Walter Pérez: la memoria más sana que la medalla

Ganador del oro olímpico hace 10 años, el ciclista revive el minuto a minuto de un hito.

19 Ago 2018

El 19 de agosto no es un día más para Walter Pérez. Ni éste, de 2018, ni ningún otro. Ni pasados, ni futuros. Cada 19 de agosto el ex ciclista siente un flujo imparable de recuerdos que lo transportan al mejor momento de su carrera deportiva: la medalla dorada olímpica que consiguió en la Madison junto a Juan Curuchet. Al cumplirse 10 años de la conquista, el número redondo invita a un recuerdo por escrito, en su charla con LG Deportiva.

- ¿Recordás algo específico de la carrera?

- Podría llenar el diario entero con mis recuerdos. Tengo todo en la cabeza. Cada detalle del desarrollo, nuestros ataques, los puestos y puntos de cada sprint. Más allá de lo especial del día y el título olímpico, es una característica muy mía eso de acordarme mucho las situaciones de carrera. Y, claro, nunca me voy a olvidar la duda con la dupla española que en el último sprint nos podía ganar y quitar el oro.

- Imagino que también te acordarás bastante el después, en el vestuario...

- Antes que eso el festejo y el abrazo con Juan y nuestros asistentes. Mientras esperaba para subir al podio llamé a mi mujer, que estaba en Argentina y siempre me bancó. Pensé instantáneamente en ella. Es duro para la familia porque una preparación olímpica significa mucho tiempo fuera de casa y, consecuentemente, sacrificios para todos los del grupo cercano. Antes de recibir la medalla también hablé con mi viejo. Recuerdo que estábamos muy eufóricos, la emoción ahí arriba fue muy profunda. Después del himno, cuando terminó la ceremonia, Juan tuvo que ir al control antidoping y yo me fui al vestuario. Allí estaban dirigentes, médicos y algunas otras personas de la delegación argentina. Muchos gritos, cantos de todo tipo, abrazos. Creo que salté bastante (risas). En cuanto volvió Juan nos fuimos del lugar, él a ver la semifinal del fútbol, contra Brasil, y yo a la Villa Olímpica. Me había bajado el cansancio y no podía más.

- Mi sensación de aquel momento es que muchos nos sorprendimos por el título, algo extraño ya que ustedes habían sido campeones mundiales unos años atrás...

- El mundial lo ganamos en 2004, unos meses antes de Atenas. Por eso la expectativa para esos juegos, en Grecia, era altísima de parte de todos. Nosotros también teníamos mucha fe para pelear bien arriba, sabíamos que contábamos con una gran chance. Nos costó convivir con esa presión, es algo difícil de llevar. Y, además, es deporte, muchas veces pasa que el mayor candidato no puede imponerse. Todos se preparan para ganar, todos son muy buenos, casi siempre las diferencias entre el mejor y el resto son pequeños detalles. Y esa vez de 2004, no lo pudimos conseguir. Fuimos muy marcados por los rivales, todos nos vigilaron más que a cualquier otra dupla. Terminamos novenos, no estaba mal, pero sabíamos que podíamos hacerlo mucho mejor. La experiencia nos sirvió y fue muy importante en el siguiente ciclo. Yendo a tu pregunta, la sorpresa puede haber sido porque a Pekín no llegamos como grandes candidatos, aunque todos en el ciclismo sabían que teníamos chances.

- ¿En qué cambió tu vida después del título?

- Ningún cambio fue sustancial. Aunque el Estado (no existía el Enard) no daba premio en dinero por las medallas, mejoró algo mi situación económica, pude sumar algún sponsor más. El apoyo de todos ellos se mantiene hasta hoy, estoy siempre muy agradecido. Lo que sí cambió fuerte fue el reconocimiento de parte de la gente, en la calle. Me pidieron millones de fotos. Me acuerdo que cuando llegué a la Villa Olímpica con la medalla en el cuello, se me acercó “Manu” Ginóbili, me abrazó, me felicitó y me dijo: “¡Preparate! Hace unos años te pedían autógrafos, ahora con los teléfonos en la mano, todos te van a pedir una foto”. ¡Y fue tal cual, ¡“Manu” sabía de qué estaba hablando! Como broma siempre digo que si hubiese cobrado un peso por cada foto que me saqué sería millonario.

MOMENTO ÚNICO. Pérez y Curuchet dan la vuelta olímpica en Pekín, en 2008. archivo

- Un juego olímpico es una gran experiencia también para ser espectador. ¿Te hiciste tiempo para ver otros deportes?

- Casi nada. Llegamos a China el 5 de agosto, no fuimos a la ceremonia inaugural el 8 porque nos cortaba el descanso. Pasamos cada día muy concentrados en el objetivo, no existe otra forma de conseguir lo que buscábamos. Y después de la carrera, el 21, me volví enseguida; sólo había estado en casa cinco días de los 6 meses previos a los Juegos.

- ¿Qué significa Juan Curuchet en tu vida?

