decenas de selecciones y espectadores maravillados por estar viviendo una experiencia única. Pero muchas veces faltaba ese murmullo que empieza una hora antes del partido, esa canción que nace espontáneamente desde una tribuna, la tensión que se siente cuando el rival cruza la mitad de la cancha, o el abrazo con un desconocido después de un gol.
No se trata de una crítica a quienes viajaron desde cualquier rincón del planeta para cumplir el sueño de ver un Mundial; porque todos tienen el mismo derecho de disfrutarlo. El punto es otro.
Cada vez tengo más la sensación de que el fútbol está dejando de ser un espectáculo construido alrededor del hincha para convertirse en un espectáculo pensado para el consumidor. Y no son exactamente lo mismo.
El consumidor compra una entrada para vivir una experiencia, mientras que el hincha siente que esa experiencia forma parte de su vida. El consumidor puede elegir otro entretenimiento el fin de semana siguiente, en cambio el hincha volverá incluso sabiendo que probablemente su equipo pierda.
Por eso el debate que se abrió en las últimas semanas alrededor del proyecto impulsado por FIFA para crear una nueva estructura comercial del Mundial va mucho más allá de los miles de millones de dólares que estaban en juego. La discusión no pasa solamente por balances, inversiones o derechos comerciales. En este sentido la verdadera pregunta es: ¿hasta dónde puede crecer el negocio sin empezar a alejarse de quienes hicieron grande a este deporte? El proyecto podrá haberse frenado, pero la tendencia viene desde hace años.
Las entradas son cada vez más caras, los paquetes oficiales son cada vez más exclusivos, las zonas VIP ocupan más espacio, los patrocinadores tienen mayor protagonismo, los estadios son más cómodos y la organización es más eficiente. Todo parece pensado para ofrecer el espectáculo perfecto. El problema es preguntarse para quién.
No se trata de romantizar los estadios viejos e inseguros ni la desorganización. El fútbol necesitaba profesionalizarse y el Mundial es una demostración de hasta dónde puede llegar esa excelencia. Sería absurdo discutir eso.
El riesgo de convertir la pasión en producto
Pero lo que sí me preocupa es otra cosa. Que, en la búsqueda de la perfección, el fútbol termine perdiendo parte de aquello que lo hizo diferente de cualquier otro espectáculo.
Unos colegas que durante unas horas de ocio en Estados Unidos habían aprovechado para ir a ver un partido de béisbol, contaron algo que nos llamó la atención a todos los periodistas argentinos que esperábamos ingresar a una conferencia de prensa. Los americanos van a esos estadios casi con la misma idea de ir a un bar o a un shopping. Llegan junto a algún amigo, toman algo, pasan por el store, conversan, por ahí se asombran con alguna jugada, pero van y vienen mientras el partido está en plena acción.
En cambio, el fútbol siempre fue otra cosa. No sólo lo que ocurre dentro de la cancha, también la pasión que baja desde las tribunas.
Es también el padre que lleva a su hijo por primera vez, el grupo de amigos que se junta todos los domingos, el viaje interminable para seguir a tu equipo, la bandera pintada a mano, la canción desafinada o el abrazo con alguien que no conocemos de nombre, pero con quien compartimos 90 minutos de la misma pasión.
Nada de eso aparece en un balance financiero o puede comprarse con un paquete hospitality.
Quizás el fútbol moderno nunca estuvo tan bien organizado, pero tampoco nunca estuvo tan cerca de convertirse en un producto perfecto. Pero el riesgo de toda perfección es olvidar aquello que la hizo posible.
El fútbol nació mucho antes de los sponsors, de las zonas corporativas y de los contratos millonarios. Nació en una tribuna. Y está claro que el día que esa tribuna deje de sentirse parte del espectáculo, el negocio probablemente seguirá creciendo. Pero lo que ya no sé es si el fútbol seguirá siendo el mismo.







