El estilo de los hinchas agentinos puso al borde de un ataque de nervios a los rusos

Los fanáticos de nuestro país coparon Moscú y transmitieron su forma de vivir el fútbol.

16 Jun 2018

El primer grupo de policías que flanquea la peatonal Nikolskaya está tan al borde de un ataque de nervios y su único calmante es una mujer de la Federal. Nuestra amiga NN de la fuerza argentina les explica que los muchachos no están generando problemas, que los argentinos somos así cuando se trata de expresar lo que sentimos por el fútbol. Jamás habían visto los “polis” locales en esta peatonal coqueta a un pibe trepado sobre un cartel de chapa. Para ellos, en su manual, eso es garrote y rejas. Mínimo.

Digan que estaban los polis nuestros. Digan que fueron el control mental de los polis de acá, incrédulos al ver cómo el, “Llegó Papá, Brasil, la Copa se vuelve con nosotros a casa”, les hacía perder directamente la cabeza los que estaban en medio de la erupción del volcán de pasión y a los que lo bordeaban. La peatonal coqueta había perdido la esencia de la señora de zapatos caros, tapado de varios miles de euros y carteras con las que los que producían la lava de emociones podían vivir 1 año en Rusia. Pero el Mundial es hoy, y hoy juega Argentina, Lionel Messi. Había que cantar, alentar, hacerse sentir. Un amigo de Arabia Saudita, que el jueves se comió cinco, trató de unirse al mambo. Lo bailó, claro, pero no tan de cerca donde estaba el famoso ojo de una tormenta que fue renovándose con el pasar de las horas. El aliento nunca faltó y el nuevo tema de batalla, el que sustituyó al “Brasil, decime qué se siente”, giró una y otra vez. Era el mejor tema del mundo, el único.

TODOS UNIDOS. Los argentinos que llegaron a Rusia se mostraron siempre juntos. 

Por Argentina, por la Selección, hubo players que hicieron cosas increíbles para estar en Moscú. Inimaginables. Damián Clatzkin es cordobés, pero vive hace años en Israel. Hasta ahí, todo bien. Lo que no estuvo así de bien, para su mujer claro, es que ella se enteró de que su marido se venía al Mundial por una foto. “A última hora le mandé un mensaje, le dije que me venía para acá y le mandé una foto. Esto me va a costar el divorcio, no me importa. Tenía que venir, es mi primer mundial”, se lo cuenta a LG Deportiva un típico jugador de póker al que las presiones del entorno no le hacen perder el sentido. Su as en la manga, pese a que cree que ya está ido, es: “Es más fácil pedir perdón que permiso”. Tiempo tendrá, para disculparse con su esposa y sus hijas, a las que no llevará por un mes a clases. “En Eilat, donde yo vivo, que es una mezcla entre Carlos Paz y Mar del Plata, no te ponen faltas”. Otro supuesto gol de Damián, que flamea una bandera enorme y hace gala de una melena estilo Diego Armando Maradona. Va a tener que nadar bastante Damián. Tampoco le importa. “Soy gerente de la pileta del hotel más importante de allá”.

DEL LITORAL. Los Alvarenga mostraron la su pasión misionera en Moscú.

Locos por la Selección hay en todos lados. Es más, dicen que los locos del fútbol son tan especiales que no hay una fórmula real para describirlos a todos. El crack de Kevin Agüero la pensó a todas. Rusia no es para cualquier bolsillo, entonces junto a sus cuatro amigos decidieron cambiar el rumbo del avión: pidieron llegar y volverse por Letonia. ¿A qué fueron? “Alquilamos un motorhome y nos vinimos. Eso es mucho más barato que alquilar algo por acá”, se ríe de la jugada maestra Kevin, que tampoco suelta un banderón enorme que lleva su nombre. “Manejé 990 kilómetros y estoy feliz. No me voy hasta después de la final”, dice. Tiene entradas para todos los juegos de la Selección. Está hecho.

Esteban Alvarenga tiene hoteles en Misiones. Armó la gira con su hermano, Juan. La idea era llegar hasta la primera ronda y pegar el retorno. La cumplirá. “Sí, era lo que teníamos pensado. Estamos felices de estar cerca de la Selección, de ver a Messi, de ver cómo nuestra Argentina, a través de los hinchas, se hace sentir afuera”, se emociona.

HERMANDAD. Los bolivianos acompañaron la efervescencia de los argentinos.

Esteban es el único jugador de esta cancha que no toma cerveza. Le dicen “jugo de águila” a lo que él está tomando, con hielo. Tiene espuma, algo amarronada, onda de algas “Je, me vine preparado. Nos trajimos dos cajas de fernet”. La argentinidad al palo.

En medio del tsunami se cuela un doble del Papa Francisco. Tiene todo el outfit. El Francisco trucho bendice a los hinchas, pero desaparece cuando por única vez se corta el nuevo himno nacional del fútbol argentino en Moscú. Hay dedicatoria para Mauricio Macri, para el presidente de los argentinos. Hasta acá le pegan. “Vinos con un dólar, volvemos con otro”. Nada es lo que parece. El dólar, su cotización, toda una ilusión óptica. Menos la Selección.

EN CAPILLA. Damián Clatzkin se fue a Rusia sin avisarle a su esposa.

Ay mamá, los mendocinos son un fuego. Son los locos del paraguas. Uno de los cuatro comensales está tan cebado que lo baja demasiado y se lo incrusta en la nuca a un islandés. ¿Una señal de lo que vendrá hoy en cancha? Amistad, amistad, no pasó nada. El amigo visitante ni cuenta se dio. Duro el hombre. Jeremías y sus troupe de Córdoba no tienen paraguas, sí un pasaporte con otros sellos. El que habla es “Jeremías”, 24 años, soltero y que ha intentado tomarle el punto a palabras claves en cirícilo: linda, me gustas, hola, beso. “Las rusas son las mujeres más lindas del mundo”, se corta las venas el lungo cordobés con licencia para enamorarse. Uno de sus amigos, “Beto” está de novio. Se hace a un costado del barco. “Está todo bien con mi novia, sabe que venimos a alentar a la Selección, que es lo más para mí. Pocos entenderán, si no están acá, qué es lo que un Mundial te genera”, aclara “Beto” y le manda un beso a su chica. Dandy.

Chicos de un mundial, otros de dos, varios de tres o más. Los argentinos siguen a puro barullo; grandes, chicos, de mediana edad; chicas, señoras, abuelas. Todos. Argentina ha colonizado una parte de Moscú en las cercanías de la Plaza Roja, una peatonal donde el glamour se ha ido espantado. Ahora, en Nikolskaya, se salta o se sigue la flecha hasta la salida.

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