¿Por qué nos gusta (y nos hace sufrir tanto)? - LA GACETA Tucumán

¿Por qué nos gusta (y nos hace sufrir tanto)?

Una sublimación de la guerra, un cotejo de identidades, una revancha para los países débiles, una variante global del carnaval, un espacio de liberación, un puente a la gloria. El campeonato mundial de fútbol es todo esto al mismo tiempo.

24 Jun 2018
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Por Roberto Casazza

PARA LA GACETA - ROSARIO

Existe evidencia de que a la mayoría de los argentinos el asunto nos involucra emocionalmente en forma compleja y profunda. Surge, entonces, a partir de ese hecho, la pregunta “¿por qué nos gusta el Mundial?”, la cual tiene sin duda infinidad de respuestas posibles, algunas de las cuales ensayaremos, conjeturalmente, aquí. Las grandes mayorías de todos los países participantes (y aun de los excluidos) lo siguen con inmensa expectativa. Proponemos aquí -tentativamente y sin pretender agotarlas- algunas razones.

Redefinir la propia identidad

La delegación de la representatividad de nuestra idiosincrasia en determinados hombres implica de suyo una definición identitaria: somos argentinos y no somos uruguayos, no sudafricanos, no franceses. Pero a su vez, esa cesión de nuestra sustancia espiritual para su manipulación libre por parte de nuestros representantes -que pueden conducirnos al bochorno o a la gloria- implica de nuestra parte la absorción completa de una historia (vergüenzas y logros colectivos incluidos) y la proyección incierta e indeterminada en un destino.

La metáfora del Mundial permite proyectar nuestro destino en una dirección liberadora, gritando al mundo -si todo va bien- que somos una fuerte y poderosa nación.

Un espejo idiosincrásico

Recibe el nombre de idiosincrasia -palabra que proviene de las voces griegas ídios (propio) y sýgkrasis (mezcla, complexión, temperamento)- el “carácter propio de cada pueblo o etnia”.

Acaso la mayor virtud del fútbol presente sea que ha alcanzado un equilibrio tal que permite, en el marco de la competición, desnudar las respectivas idiosincrasias de los oponentes.

Hasta tal punto que resulta un experimento único para ver a los caracteres espirituales de los pueblos enfrentados en un objetivo común, derrotar al oponente. Y puesto que ningún pueblo (ni ningún hombre) posee todas las virtudes en forma superlativa, sino que cada pueblo posee algunas virtudes en grado elevado y carece de otras, todos compiten por hacer prevalecer las propias.

Dicho sencillamente: nadie tiene todo, o mejor todavía, a todos les falta algo, de allí que dar con el talón de Aquiles del oponente sea la única vía de acceso a la victoria. Pocos ejemplos bastan: alemanes o ingleses poseen una potencia arrolladora, los brasileños se destacan por su habilidad y plasticidad, los argentinos por su destreza y su confianza en sí mismos, los italianos por su rigor táctico y su mezquino oportunismo, los africanos -en general- por su desfachatez y su alegría. Y todos los otros equipos poseen esas mismas virtudes en grados también importantes, al punto que cualquier equipo, al menos de octavos de final en adelante, puede batir a cualquiera.

Pues bien, he aquí entonces una de las razones por las que nos gusta tanto el Mundial, a saber, porque en el Mundial compiten entre sí las idiosincrasias, y puede ocurrir que en una oportunidad la destreza y el amor propio venzan a la potencia (final de México 86), y que en otra la potencia y el orden venzan a la suma de destreza y amor propio (final de Italia 90).

El Mundial resulta así un espejo muy privilegiado de comparación de los espíritus de los pueblos: nos gusta porque nos permite ver y conocer el alma del otro, y conocer, por ende, mejor la nuestra.

