Alberto Nicolini: “desde el punto de vista del patrimonio, Tucumán es una ciudad bombardeada”

Las ciudades se levantan con el tiempo, y no merecen morir demolidas, dice Nicolini, maestro de Historia de la Arquitectura.

04 Nov 2018 Por Nora Jabif
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SIN RED. “El problema es que tuvimos gobernadores como Alperovich. No le interesa el patrimonio”, dijo“Nico”. la gaceta / fotos de Antonio Ferroni

Tres espléndidas rejas negras de hierro forjado se imponen por sobre las paredes blancas de la casa de línea simple y rodeada de verde que desde hace 40 años es refugio de “los Nicolini”. Y tanto se imponen, que cuenta el arquitecto Alberto Nicolini que cuando el sacerdote Vicente Zueco le ofreció en módico precio esas rejas que hasta entonces custodiaban el hoy deteriorado edificio de la Juventud Obrera Católica (JAC) de la calle Crisóstomo Alvarez, no dudó un instante. Pero supo que el diseño de “su” casa - la única que diseñó en su vida- estaría irremediablemente supeditado a esas joyas de la herrería de 1890. En la casa de Yerba Buena rodeada de árboles frutales cuidados “por sus propios dueños”, la charla con LA GACETA discurre sin prisas, apenas interrumpida por la ceremonia de la taza de té y el olor a tostadas ; y por la presencia suave de “Julita” (Julia Alessi), el amor de toda la vida de este hombre nacido en San Isidro (Buenos Aires) que llegó a Tucumán en 1959 y que hoy es una voz autorizada en Historia de la Arquitectura, maestro de numerosas generaciones de arquitectos y un defensor activo del ya exangüe patrimonio arquitectónico de los tucumanos. La excusa para el diálogo, esta vez, es el premio a la Trayectoria que recibirá este mes por parte del Fondo Nacional de las Artes, en el que fuera director cuando Amalia Fortabat presidió el organismo. Y la charla es, también, la oportunidad de pensar por qué Tucumán es hoy “una ciudad bombardeada, como otras ciudades argentinas”; y de recuperar parte de los debates del siglo XX entre los defensores de la “modernidad” y el momento en el que en la Argentina empezó una revalorización de su patrimonio.

 - ¿Cómo llegó a Tucumán?

- En muchos casos, lo que uno es se lo debe a maestros que uno tuvo. Yo tuve un gran maestro - en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires- Mario Buschiazzo, el que restauró la Casa Histórica. Cuando entré a la Facultad, en los años 50, sus clases eran brillantes. En el 56, un grupo de 30 alumnos nos entusiasmamos y escribimos una serie de artículos de cosecha propia. Coincidió que, en esos años, Sacriste había asumido el dictado de la materia Historia en la UNT; y hablando con su amigo Ricardo Braun Menéndez y con el ingeniero Galíndez, nos ofrecieron ir a Tucumán por un mes a dictar parte de la materia Historia de la Arquitectura. Con Julita ya habíamos hecho el viaje de bodas de Buenos Aires al Norte en un Ford 38: 5.000 kilómetros de Buenos Aires a Humahuaca. Paramos en el Coventry. Llegué a Tucumán en 1959 para dictar Historia de la Arquitectura.

- ¿Qué es lo que hace que haya gente que defienda lo público y otra a la que le resulte indiferente?

- Quizás porque carecen de conciencia histórica. Eso, con cualquier persona. Pero, a los que estamos en la profesión, sucedió que primero empezamos a estudiar la historia de Egipto, de la Mesopotamia, de Grecia, Roma, China, Japón…Yo había aprendido a valorar la arquitectura del pasado. Pero esa no era “mi” arquitectura. Yo me vine a Tucumán en el 59; y en el 6O hicimos un primer trabajo sobre Purmamarca. Y Federico Ortiz y Rafael Iglesias lograron que publicáramos en la revista “Nuestra arquitectura” arquitectura de nuestro país.

-¿ Cuándo supo que lo suyo sería la enseñanza de la Historia de la Arquitectura y no el diseño?

- Desde el principio. Cuando fui ayudante de Buschiazzo, ya supe que mi modelo de vida sería él. Además, es interesante ver lo que pasó en la profesión. Cuando éramos alumnos de Buschiazzo, colegas nuestros- a los que llamábamos “lápices gordos”, porque dibujaban con lápices gordos- tenían la posición de que había que hacer todo nuevo. Que eran, por otro lado, los que seguían a Le Corbusier, que decía que había que romperlo todo. Y lo que no se sabe es que lo que había proyectado Le Corbusier era que de la ciudad de Buenos Aires quedara solo una partecita, que el resto fuera demolido, porque era una ciudad extendida. Las propuestas de Le Corbusier sobre urbanismo eran un delirio total.

