La necesidad de pensar una economía argentina a largo plazo

26 Jul 2018
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Eduardo Luis Fracchia - Investigador senior del Departamento de Economía del IAE business school de la Universidad Austral

Estamos por cumplir 35 años de democracia y el balance económico social no es alentador. A pesar de los avances objetivos que se han conseguido, la democracia no ha sido hasta ahora un pasaporte hacia la prosperidad material. En particular, desde el pico de la expansión económica de la convertibilidad (1998) se ha avanzado relativamente poco en los años del kirchnerismo y de Cambiemos en cuanto a nivel de actividad y hemos retrocedido en un punto clave, la inflación, que está instalada en 25% / 30%.

Pensando a largo plazo, Argentina enfrenta un escenario favorable dado el contexto internacional en recuperación, la dinámica vigorosa del área Asia-Pacífico, la racionalidad de las políticas públicas de la región y el esperable mejor precio de commodities. Para salir de la discusión de corto plazo y mirar a largo se presentan a continuación un conjunto de factores importantes para impulsar el desarrollo. No pretenden, ni mucho menos, completar la agenda pendiente sino que constituyen problemas sobre diagnosticados para impulsar el desarrollo.

El primer punto es organizar una macroeconomía sólida en sus fundamentos que debería revertir la situación de distorsión de precios relativos, inflación, subsidios, déficit fiscal y déficit de cuenta corriente, entre otras cuestiones.

En esta dimensión macro, es clave un Banco Central independiente y con firme vocación estabilizadora.

Otro tema relevante a mejorar es la apertura económica. El país está cerrado, le falta una mayor inserción en el comercio internacional. Argentina exporta sólo el 0,4% del total del mundo y debería aspirar en 2030 a un 1%. Esto supone crecer en otros complejos exportadores que complementan los de mayor participación (oleaginosas, automotriz, turismo). La Argentina tiene en Vaca Muerta una oportunidad única de convertirse en un exportador neto de energía. El proyecto de shale oil y shale gas de Neuquén es ambicioso y requiere mucho capital privado para su desarrollo. Hasta ahora está en fase preliminar.

En cuanto a la estructura productiva pareciera que los grupos económicos locales deberían tener un mayor protagonismo. En lo que va del siglo XXI ha habido poco crecimiento de los grupos tradicionales, con contadas excepciones. Tampoco han surgido grupos nuevo relevantes y los que aparecieron no tienen mayor inserción externa. De los 30 grupos presentes al final de la convertibilidad 10 han dejado de actuar. Es clave, como señala el economista Ricardo Hausmann de la escuela de Gobierno de Harvard, que los conglomerados nacionales funcionen mejor.

Entre las propuestas claves del desarrollo hay que revitalizar el Mercosur que está transitando hace años un período de debilidad institucional con reconocidas asimetrías macroeconómicas. Es un espacio estratégico para avanzar en la integración de otros países de la región. El desempeño mediocre de Brasil, líder indiscutido de Latinoamérica, demora la concreción de avances que profundicen la unión aduanera.

Para que la economía se consolide en mayores niveles de competitividad es crucial una reforma tributaria integral. La de 2017 es insuficiente. Existen múltiples impuestos distorsivos dentro de un régimen general regresivo. La principal asignatura pendiente en el área fiscal es plantear una nueva ley de coparticipación con genuino espíritu federal que impulse las economías regionales. Este tema está muy lejano.

Quizás donde la evaluación de tres décadas y media de democracia sea más crítica es en el tema de la pobreza, donde tenemos un 30% de los hogares en esta situación, un verdadero “escándalo” en la visión de Benedicto XVI.

La distribución del ingreso, por otra parte, se ha latinoamericanizado y podría mejorar si la educación asegurase mayor empleabilidad. Es sabido que la prueba PISA (test universal muy reconocido en educación) presenta resultados pobres para nuestro país en las últimas mediciones. Este punto es clave en la sociedad del conocimiento. Nuestro país, líder en educación hasta los años 60, ha visto deteriorar su calidad de modo significativo.

El problema principal del país es político. La economía se subordina a esta dimensión. Es clave que el sistema de partidos se normalice y que mejoren las instituciones, tal como plantea de modo crítico hacia nuestro país el último informe de competitividad del Foro Económico Mundial (WEF). Podemos dejar de ser un país emergente en 2030 si mejoramos la competitividad.

Es la meta que se ha puesto Chile. Hoy estamos en la posición 92 de 148 países que integran el panel.

Las reformas de los 90 fueron inconclusas. Desde la salida de la convertibilidad hasta 2015, el modelo apostó al mercado interno y rentístico con una visión más afín a lo instrumentado en el primer peronismo. A partir de 2016 se pretendió encarar reformas de fondo, pero con resultados hasta ahora magros.

En línea con lo que plantea el profesor Daron Acemoglu del MIT debería instalarse en nuestro país una agenda favorable a instituciones inclusivas. En la actualidad estamos en una dinámica institucional donde la clase política se ha caracterizado por buscar atajos sin encarar los problemas de fondo. Es clave recuperar un ambiente que genere reglas de juego claras. Es deseable un mayor protagonismo del mercado en un ambiente de búsqueda sistemática del consenso por parte de los diversos actores del sistema productivo.

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