Manotazo de ahogado

23 Jun 2018 Por Leo Noli
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NERVIOS QUE DIERON PASO A LA ILUSIÓN. Los argentinos que viajaron de Nizhni Nóvgorod sufrieron con el duelo entre Nigeria e Islandia y celebraron que la Selección ahora depende de sí misma para avanzar.

La peatonal de Nizhni Nóvgorod amanece tan desierta que no se parece en nada a lo que fue el día anterior, cuando los argentinos la habían invadido y la esperanza de un triunfo ante Croacia estaba tan viva como hoy las chances de clasificarnos a los octavos de final de Mundial. Entre el 0-3 sufrido con los balcánicos y el 2-0 de Nigeria a Islandia hubo algo en el medio que los hinchas debieron modificar obligadamente: su hoja de ruta.

Los adelantados, los confianzudos, tenían la idea -quién no- de una Argentina líder del Grupo D, entonces eso significaba comprar entradas para los octavos de final en Nizhni. Nadie suponía antes del arranque de la Copa del Mundo que lleguemos a la última fecha con la soga al cuello y bregando por otro resultado paralelo para que nosotros podamos avanzar, siempre y cuando les ganemos a los africanos. Pero pasó lo que pasó hasta ahora y nada será como se pensó de antemano. Ver a la Selección en octavos de final en Nizhni ya es imposible. ¿Qué hacer entonces con los tickets ya comprados? Venderlos, claro.

El problema es que quienes compraron anticipadamente sus boletos salieron a las calles de la meca de la industria rusa con el objetivo de hacerse de unos dólares de más y con esas monedas comprar en la reventa los posibles tickets para ver a Lionel Messi en Kazán, el 30 de junio. Cero al as. Hubo otro problema en el medio, además.

Los europeos no están acostumbrados a comprar a un precio mayor de lo que en realidad cuestan las entradas, al menos los croatas.

La táctica. Padre e hijo se adentran en un bar. El heredero no tiene más de 16 años, lleva la camiseta oficial oscura de la Selección, la del 1-1 con Islandia. Se acerca a la mesa de nuestros verdugos, saluda, habla del partido, de lo bien que nos manejaron la pelota y nos castigaron. Cuando la conversación entra en clima, suelta la carnada, ofrece sus entradas. Tiene cinco. Papá relojea a su hijo, como tomándole lección. El menor aduce que los tickets no les servirán, porque ni él ni su familia planean ver a Croacia acá en Nizhni: “¿quieren comprarlas?”, pregunta. Los amigos de la camiseta estilo mantel, por sus cuadros rojos y blancos, se muestran algo intrigados. Llevan las de ganar. “Tenemos una excelente ubicación”, suelta la segunda carnada el pequeño vendedor. “¿Precio?”, pregunta sin rodeos uno de los verdugos que están en una mesa paralela, pero que participa de la charla. “Quinientos dólares”, lanza el pequeño. No hay chance. Hasta acá llegamos.

Los amigos de Croacia, simplemente agradecen el ofrecimiento, ni siquiera le dan chances al chico de hacer una contraoferta. “Cómo vamos a pagar más de lo que salen en la FIFA, no es justo”, fin del comunicado. Papá intenta reencauzar la nave. Nada. Lo hecho, hecho está.

Padre e hijo no son los únicos en Nizhni que han mordido el polvo. Varios grupos han pasado por la misma, de ofrecer sus entradas por una suma superior. El argumento es que ellos cuando compren las nuevas entradas, tras una hipotética clasificación, les comerán los bolsillos en la reventa clandestina, en la que ellos fallaron. “Cosa de ustedes”, le responde un veterano, a lo que otro acompaña con un: “para qué compraron si no sabían si iban a clasificarse. Eso les pasa por confiados”. Dolor.

Reagruparse. No hay caso, nadie quiere comprar un boleto a un precio mayor. “Estamos fritos”, reconocen los vendedores. La oferta supera a una demanda nula. ¿Qué hacer? Uno dice que leyó en un diario que cerca de la zona de entrega de tickets oficiales hay reventa. Leyó LG Deportiva, el amigo hincha de River. Vaya y pruebe suerte.

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