Les cayó un árbol encima y sobrevivieron para contarlo y denunciarlo

Alejandro González (24 años) aceleró su moto en el momento preciso; de otra manera, la parte más gruesa del tronco de un viejo tarco del parque Avellaneda podría haberlos aplastado a él y a su novia, que circulaban por la calle San Martín casi Asunción. En la Municipalidad sostienen que no se pueden prevenir todos estos casos.

25 Oct 2018 Por Julio Marengo

Fue por una cuestión de segundos. Ahora reniega y peregrina por los pasillos de un sanatorio, rogando que algún médico se digne en atender a su novia, pero cuando logra hacer una pausa se revela el milagro: si no aceleraba la moto en el instante preciso, si no aguzaba el oído, si no reaccionaba... él, Alejandro González (24 años) y su novia, Andrea Benítez (25), estarían muertos.

Alejandro pensaba en eso y en que ayer, luego de 24 horas del accidente, recién había logrado que un médico traumatólogo atendiera a Andrea. Después del golpe la trasladaron al Centro de Salud, donde le dijeron -según cuenta el joven- que necesitaba una operación compleja, que no podrían hacérsela en ese hospital público y que, como tiene obra social, debían derivarla a un sanatorio privado.

DESVELADO. Ayer, Alejandro peleaba para que atendieran a su novia.

“Conseguí cama en un sanatorio privado, ayer (por el martes) a la noche. Hasta la tarde lo único que habían hecho era ponerle calmantes, internada en una habitación. Cuando logramos que la viera un especialista nos dijo que recién el viernes podrá tener un panorama más claro, pero que es una operación complicada y que seguramente no va a recuperar toda la movilidad del pie”, lamentó. “Te juro que yo no puedo verla sufrir ni un minuto más”, decía Alejandro con los ojos llenos de lágrimas.

Hasta ayer por la tarde, al cierre de esta edición, según aseguró Alejandro, ningún funcionario de la Municipalidad se había acercado a preguntarle si necesitaba algo. Para él y para su abogado, la administración de la ciudad es la responsable de que el añejo tarco del parque Avellaneda se desplomara sobre los motociclistas cuando circulaban por la calle San Martín, a metros de la calle de Asunción.

“Yo vivo por la zona y estaba volviendo a mi casa, a eso de las 16. Iba subiendo por San Martín y frené en el lomo de burro que hay antes de la Asunción. Cuando freno, escucho el ruido del árbol. Los dos veníamos con casco, pero logré escucharlo. Miro para arriba y veo que se nos venía encima. Ahí reaccioné acelerando la moto. Atrás de nosotros cayó el tronco grande del árbol y a nosotros nos pegó una de las ramas”, relató.

Lo que siguió fue un poco confuso: levantarse del suelo, verse la sangre alrededor del ojo (una rama se metió por dentro del casco y se le clavó en la ceja izquierda), mirarse la mano también ensangrentada, con la que se atajó de la rama y después, todo en segundos, mirar cómo estaba Andrea: tendida en el suelo, aullando de dolor. Saldo: fractura expuesta de tobillo ella, fractura de muñeca él. Pero vivos. Doloridos, pero vivos.

El primero en asistirlos fue un empleado del cementerio del Oeste. Luego llegó un vehículo de emergencias que venía de la Maternidad, que le dieron los primeros auxilios hasta que la ambulancia los trasladó al Centro de Salud. Un policía se llevó su moto Honda CB 190 a la comisaría y, por cuestiones del seguro y de los posteriores trámites judiciales, tuvo que hacerse un dosaje de alcohol en sangre.

¿Quién se hace cargo?

“Yo tengo una fractura en la muñeca, pero es lo que menos me preocupa. Andrea está con el hueso salido todavía y nadie nos dice qué hay que hacer”, repetía Alejandro, con el desvelo marcado en la cara.

“Nosotros consideramos que la responsabilidad de este caso es de la Municipalidad, exclusivamente, porque se trata de un espacio público, de una plaza. Vamos a interponer una acción por daños y perjuicios contra la Municipalidad”, definió Carlos Oreste, el abogado que llevará el caso del árbol caído. “Son casos comunes, pero en general hay únicamente daños materiales. En esta situación se agregan las lesiones”, destacó.

En ocasión del Día del Árbol, el pasado 3 de septiembre, Jorge Atilio Boggiatto, subdirector de Arbolado Urbano de la Municipalidad capitalina, había comentado en diálogo con este diario que en unos cuatro o cinco años los tarcos, característicos de nuestro paisaje, ya no estarán o se reducirán al mínimo, puesto que que un elevado porcentaje ya cumplió su ciclo y debe ser reemplazado, precisamente por el riesgo que corren de desplomarse. El tarco que casi aplasta a Alejandro y Andrea seguramente era uno de ellos, a juzgar por lo que se vio: el árbol se desplomó desde la raíz, levantando incluso la caminería de ese sector del Parque Avellaneda.

“No sé qué ocurrió con ese árbol. Sólo que se cayó. Son cosas que suceden, porque el arbolado es una población de seres vivos: nacen y se mueren. Son accidentes”, se limitó a explicar ayer Boggiatto, en conversación con LA GACETA. El funcionario municipal explicó que llevan adelante un plan de erradicación de árboles secos y enfermos, que se trabaja en conjunto con los vecinos. “Es nuestra manera de prevenir, pero hay accidentes como el que ocurrió en el parque, como podría caerse un poste o volarse una chapa”, comparó y finalizó: estimamos que hay 300.000 árboles en la ciudad... si pudiéramos evitar la caída de todos, lo haríamos”.

> Triste aniversario
En 2016, un eucalipto se desplomó y mató a un nene en la Solano Vera, en Yerba Buena

Hace casi dos años, el 11 de noviembre de 2016, Yerba Buena se tiñó de una tragedia que penosamente se recuerda siempre que un árbol se desploma. Esa mañana lluviosa y ventosa, un viejo y robusto ejemplar de eucalipto cayó sobre un transporte escolar que pasaba por la avenida Solano Vera al 1.000. El árbol estaba dentro de una vivienda situada del lado oeste de esa calle, y debe haber medido unos 50 metros de altura. En la Trafic sólo iban el conductor, Domingo Martín Cancino, que terminó hospitalizazo; y el pequeño Gustavo Guerrero, de cinco años, que perdió la vida en el acto. También un motociclista que pasaba por el lugar terminó internado por los traumatismos. “Cayó de repente. Fue tremendo ver cómo el árbol aplastaba el transporte”, había contado un hombre en medio del silencio lúgubre del vecindario.

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