Sonia Del Papa Ferraro: “La tristeza del mundo me lleva a la poesía y eso me salva”

La escultora, poeta, abogada, escribana y directora del Cementerio de La Recoleta presentó la muestra “Las mujeres que me habitan”.

LA ARTISTA Y SU OBRA. Del Papa Ferraro posa con la pieza “Poética del viento” de la exhibición “Las mujeres que me habitan” en la Casa Sucar. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.-
LA ARTISTA Y SU OBRA. Del Papa Ferraro posa con la pieza “Poética del viento” de la exhibición “Las mujeres que me habitan” en la Casa Sucar. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.-
Por Irene Benito 14 Octubre 2018

Las mujeres que habitan a Sonia Del Papa Ferraro (Buenos Aires, 1966) fueron esculpidas y versificadas por ella a su imagen y semejanza. Son piezas con cabellera enrulada, mullida como si fuese merengue. Imposible no ver en “Poética del viento” un “autorretrato” de la autora, que peina con los dedos las ondas abundantes que dan a su cabeza el aspecto de una catarata permanente, que nunca deja de caer. “Los rulos son divertidos, ¿no?”, dice este viernes por la mañana, después de recorrer de nuevo su exhibición en la Casa Museo de la Ciudad (Casa Sucar, Salta 532). Pero en la muestra denominada “Las mujeres que me habitan” también hay un busto calvo con el título “Esencia”, que lleva a pensar que lo imprescindible o lo indispensable se presenta con la forma más pura y blanca, y menos ornamentada.

Poeta tanto como escultora, Del Papa Ferraro ha añadido versos a sus figuras de yeso, madera, acrílico y bronce. La exposición encierra, entonces, una triple invitación a mirar, a leer, y a interpretar la conjunción de texto e imagen. Sorprendentemente esta profusión de estímulos espirituales proviene de una artista que se gana la vida dirigiendo un sepulcro: el fantástico Cementerio de La Recoleta. Aún más sorpresa causa el hecho de que nació en una familia de poetas, pero, al momento de elegir una carrera, se inclinó por el Derecho. Todas estas dimensiones aparentemente incompatibles habitan en la mujer que es Del Papa Ferraro, que aún tiene margen para definirse como una aquerenciada de Tucumán, lugar que adoptó como propio cuando se unió al arquitecto Claudio Viola.

En un café de la plaza Urquiza y todavía maravillada por la experiencia de presentar su trabajo en esta ciudad, Del Papa Ferraro dice que el arte es una forma de sanación y lo propone como “remedio” universal. Según su criterio, no hace falta conocimiento ni educación especial para disfrutarlo y sacar partido de la posibilidad de volar más allá de lo evidente. En su caso particular, el arte ocurre -o está- en todas partes: en la necrópolis, en el taller y en el colectivo; en medio de la muerte, del ruido y de la tranquilidad. Y asegura que esa sensibilidad no la transforma en “un sapo de otro pozo”, sino que, por el contrario, le permite afrontar las ruinas, los dolores y las miserias cotidianas. “La tristeza del mundo me lleva a la poesía y eso me salva”, comenta al pasar, como si se tratara del modo más natural de resistencia.

-Usted es una artista porteña que conoce mucho a Tucumán. ¿Qué es este espacio para usted? ¿Cómo lo definiría?

-Bueno, primero que nada es un lugar que quiero mucho. Que aprendí a querer. Lo conocí en 2010, por medio de la poesía. Vine a recitar al (Centro Cultural) Virla y, después, las cosas de la vida me llevaron a enamorarme de un tucumano (Viola) y de Tafí del Valle. Su gente me parece cálida y agradable. Es fácil querer a Tucumán.

-¿Qué sentimientos experimenta, más allá del afecto, cuando llega a esta ciudad?

