“Debe haber un control judicial del proceso electoral”

El jurista dice que urge prestigiar la política.

19 Ago 2018
1

EN EL PODER EJECUTIVO. El jurista Canosa Usera dialoga con LA GACETA antes de dar clases a abogados estatales.

Raúl Canosa Usera debe ser el más argentino de los juristas españoles, pero todavía no se acostumbra a que aquí se toma café o cortado, y pide un “solo” (sin leche) al mozo. Frente a la mirada desconcertada de su interlocutor, Canosa Usera se ríe y dice: “cierto que en Argentina el café no está ni solo ni acompañado”. Superada la confusión inicial, el constitucionalista que en Tucumán juega de local gracias a la red de discípulos que tejió dice que, por mucho que lo intenta, no acaba de entender por qué Argentina no logra el pasar fantástico que, por su potencial, debería tener. “Quienes amamos este país lamentamos que no haya sido capaz de encontrar un modelo de ordenación económica de las cosas que le permita dejar de ir a los bandazos. Me parece tristísimo porque, además, no tiene explicación. Es una cuestión de voluntad: veo en Argentina la falta de una voluntad colectiva para evitar el daño. ¿Por qué? No lo sé”, reflexiona Canosa Usera este viernes 10 de agosto.

Invitado por la Escuela de Abogados del Estado que funciona en la Fiscalía de Estado de la Provincia para brindar una capacitación sobre derecho constitucional ambiental, el catedrático discurre con meticulosidad y erudición sobre los temas institucionales más diversos. En función de su experiencia como integrante de la Junta Electoral Central de España, ofrece una serie de consejos para la reforma de las reglas que rigen la renovación de autoridades en Tucumán (ver “Ideas...”). Canosa Usera recomienda, por ejemplo, legislar sobre ética pública para despejar las dudas que generan los patrimonios de los gobernantes y garantizar la limpieza de la competencia. “Debe haber un control judicial del proceso electoral”, afirma en el despacho de Daniel Leiva, fiscal de Estado. Según este estudioso del constitucionalismo, sobre todas las cosas urge devolver el prestigio a la política.

-Pasaron 10 años desde la última entrevista que dio a LA GACETA. Y en ese tiempo la Constitución de España ha enfrentado numerosos retos, entre ellos el independentismo catalán y la expulsión del presidente Mariano Rajoy...

-No estoy seguro de por qué Borges se fue a vivir a Suiza: probablemente porque lo abrumaba la Argentina, un lugar donde siempre suceden demasiadas cosas. Tengo la impresión de que España parecía tranquila en comparación con vuestro país y que de un tiempo a esta parte nos hemos “argentinizado”. En España ha habido situaciones que obligaron a poner en marcha por primera vez ciertos mecanismos institucionales. La intervención de Cataluña era inevitable porque se había producido un golpe de Estado semejante al que habría si la Legislatura declarara la independencia de Tucumán respecto de Agentina. La moción de censura contra (el ex presidente) Rajoy fue, en cambio, inesperada. El bipartidismo imperfecto que había habido en España durante casi 35 años voló de repente por los aires con la aparición de Podemos y de Ciudadanos. Hubo una coyuntura donde fue indispensable que el rey Juan Carlos abdicara en favor de su hijo, pero sigue teniendo problemas y su yerno (Iñaki Urdangarin) está en la cárcel. Es decir, la situación es difícil para la monarquía, institución que en una democracia sólo se justifica si resulta útil para el país donde está implantada. Y la utilidad depende en buena medida de la ejemplaridad: sin ella, la monarquía, que es una colosal excepción al principio de igualdad, no tiene ninguna explicación. Pero sí, yo prefiriría que España fuese más aburrida...

-Nada más llegar a la Moncloa, el Gobierno de Pedro Sánchez incluso decidió consultar a la Real Academia Española sobre si el texto de la Constitución es suficientemente igualitario. ¿Qué dice usted?