- Nos conocemos desde que yo era un pibe y me sumé al equipo Toledo, que lideraban Juan y su hermano Gabriel. Estuve allí con ellos, aunque algunas diferencias de esos años hicieron que yo me fuera a Uruguay. Abandoné la Selección Argentina porque solo tenía la licencia para correr allá. Cuando volví al país, Gabriel ya se había retirado, Juan intentó con otro compañero, no terminó de enganchar y me propuso correr juntos. Él sabía de mis condiciones, yo de las suyas. Empezamos el proyecto juntos en 2002, con el objetivo de buscar las medallas más importantes, en mundiales y juegos olímpicos. Por suerte conseguimos ambas.

- Me contaste la historia pero me dijiste poco sobre Juan...

- Juan me inspiró ganas de entrenar, fue la pieza que me hizo aprovechar al máximo las condiciones. Me contagió la convicción para intentar lo máximo. Él es mayor que yo, tenía muchísima experiencia. Y era un toro, a los 40 años se entrenaba como si tuviera 20. Su espíritu era contagioso y su nivel de exigencia me obligó a darlo todo.

- ¿Dónde tenés la medalla?

En mi casa. La paseé mucho al principio, la llevé a todos lados. Después de unos meses aflojé, como que tomé conciencia y la empecé a cuidar un poco más. La puse en una caja de seguridad porque se me estaba manchando la cinta y la quería conservar lo mejor posible. Una vez que me retiré y empecé a dar charlas la saqué otra vez. Tocar la medalla es una gran motivación para los chicos jóvenes. Tóquenla, sueñen y trabajen por ese sueño, les digo una y otra vez. Verla ahí, poder tocarla, les hace más real la posibilidad de ese sueño. Hace un tiempo se me marcó, tiene dos grietas. La primera porque unos chicos de un colegio la golpearon contra un pupitre, la segunda porque se me cayó al piso.

Un privilegio

En un marco de sonrisas, con ciertos silencios para evocar, Walter da vuelta la página. Actualmente es Presidente de la Comisión de Atletas del Comité Olímpico Argentino. Y, como tal, palpita de manera muy especial los Juegos Olímpicos de la Juventud que se celebrarán en Buenos Aires, en octubre próximo. “Las expectativas que tenemos son las mejores. Organizar algo de semejante magnitud es un privilegio. Será algo incomparable que marcará a nuestra sociedad deportiva. Ganaremos en infraestructura que va a quedar para las próximas generaciones. Es una gran forma de apostar al crecimiento. Y será una gran oportunidad de demostrar que somos capaces de organizar algo tan grande y abarcativo”

-¿Tenés un rol activo en la organización?

- En la estructura organizativa no. Como parte de mis responsabilidades por el cargo que ocupo estoy involucrado directamente con los atletas. Al principio hice un trabajo de perfil motivacional para los chicos, muchos no tenían ni idea de lo que implica un juego olímpico. El hecho de poder transferir mi experiencia es valioso para todos ellos. La idea es que estos jóvenes se conviertan en atletas de alto rendimiento a la edad más temprana posible.

- ¿Y haces un trabajo específico con los jóvenes del ciclismo?

- Sí. En este caso mi rol es más activo y más de campo. El team manager de ciclismo para Buenos Aires 2018 es alguien cercano, muy amigo, con quien estamos trabajando en conjunto desde hace ya 4 años. Hace días, en Suiza, estuvimos siguiendo de cerca el plan de entrenamiento, planificando y decidiendo cosas. Frente a este grupo mi experiencia de atleta olímpico tiene ciertos detalles específicos de ciclismo que a los jóvenes ciclistas les aporta mucho más que a los chicos de otros deportes.

- Te tocó estar hace poco en Atenas, para la ceremonia de encendido de la llama...

- Fue alucinante. Quienes sentimos el olimpismo de manera profunda sabemos que es un privilegio absoluto. Millones de personas de todo el mundo quisieran vivirlo. No me lo olvido más. Fue muy lindo, estoy agradecido. De alguna forma sentí que fue un reconocimiento al título olímpico y a mi trayectoria. Hasta que muera voy a poder decir que estuve allí en ese momento histórico.

- ¿Te animarías a comparar tu título olímpico con otro momento del deporte argentino?

-Es difícil, me cuesta compararlo. Quizá le encuentre puntos en común con lo de Santiago Lange y Cecilia Carranza Saroli en Río de Janeiro, hace 2 años (oro en yachting). En ellos reconocí la misma convicción de ir para adelante que teníamos nosotros, la unión para dejarlo todo en búsqueda del objetivo. La emoción de ellos dos en la ceremonia de premiación me hizo acordar a Juan y a mí ese 19 de agosto. Es un día para no olvidar jamás. Sin dudas, el mejor de mi carrera.

El último sonido también tiene forma. Es una sonrisa ancha, amplia, intensa. Contagiosa y genuina. Walter Pérez sonríe mientras disfruta del recuerdo del día que conquistó la inmortalidad deportiva. Y es fácil, al verlo tan feliz, disfrutar también con él.

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