Los poderosos enfrentan una “crisis existencial”

09 Jun 2018
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Martin bialecki, jörg blank, michael fischer
agencia dpa
Martin Bialecki, Jörg Blank, Michael Fischer - Agencia DPA

En estos días se puede ver cómo el presidente Donald Trump sacude con las dos manos los pilares del orden internacional. Cómo trata de que su país fije las reglas y cómo desafía y amenaza a sus aliados de décadas. Es como si, de pronto, países amigos como Alemania, Francia y Canadá se hubieran vuelto sus enemigos, una amenaza para su seguridad nacional.

La 44ta cumbre del Grupo de los Siete (G7) de la localidad canadiense de La Malbaie es el sitio donde se libra ahora la batalla.

Quizás sea la última vez que siete de las naciones más ricas del mundo se encuentren con este formato. No está claro. El grupo está formado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido.

Poco antes de viajar a Canadá, Trump lanzó otro fósforo para incendiar la casa común, como si no fuera suficiente con las disputas comerciales, el acuerdo nuclear de Irán del que retiró Estados Unidos, seguridad y cambio climático.

Trump dijo que Rusia, excluido del G7 desde 2014, tras la anexión de Crimea, debería regresar, sin importarle el malestar internacional que generó esa decisión de Moscú ni la sospecha de que los rusos interfirieron a su favor en los comicios de Estados Unidos. “Rusia debería sentarse a la mesa de negociaciones”, dijo Trump.

Hace dos días, la canciller alemana, Angela Merkel, había descartado la idea. “La anexión de Crimea es una flagrante violación del derecho internacional”, dijo.

El G7 atraviesa un mal momento histórico. Desde que Trump llegó a la Casa Blanca en enero del año pasado, el grupo está dividido en dos: Europa, Canadá y en cierta medida Japón por un lado, Estados Unidos por el otro.

En una época de grandes transformaciones en la política mundial, queda poco de la alianza de posguerra de estas naciones.

Arriba en la lista de tensiones están los aranceles al acero y el aluminio que Estados Unidos impuso a la Unión Europea y a Canadá, además de a México, el 1 de junio, días antes de la cumbre.

Otro punto problemático es la salida de Estados Unidos del acuerdo para impedir que Irán desarrolle una bomba nuclear.

Las tres partes europeas que suscribieron ese acuerdo, Francia, Alemania y Gran Bretaña -presentes en Canadá- quieren salvar el pacto a toda costa. Estados Unidos quiere ejercer máxima presión sobre Irán con sanciones.

Siguen vivas las diferencias con Estados Unidos en materia de cambio climático, después de la retirada unilateral decidida por Trump del acuerdo de París para frenar el calentamiento global. Este tema, motivo de fricción en la anterior cumbre del G7 en Italia, parece olvidado, pero sigue ahí.

Trump no ocultó antes de viajar las pocas ganas que tenía de estar en Canadá. “Me dirijo al G7 para conversaciones que se centrarán en el trato comercial injusto dado durante mucho tiempo a Estados Unidos”, escribió en Twitter.

Para él, en este momento es más importante la cumbre que tendrá con Corea del Norte el 12 de junio en Singapur, a la que viajará directamente desde Canadá hoy. Es probable que en ese contexto haya, al final de la cumbre, una declaración de sólo seis países, un G7-1. Aún así, Merkel apuesta todavía por el mecanismo a pesar de los problemas existenciales del grupo, de acuerdo con sus asesores. Considera que -en temas importantes como el desmantelamiento nuclear en Corea del Norte o Irán- hay coincidencias sustanciales, incluso con Estados Unidos, al igual que en lo que respecta a una postura común frente a la expansión de China o la lucha antiterrorista.

Por eso, Merkel sigue considerando importante al G7, a pesar de su enojo con Trump.

Sin embargo, Merkel, que tenía una relación muy cercana con el anterior presidente estadounidense, Barack Obama, hace rato que perdió las ilusiones con Trump. Y en La Malbaie no espera un milagro.

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