Buen médico con tramos de locura

Internado y deportado por insano, y preso por sus panfletos injuriosos, John Oughgan mantuvo su prestigio.

10 Jun 2018

La biografía de los médicos que actuaron en la Argentina desde la guerra de la Independencia, contiene un personaje en extremo curioso: el doctor John Oughgan. La historia –como en tantos casos- empieza en Tucumán. Una excelente reseña de la vida del médico proporciona Maxine Hanon en su “Diccionario de británicos en Buenos Aires”, y últimamente se ha publicado “El caso Oughgan”, erudita monografía de Ricardo Rees Jones.

Ambos escritos son la fuente de esta nota.

Días tucumanos

John Oughgan era nacido en Irlanda en 1792 y se graduó de médico en la Universidad de Edimburgo. En 1817 desembarcó en Buenos Aires. El Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón lo destinó a Tucumán, como médico del Ejército del Norte que mandaba Manuel Belgrano. Así, residió y ejerció en nuestra ciudad durante un par de años. En sus “Memorias”, recordaba Gregorio Aráoz de la Madrid, oficial de aquella fuerza, que el irlandés curó a los soldados heridos en aquella incursión que hizo desde Tucumán hasta Tarija y Chuquisaca.

Narra que, cuando regresaban derrotados de esa campaña, arribó el médico Oughgan enviado por Belgrano, y desplegó “contracción y acierto” notables en la asistencia a los heridos. Destacaba La Madrid también que, cuando continuaron la marcha, Oughgan iba “a pie y tirando de su caballo”, y que “frecuentemente se lo pasaba al soldado que observaba más cansado, obligándolo a montar”.

En Buenos Aires

Estuvo en el ejército hasta 1820. Ese año se estableció en Buenos Aires. Tuvo un tiempo una botica, a la vez que ejercía exitosamente la medicina. El secretario de la legación norteamericana, John William Forbes, informaba que Oughgan lo había curado de un grave golpe de caballo, y que era “el mejor” médico de la ciudad.

Fue nombrado por Rivadavia médico en Patagones, en 1822. Pero no fue incluido en la Academia de Medicina, acaso, dice Hanon, porque “a pesar de ser un irlandés culto y con gran sentido del humor, ya comenzaba a dar muestras de ciertos trastornos de carácter”. Ellos estallarían al promediar el año 1824.

Una noche de junio, se sintió envenenado por un desconocido –al que nunca identificó- que había querido robarlo. Entró corriendo en una botica, donde ingirió un vomitivo y otros remedios. Tres meses más tarde, volvió a sentirse envenenado.

Manía del veneno

Un policía lo acompañó hasta la botica de Jenkinson, en medio de la noche. Según el médico naval Andrew Dick, quien allí estaba, “inmediatamente fue detrás del mostrador y preguntó al dependiente por las botellas que contenían el sulfato de zinc, el tártaro emético, la ipecacuana y el sulfato de potasa”. Rápidamente, y sin medir las sustancias, las tragó “haciéndolas pasar con aceite de almendras dulces, que bebía como si fuera agua”.

Su alteración era evidente. Cargaba dos pistolas y, a pesar de ser noche cerrada, insistía en entrevistarse con el ministro Manuel José García. El médico Dick lo acompañó hasta la madrugada. Tomaba agua del río, porque consideraba que la de su casa estaba emponzoñada.

En ese momento, el cónsul británico era Woodbine Parish. En su despacho se presentó Oughgam la mañana siguiente y le pidió protección contra “ciertas personas enemigas”.

Gritando desnudo

Al cónsul le pareció que estaba “fuera de sus sentidos”. Más tarde, los médicos Dick, Cosme Argerich y James Lepper, fueron a verlo a su casa. Lo hallaron comiendo “carne de vaca cruda, sin pan ni sal”. Opinaron que padecía una demencia parcial, aunque mostraba “un grado considerable de astucia”. Consideraron conveniente inmovilizarlo con “un chaleco estrecho”.

Oughgan les dijo que en su casa todo estaba envenenado, hasta el agua del aljibe. Insistía en eso y no se convenció, a pesar de que Lepper tomó un vaso del líquido. Por la noche, otro escándalo. Salió desnudo a la calle gritando. Decía que su sótano había una persona, cosa que no ocurría, según se comprobó. Tenía la boca inflamada, ya que había ingerido ácido sulfúrico con agua. Al rato, subió a caballo y se presentó en el Fuerte, reclamando ver al gobernador. Los guardias pudieron calmarlo y el jefe de Policía dispuso que lo llevaran a la casa de su compatriota Thomas Armstrong.