Una metáfora de la guerra

El fútbol, no es novedad, simula una batalla entre dos ejércitos que en igualdad de fuerzas se enfrentan en un campo de batalla cerrado. El objetivo es destruir física y anímicamente al enemigo mediante la conquista de su bastión: el arco (téngase presente que en otros tiempos, la conquista del bastión implicaba todo tipo de vejaciones y saqueos, experiencias que perviven, sublimadas, en el fútbol). Dejar al otro inerme, humillado, perdido ante sus propios sostenedores, es el propósito fundamental en el fútbol.

No hay en el mundo presente, en que la guerra adoptó para la mayor parte de los ciudadanos de los países que juegan el Mundial formas económicas, culturales, mediáticas, etcétera, que la apartan de la otrora impronta fundamental del combate cuerpo a cuerpo, no hay, decíamos, otra instancia tan perfectamente expurgada de su inmediata violencia originaria que permita ejercer en forma sublimada esta ominosa y secular práctica de la humanidad mediante la cual se logra la posesión excluyente de la tierra y de los recursos a expensas de la vida y el bienestar ajenos.

El vencedor de esta guerra llamada Mundial se alza con el Imperio, la totalidad del poder, y resulta el portador de un ungimiento por cuatro años, luego de los cuales, por extraño pacto colectivo, se convoca nuevamente a una simulación de la guerra de todos contra todos, ocasión en la que sus enemigos procurarán que aquel que los humilló oportunamente muerda -con cuanta más humillación mejor- esta vez el polvo.

Dicho más sencillamente, a todos nos gusta, en uno u otro sentido, ser vencedores en la guerra: por eso nos gusta el Mundial.

Derrotar a los poderosos

En todos los países, casi al mismo tiempo, las grandes mayorías desean que un equipo africano o centroamericano venza a alguna de las grandes potencias económico-políticas europeas. Ello obedece (no es difícil adivinarlo) a que la violencia inmensa que han ejercido históricamente las potencias del orbe sobre naciones oprimidas ya no puede ser reparada sino simbólicamente. Por tal motivo, cualquier instancia de reparación metafórica constituye un deseo inmediato de las masas mundiales, incluso de las europeas, sobre todo si la sufre alguna nación vecina, antigua enemiga de guerra.

Pero ese deseo no sólo ocurre respecto del dominio histórico, ya sea político, económico o militar. También ocurre respecto de la historia de esta situación bélica simbólica que es el fútbol, como por ejemplo cuando numerosas personas de todo el mundo desean que Japón venza a Brasil, o Estados Unidos a Italia. Al fin y al cabo, Japón y Estados Unidos, son, en el fútbol, débiles.

En resumen, todos hemos sentido alguna vez el temor de David al enfrentar a Goliat, por lo que gozamos cada vez que podemos, como aquél, cortar con la espada la cabeza del enemigo y alzarla triunfante para su exhibición pública. Ese gozoso acto exhibicionista, en el que el poderoso es humillado, también ocurre, aunque raramente, en los Mundiales.

Desbordes carnavalescos

Todos los pueblos han instaurado sus fiestas, sus recurrentes ritos de exceso, en los que, al decir de Nietzsche, se abandona temporariamente el principium individuationis (esto es, el principio de individuación, la forma, el límite) para lanzarse al orgiástico exceso dionisiaco, en que el hombre -otrora limitado- cruza el límite fundiéndose con la totalidad de lo real. El fútbol ofrece ocasión de ese desborde, ya que el gol es, antes que nada, una instancia de liberación de energía retenida, limitada, y cuanto más angustiosa y esperada es su llegada, mayor resulta la liberación, la superación del límite, la fusión en el abrazo colectivo.

Su carácter festivo, desinhibitorio, liberador (aunque más no sea de las energías culturalmente pautadas dentro del convenio mismo establecido por los códigos del juego) es, por tanto, uno de los aspectos que nos resulta tácitamente atractivo, respondiendo a esa pulsión liberadora del límite y constitutiva del aparato psíquico humano.