-Hay cosas que sí me dan pena. No siempre veo a la ciudad como me gustaría. A veces desde afuera me la imagino de otra manera, más pujante: con todos los talentos y la energía que tiene, podría estar mejor y ser más lindo. Tucumán ha dado tantos artistas, escritores y personalidades importantes de la cultura... Por eso celebro el rescate del patrimonio hermosísimo de la Casa Sucar y que hoy sea sede de numerosas actividades. A veces las transformaciones comienzan con pequeños pasos y siguen. Pero hay que empezar y dar un puntapié para despertar el gusto por la cultura. Es lindo ir a ver arte; es lindo participar de un taller de poesía...

-¿Por qué es lindo?

-El arte es muy sanador en todas sus disciplinas y posibilidades. La música, la escritura y la pintura equilibran emociones en tiempos en los que vivimos con abundantes preocupaciones y presiones. El arte es una vía de escape que nos permite expresar cosas que no sabemos que tenemos adentro. Hablan el espíritu y el inconsciente: se manifiestan las personas que nos habitan.

-Hay gente que cree que no nació para el arte porque no ha sido educada para apreciarlo. ¿Qué opina de ese prejuicio?

-Lo escuché mucho. No hay que saber de arte, sino sentirlo. Hay que dejarse llevar y disfrutar de él. Mirar y sentir qué transmite. Puede que no siempre nos guste y debemos decirlo. Es muy válido.

-Pero uno no descubre lo que le gusta si no se pone a prueba nunca...

-Claro. Podés encontrar algo sorprendente o sentir algo distinto. O identificarte con un verso: eso es lo sanador.

-Sus esculturas y poemas están llenos de vida, pese a que trabaja en un cementerio. ¿Cuál es el proceso de digestión que le lleva a convertir en poemas y esculturas su vivencia cotidiana de la finitud?

-El contacto con la muerte llama la atención. Pero es transformador relacionarte con el dolor y de alguna forma te conduce a apreciar mucho la vida. Y a estar atenta a pequeñas cosas, como el canto de los pájaros que llega hasta mi oficina. El trabajo en el cementerio me volvió más comprensiva y me sensibilizó: además, cambió mi manera de escribir.

-Pero su lugar de trabajo también tiene mucha historia y mucha belleza. Quizá sea un intento claro de embellecer la muerte.

-Sí, qué interesante eso de responder con belleza al dolor de la muerte. Supongo que todo el mundo que lo visita siente lo mismo que puedo sentir yo, que es paz. Esta belleza sería una forma de amortiguar la muerte y lo que invita a quedarse ahí, sentado, contemplando el cementerio.

-Usted estudió Abogacía y Escribanía. ¿Cómo terminó perfilando su carrera artística?

-Viví el arte desde que era pequeña. En mi familia materna hay escultores, escritores y pintores. Especialmente cultivaron la poesía: recitaban y creaban. A veces parece que hacían campeonatos entre ellos. Escribían poemas con las vivencias cotidianas. Mi madre siempre nos dio libertad para dibujar y sentir: hasta nos dejaba escribir las paredes. En su momento yo pensaba estudiar Bellas Artes, pero también quería tener una formación profesional sólida y pensaba que la Abogacía me la iba a dar. Todavía sigo creyendo que es una de las carreras más lindas y completas que existen. Mi madre entonces me dijo que en algún momento el arte iba a llegar a mi vida y así fue: llegó. Cuando descubrí la escultura, dije “esto es”: la forma. Me enamoré del volumen y de la arcilla.

-¿Cómo hace para estar en el mundo de la poesía y, al mismo tiempo, pertenecer a un mundo “material” tan adverso a la poesía? ¿Cómo hace para no frustrarse?

-En realidad, no sé cómo hago porque la poesía me gana. A veces estoy viajando en el colectivo y sucede. Es al revés: la poesía hace que yo pueda seguir adelante. La tristeza del mundo me lleva a la poesía y eso me salva.

› Admiradora de cuatro poetas
Sonia del Papa Ferraro es abogada y escribana graduada en la Universidad de Buenos Aires. Su vida transcurre entre la profesión; las esculturas y poesías, y la gerencia del Cementerio de La Recoleta. Admira a Olga Orozco, Hugo Mujica, Edna Pozzi y Jorge Luis Borges. “Con ellos ya tengo todo”, dice.

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