Internación

Allí, el médico Lepper lo ató a un catre, le hicieron unas sangrías, le dieron purgantes salinos y lo llevaron a su vivienda. Estuvo dos semanas amarrado y luego fue entregado al Hospital de Hombres, en carácter de “furioso desenfrenado”. Pero pronto lo dejaron salir a la calle. Incluso tres médicos declararon que no estaba demente, aunque pocos días después se desdecirían ante el ministro.

Terminaba octubre cuando lo dieron de alta. Oughgan se dedicó entonces a buscar certificados de médicos y testigos que testimoniasen su cordura. Pero de pronto agredió al comerciante George Thompson con un bastón. Además, según varias declaraciones, se le había puesto en la cabeza que el vicecónsul Richard Pousset intrigaba contra él, y quería matarlo a tiros. Aborrecía también al médico John Sullivan: afirmaba que había intentado envenenarlo en el café “La Victoria”.

Deportación y vuelta

Finalmente, el cónsul Parish, con el consentimiento del Gobierno, a comienzos de noviembre de 1824 embarcó a Oughgam en un buque que partía a Inglaterra. El capitán y el médico del barco certificarían que, durante el viaje, se comportó como persona normal. Ni bien desembarcó en Londres, hizo imprimir un encendido panfleto de 60 páginas contra Parish. Denunciaba allí los maltratos y decía que Parish aspiraba a disponer ilegalmente de sus bienes en Buenos Aires. Todo esto acarreó problemas al cónsul e inclusive una reprimenda del ministro George Canning.

En julio de 1826, Oughgan se embarcó de vuelta hacia el Plata. En setiembre estaba en Montevideo. Imprimió en Buenos Aires otro panfleto contra Parish y pidió carta de ciudadanía argentina, que le fue concedida. A todo esto, llegó Lord John Ponsonby, como plenipotenciario inglés. Leyó el panfleto y lo indignaron los conceptos sobre el cónsul. Por su lado, Parish le exhibió otros documentos, y los hizo imprimir.

En la cárcel

Oughgan se presentó luego al Gobierno, manifestando que cuando estuvo en Europa, Parish se apoderó de sus bienes, que fueron invertidos en parte y en parte enajenados, y que se negó a entregarlos a su anciano padre, que los requería desde Inglaterra. Y que, cuando regresó, ya “no teniéndome por demente”, le pasaron cuentas de ese patrimonio con las que no estaba conforme. Como fracasó la presentación, amenazó a Parish, Pousset, Dick y al boticario Jenkinson.

El cónsul pidió protección a Lord Ponsonby, y finalmente Oughgam fue arrestado, junto con el director del periódico “Cincinnatus”, que lo defendía. Desde la prisión, redactó y editó otro panfleto contra el cónsul, rebatiendo todas las acusaciones que hechas hasta ese momento. Ante los tribunales, lo defendió el joven doctor Valentín Alsina y logró que lo pusieran en libertad.

Seguía ejerciendo

A pesar de todo esto, siguió ejerciendo la medicina. En marzo de 1827, atendió al general La Madrid, quien llegaba de Tucumán con múltiples heridas, una de ellas grave. El tucumano diría que “después de Dios, le debo mi vida”. Por su lado, Miguel Esteves Saguí contaría que salvó a su madre de una difteria. Practicaba exitosamente el método de la litotomía, para extraer cálculos de la vejiga.

Simultáneamente, continuaba su batalla contra Parish. En 1834 lo demandó en Londres, en un juicio que perdió. Sin embargo, el tribunal aceptó una petición de Oughgan para mejorar sus pruebas y admitió que se designara “una comisión de caballeros de Buenos Aires que interrogaría a personas informadas de los problemas entre ambas partes”. Pero el Fiscal General argentino opinó que aceptar esa medida “sería desmedro a la independencia soberana del país”.

El rastro se pierde

Consta que en 1840 Oughgan compró una estancia en Tandil, y que la vendió en 1842 a Juan Manuel Terán. Hacia 1849 residía en el barrio de Retiro, en la quinta de Thomas Whitfield. Se sabe que, con su esposa, permaneció en Montevideo de 1840 a 1842. No se conoce la fecha de su muerte. Un siglo más tarde, en 1943, el doctor Juan Ramón Beltrán, fundador del Ateneo de la Medicina, publicó un estudio sobre este singular médico irlandés. Según sintetiza Rees Jones, el diagnóstico de Beltrán fue que era “un delirante, razonador lúcido y peligroso” y que su deportación a Inglaterra fue “inobjetable desde el punto de vista psiquiátrico”.

No conocemos un retrato de John Oughgam. En 1824, Lepper lo describió como hombre “de una estatura mediana, temperamento sanguíneo y una constitución irritable en extremo”.

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