Instancia de acceso a la gloria

La gloria, al igual que sus formas devaluadas (la fama, el renombre, el reconocimiento), constituyen desde los orígenes de la cultura uno de los anhelos más perseguidos por los hombres. Se la obtuvo en general mediante el dominio, mediante el triunfo en simulaciones de guerra (instancias deportivas o lúdicas en general), mediante el desafío a las fuerzas de la naturaleza, mediante la realización de obras de arte insuperables, mediante la potencia poética, mediante una gran obra científica, etcétera.

La conquista de determinadas instancias o situaciones en sí mismas dificilísimas de alcanzar, permite a algunos hombres sobresalir entre sus congéneres, alcanzando un objetivo de perenne valor, deviniendo así en depositarios del constante recuerdo colectivo y la admiración de sus coetáneos. Habiendo desaparecido, sin embargo, de las instancias bélicas -en virtud de la intermediación de la técnica- lo poco valorable de esa espantosa situación sembradora de muerte y escarnio, a saber, ciertos valores tales como el coraje, la nobleza, el compañerismo, la inmolación por una causa supraindividual, etcétera, y estando las artes, las letras y las ciencias fuertemente devaluadas en su monumentalidad, la posibilidad de obtener la gloria ha quedado refugiada en escasos ámbitos; el fútbol es uno de ellos, pues ofrece todavía esa oportunidad, al punto que en la inauguración del Mundial de Alemania 2006 se rindió homenaje a los guerreros gloriosos del pasado.

Cierto ejercicio de la libertad

En la práctica, casi todas nuestras acciones están fuertemente determinadas por condicionamientos sociales, culturales, económicos, etcétera. El fútbol (como otros deportes) ofrece todavía una cierta forma de libertad, en el sentido de que las acciones no están determinadas -al menos en el campo de juego-. Lo que nos ofrece un partido verdadero, parejo, seriamente disputado, bajo la forma de la indeterminación de su resultado, es una profunda lección de que la acción libre puede dar forma al mundo (como ocurre con la activa voluntad de las fuerzas sociales en las auténticas revoluciones).

Existe libertad porque ganará ese día simplemente aquel que, combinando mejor destreza, coraje, fuerza, logre vencer, lo cual no está dictado por el destino. En ese sentido, los jugadores son, todavía, lo más puro del fútbol, pues de su libertad dentro del campo -ya que fuera son en gran medida dependientes del mismo poder económico que al volverlos ricos les exige sumisión- depende esa verdad profunda que el fútbol expresa y que tanto nos atrae. En Berna en 1954 el técnico de la selección alemana Sepp Herberger (1897-1977) dijo enigmáticamente la breve y significativa frase Der Ball ist rund: “La pelota es redonda”. Hoy esas palabras son para el pueblo alemán metáfora frecuente del carácter incierto de las acciones humanas, y de la indeterminación de los acontecimientos que tiene lugar en el campo de juego.

Para concluir, conviene tener presente que a este mundo de múltiples guerras se le adecua perfectamente su deporte dominante y también parece natural que su premio sea la gloria del vencedor, si admitimos que nuestra forma mental presente está fraguada en antiguas experiencias de guerra y conquista. Sin embargo, es posible pensar en algún bello juego con los pies -un nuevo fútbol- en el que el progreso no implique la eliminación del oponente, lo cual en este estadio de nuestro subdesarrollo humano evidentemente no es posible. En este estadio no nos es posible dejar de disfrutar de la humillación ajena (porque todos aspiramos íntimamente a ser los que propinemos dicha humillación).

Probablemente, el fin del bellísimo y muy cruel juego del fútbol, al cual por ahora no se avista y que probablemente sólo ocurra con el fin de este modo de ser, de producir y de consumir del hombre (si es que alguna vez ocurre), sería la aurora de un mundo sin gloriosos vencedores ni miserables derrotados.

© LA GACETA

Roberto Casazza - Profesor de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Rosario.

* Artículo publicado originalmente en 2010.

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