Marcado a fuego

24 Jun 2018
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ACREEDOR. La selección argentina le debe a Musa la sobrevida que pondrá en juego el martes, ante Nigeria. reuters

Oh compatriotas, levantaos y seguid la llamada de Nigeria / para servir a nuestra patria / con amor, fuerza y fe. Así comienza el himno de Nigeria. Debemos a Ahmed Musa la sobrevida en Rusia 2018. Le debemos también a su primera esposa, Jamila, que finalmente no concretara denuncias formales contra Ahmed cuando el año pasado ella pidió que vaya la Policía a la vivienda familiar de Leicester. Ahmed, acusado de golpes, sufrió un arresto breve, tras una discusión porque Jamila tenía celos.

Autorizado por su religión, Ahmed, al igual que su padre -que murió cuando él era muy niño-, quería tener una segunda esposa. El futbolista fue liberado rápidamente. Acordó sus relaciones sentimentales, volvió a ser titular en CSKA de Rusia, y fue convocado al Mundial. Y el viernes le convirtió dos grandes goles a Islandia, un seleccionado que demostró ser fuerte sólo si cuida el arco propio; pero vulnerable, como casi todos, cuando recuerda que también hay que atacar. Sea como sea, los goles de Musa reabrieron nuestra esperanza.

Tan mal ha jugado la Selección que algunos creen que, en rigor, hubiese sido más justo que Islandia le ganara a Nigeria para quedarnos casi sin chances. Peor aún, que hubiese sido mejor que no le ganáramos a Ecuador la última fecha de las Eliminatorias para que entonces la lección fuese completa. Para que nos quedáramos sin Mundial y tuviéramos que empezar todo de nuevo.

Si hasta hay algunos que le reprocharon a Lionel Messi porque revisó demasiado rápido su renuncia original y volvió de inmediato al equipo nacional. Le dijeron que si él hubiese mantenido su decisión todo habría quedado al desnudo antes. Messi, es cierto, volvió y nos trajo a Rusia. Ahora le rezamos para que nos mantenga en el Mundial.

Desde el pantano

San Petersburgo es una ciudad construida en tiempo récord y desde la nada. Era un bosque de tierras pantanosas, que daba al mar Báltico en territorio sueco, cuando Pedro el Grande arribó por primera vez en 1703 con una docena de jinetes y dijo, según cuenta la leyenda: “aquí construiré una ciudad”.

Jorge Sampaoli ya no tiene tiempo ni modo de construir un equipo. Perdió el único año que tuvo haciendo pruebas que jamás dieron resultado. Proyectó 13 partidos con 13 formaciones distintas. Hizo 81 cambios. Convocó 59 jugadores. De estos, 48 jugaron al menos algunos minutos y 37 fueron titulares. Fue contratado para imponer el sello que puso en Chile, primero, y en Sevilla, luego. Incluso la Federación de Holanda evaluó ficharlo para su selección en crisis. Era, decíamos casi todos (y me incluyo), el hombre señalado para darle un estilo a un equipo que no lo tenía.

Pero la Selección, más que un estilo, primero tenía que ganar. No podíamos quedarnos afuera de Rusia. Y se clasificó a los tumbos, porque los primeros experimentos no funcionaron. El doble empate de locales ante Venezuela y ante Perú comenzó a consumir el crédito. Al 2-0 contra Italia le sobrevino el inmediato 1-6 contra España. “Todo cambiará cuando el equipo se junte”, era el argumento-esperanza. Tampoco funcionó. La cancelación del amistoso politizado en Israel irritó a muchos. Consumió más crédito.

¿Hay ahora derecho a la sorpresa? La Selección sigue jugando mal con equipos que forman los jugadores o que forma Sampaoli; ya no se sabe qué es cada cosa, tal el cambio permanente. El DT echó por la borda su prestigio. Es cierto, nos enteramos con los años que los campeones de México 86 afrontaron discusiones durísimas para ajustar cuentas en pleno Mundial. Esta Selección discute según los nuevos tiempos de redes sociales. Filtraciones, mensajes de WhatsApp y escenificaciones por TV de un minuto de silencio, no sabemos si por la muerte de la Selección o del periodismo. El clima hoy, igual que antes del partido ante Croacia, sigue siendo de escepticismo, aun después de la última “cumbre” en la concentración.

¿Por qué creer que se le puede ganar a Nigeria? ¿Por qué si son los otros los que juegan más veloces y sin miedo, como lo hizo ayer Bélgica, que avisa cada vez más seriamente su aspiración al título? Estamos viendo un buen Mundial. Y también un cálido país anfitrión. La Selección, eso sí, está por ahora afuera de la fiesta.

Los hinchas, aunque cada vez menos ruidosos, justifican su viaje y renuevan ilusión con sus rostros pintados, sus banderas y sus invocaciones a Diego Maradona. ¡Cómo no comprenderlos! Tiene más sentido que aquella vieja queja del periodista que perdía sus viáticos. Me cuentan que, horas antes de debutar en el Mundial, la selección de Croacia vio “Vatreni”. Es un documental sobre la hazaña de la selección que terminó tercera en Francia 98, primer Mundial que Croacia jugó ya como país independiente. “Vatreni” significa “Fuego”. ¿Quedará algo de fuego en nuestra Selección o se habrá consumido ya todo?

La sensación de debacle, recordemos, dominaba también antes del partido ante Ecuador. Sampaoli está lejos de Pedro el Grande y ya no hay tiempo para pensar en construir un equipo. Seguimos, pues, aferrados a Messi. Y a que sea su luz, hoy apagada, la que contagie al resto. Su figura se agranda hasta lo impensable ante lo pequeño que se ha mostrado el equipo. Se agranda para bien y para mal. Demasiado peso. Aunque se llame Messi.

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