- La Argentina del Centenario trató de demoler las huellas de la Colonia, ¿cuándo cambió esa mirada?

- La Casa Histórica es el mejor ejemplo. Es lento el asunto, el que mira eso con simpatía es Ricardo Rojas, nacido en Tucumán, autor de “Eurindia”. El, para “reargentinizar” la Argentina, recomendaba estudiar Historia. El advertía que la inmigración había vaciado el país. Y en 1914, la mayoría de los habitantes de Buenos Aires eran extranjeros. Mis padres, italianos y franceses, eran contados como argentinos. Pero de argentinos, originariamente, no tenían nada.

-¿ Qué pasaba desde la arquitectura en sí misma?

- Arquitectos que eran colegas nuestros, pero que eran profesionales, despreciaban la historia. Pero hubo alguien como Marina Waisman, que tuvo un papel fundamental, porque trabajaba en la revista “Summa”. Escribimos muchos artículos sobre arquitectura argentina. Empecé a escribir sobre Purmamarca y seguíamos dando clases de historia de la Arquitectura externa: griegos, romanos, Renacimiento. Que estaba bueno, pero lo que necesitábamos era arquitectura nuestra. La revista “Summa” hizo mucho por la difusión de la arquitectura argentina de los siglos XIX y XX. Pero terminamos escribiendo sobre toda la arquitectura argentina. Eso se publicó como libro. Entonces, en la Facultad de Arquitectura se empezó a estudiar arquitectura argentina, ya no como un agregado al resto. Una vez, Marina dijo: “pero si nuestra historia de los patriotas es el siglo XIX, ¿ por qué no la estudiamos desde la Arquitectura?”

-¿ Por qué Tucumán fue tierra arrasada?

- Podemos compararla con Salta y Córdoba, que son las dos ciudades que han tenido una intelectualidad tradicional con fuerza en lo ejecutivo y un patrimonio importante de la época colonial. Córdoba fue capital de intendencias, estuvieron los jesuitas, y Salta fue capital de la Intendencia en el siglo XVIII. Salta construyó mucho, y se encontró con un patrimonio importante. Para Salta, el siglo XIX no fue importante. Para Tucumán, en cambio, sí lo fue. Vemos, por ejemplo, la llegada del Ferrocarril. Acá, la única edificación colonial que quedó fue la Casa Histórica, y está reconstruida.

- En Salta, entonces, ya desde el inicio había más para preservar...

- Claro, además, Buschiazzo decía en sus clases: “qué barbaros estos salteños, voltean las casas coloniales y hacen casas neocoloniales”. Porque hubo un plan que hizo Guido, que quería hacer casas neocoloniales. Y se entusiasmó con hacer arquitectura local. Y hubo un intendente que aplicó eso a reglamento. Salta no tiene patrimonio colonial, pero el patrimonio neocolonial es muy importante también en la zona periférica, no solo en la plaza.

- Y a Tucumán, ¿qué le pasó?

- Predominó la inmigración europea, lo que Ricardo Rojas no quería. Derribaron el Cabildo y construyeron la casa de Gobierno más moderna desde el punto de vista estilístico de todas la que hay en el país.

- ¿Cómo la define a Tucumán, desde la perspectiva patrimonial?

- Como muchas ciudades argentinas, una ciudad bombardeada.

-¿Hay algo amigable en esta ciudad?

- El conjunto de cuatro manzanas de la plaza Urquiza, el Teatro San Martín, el Casino, el bulevard Sarmiento, los lapachos cuando están en flor, la plaza San Martín, cuando está florida. Hay ambientes. El parque, que Salta no tiene. Pero vuelvo a Salta. La plaza de Salta es mucho más linda. A la peatonalización la ha hecho Romero. Está muy hábilmente organizado el tránsito vehicular. El problema es que tuvimos gobernadores como Alperovich, que quiso vender 60 edificios de la Provincia. Una vez me lo presentaron a Romero, y le dije: “gobernador, hay algo que me preocupa, me dijeron que corre riesgo el teatro Victoria”. Y él me dijo: “¿el del arquitecto Prebisch? No se preocupe, ya tengo preparado para expropiarlo”.