-Es sabido que en nuestro idioma el plural masculino engloba al femenino. Podemos, al uso de la Constitución de Venezuela, hablar de “venezolanos y venezolanas” una y otra vez, pero a mí me parece que hacemos el tonto. El terreno donde debe estar la igualdad es el de los hechos: el de la presencia de mujeres en los puestos de responsabilidad, el de la reducción de la brecha salarial, etcétera. Creo que allí hay que actuar y, en efecto, se están ganando las batallas. Igual es porque soy hombre, tal vez sea un prejuicio masculino, pero hay que tener cuidado de no hacer el ridículo. Y al ver por primera vez en la Constitución esto de “venezolanos y venezolanas” a mí me pareció un poco hilarante porque, además, no es la fórmula mágica que convierte a la mujer en un ser tan importante como el hombre. El desdoblamiento del género me parece un dato simbólico que no es acertado desde el punto de vista gramatical, ni elegante, ni necesario. Es una cuestión políticamente correcta que puede acabar con la sinceridad. El genio del idioma es el que es: podemos forzarlo, eventualmente sí, pero creo que debe prevalecer el buen gusto. Hablar con buen gusto trasluce pensar con buen gusto. Y si hablamos ridículamente, acabaríamos pensando ridículamente también.

-Su aterrizaje en Tucumán coincidió con el fracaso del proyecto de despenalización del aborto en el Senado, alternativa vigente en España. ¿Qué le produce el debate de verdes y celestes que encontró?

-La cosa está pacificada allá. No hay conflictos. Creo que se puede evitar la división social entre sectores pro choice y pro life preguntando si el aborto debe o no ser sancionado penalmente con el máximo castigo previsto en el orden jurídico. Entiendo que este es el argumento: en Argentina ninguna mujer es condenada por abortar, pero el problema es que hay abortos clandestinos que suponen un riesgo. Y hay que solucionarlo probablemente con una despenalización que elimine la clandestinidad.

-¿Por qué cree que aumentó el protagonismo de la Justicia en Latinoamérica?

-En Iberoamérica hay un entusiasmo desmesurado por los jueces fundado en el desprestigio de la política y en la necesidad de encontrar un salvador. Todo esto procede de la imposibilidad de responder a la pregunta que planteó John Stuart Mill: ¿cómo elegimos democráticamente a una aristocracia? Lo ideal es que nuestros representantes sean personas honradas, capaces y prudentes porque, si no, cualquiera puede llegar al poder.

-El Gobierno de Tucumán prometió que hará una reforma electoral ¿Qué le recomendaría?

-Las normas electorales deben ser rigurosas para que los procedimientos estén claros y la pluralidad social se vea representada en el Poder Legislativo. Hay que buscar que haya igualdad de medios entre los candidatos para que todos puedan comunicar sus mensajes. Es central fortalecer la representatividad y la transparencia porque, si existen sospechas de falseamiento del voto, entonces tenemos todos los problemas habidos y por haber. Se debe asegurar la claridad y el control judicial de la limpieza del proceso electoral. Y luego resulta imprescindible saber con qué patrimonio llega el funcionario al cargo y con cuál se va. La reforma electoral pide normas de ética pública, que son fundamentales: tanto como que haya una prensa libre, que cumpla la función de perro de presa de la democracia. Podemos presuponer el comportamiento honrado de los políticos, pero estos tienen en sus manos decisiones que han de beneficiar a unos y perjudicar a otros. Y si no hay procesos de rendición de cuentas, aumentan los riesgos de corrupción.

-Allá ustedes tienen el caso “Gürtel”; nosotros aquí, los cuadernos de las coimas. ¿Qué se puede hacer frente a este mal planetario?

-Estrechar el círculo de la corrupción con medidas penales y el incremento de controles sobre la obra pública. Me temo que muchas empresas están dispuestas a pagar retornos a los funcionarios así como advierto que siempre alguien acaba cantando. Y canta La Traviata, el coro de Nabucco y canta todo: al final, se saben las cosas.

Comentarios