-¿Cómo explica la decisión de Alperovich de vender edificios patrimoniales?

- Porque no le interesaba. Creo que Manzur, en ese sentido, es otra cosa.

-¿ Qué opina del edificio de la Legislatura?

- Bueno, qué se yo. Piensa hacer la Casa de Gobierno, y la Legislatura ya está hecha. No entiendo mucho.

- ¿ Y que se lo haya llamado a César Pelli?

- LLamar a un arquitecto del exterior no está mal del todo. En Buenos Aires llamaron a arquitectos ingleses. Y Pelli es tucumano.

- Hay quienes cuestionan que no se haya llamado a concurso..

- Eso, también…

- ¿Por qué no se refleja en la ciudad, en la vivienda doméstica, nuestra buena tradición de la Facultad de Arquitectura?

- Yo me pregunto lo mismo. Qué fracaso el de nuestra facultad en ese sentido.

- ¿Qué habrá que hacer al respecto?

- No lo sé, habrá que ver qué pasa con la enseñanza de la Arquitectura. Desgraciadamente, hay poca conexión entre las distintas cátedras.

- No le pregunté qué es el patrimonio para usted...

- Aquello que viene de los antepasados, y que vale la pena guardar. Por otro lado, las ciudades se levantan con el tiempo, y merecen que se las proteja, no demoliendo aquello que tenga valor. El patrimonio nos remite al pasado, pero no tiene por qué ser el pasado remoto. Acá estamos peleando por las casas de Sacriste, que es el patrimonio moderno más importante que tenemos en Tucumán…

- ¿ Hay alguna solución?

- No hay solución. Diría que lo razonable es hacer un rango de categorías. En el caso de la casa Sucar, se ha dado de hecho. Ahí se desató una defensa de la casa. A mí me maravilló la lucha contra el Activo por activo. Primero nos fuimos juntando un pequeño grupo coordinador, en la sede de la FET. Y me equivoqué al pensar que cada vez íbamos a ser menos. Pero hay estrategias para generar conciencia sobre el patrimonio. Un ejemplo fue la remodelación de la fachada de la Casa Padilla, en los años 70. Empezó con el plan de desarrollo turístico que arrancó con Onganía. Pero debo decir que la reconstrucción se hizo porque Bussi decidió hacerla. La fachada está ahí, y muchos recuperaron sus fachadas siguiendo ese modelo. Otra cuestión fue que en 1980 ya se estaban produciendo campañas por el patrimonio. Y el presidente de la Sociedad de Arquitectos de Buenos Aires, Francisco García Vázquez, organizó un Congreso sobre patrimonio arquitectónico y urbanístico. Era impensado que la “Sociedad de los arquitectos de los lápices gordos” se preocupara por el patrimonio. Llenamos el Teatro San Martín de Buenos Aires. Y ahí surgió la idea de escribir sobre el patrimonio arquitectónico de los argentinos y sobre el patrimonio urbano. Nosotros hicimos el tomo dos y el cuatro. Los editaron la SCA y el Instituto Argentino de Investigaciones de la Historia y el Urbanismo. Eramos un club de arquitectos de Uruguay, Resistencia, Córdoba Buenos Aires y Mar del Plata. Esos libros fueron un aporte fundamental para la disciplina. Era la primera vez que se publicaba a nivel nacional sobre el patrimonio arquitectónico de Tucumán y de otras provincias.

> Alberto Nicolini
Travesía de un americanista  

Nació hace 87 años en San Isidro (provincia de Buenos Aires) y en 1958 se graduó como arquitecto en la Universidad de Buenos Aires.  Un año después se radicó en Tucumán, y desde entonces fue Profesor de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo latinoamericano en carreras de grado y de posgrado en la Facultad de Arquitectura de la UNT y en otras universidades argentinas y latinoamericanas. Miembro correspondiente de las Academias Nacionales de Historia y Bellas Artes, asesor emérito de la Comisión de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos y miembro honorario de ICOMOS Argentina, fue director del Fondo Nacional de las Artes (2001-2003). En 2007, el XII Seminario de Arquitectura Latinoamericana le dio el América por su trayectoria americanista. Casado con Julia Alessi, padre de cuatro hijos, hincha de River, amante del jazz y del rugby, alguna vez quiso tocar la trompeta y jugó en el CASI de su San Isidro Natal hasta que los tendones le jugaron una mala pasada.

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