El control es una ilusión

25 May 2018
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Una de las reverberaciones atroces de la catástrofe del Parravicini es que, junto con esa construcción, también se desplomó la ilusión del control, ese espejismo tan compartido individual y socialmente. ¿En los cálculos de quién cabe la posibilidad de morir aplastado por una montaña de escombros a media cuadra de la plaza Independencia, un miércoles, en hora pico? Vivimos en ciudades con la asumida idea de que hay peligros que hemos dejado atrás, en la Naturaleza. Pero la realidad está más allá del deseo. Y lo real es sin importar el relato. Lo real aparece porque no tiene palabra. Por eso asombra, conmueve, aterra. Por eso y porque no podemos controlar lo real.

La extendida ilusión del control se manifiesta, consciente, en la convicción de quienes asumen que tienen el control pleno de su vida. Y se trafica, inconsciente, cuando frente a lo fortuito se asume la responsabilidad de los sucesos positivos (a la vez que lo negativo se atribuye a factores externos), pese a que lo aleatorio es incontrolable. El engaño del control opera en todos los niveles. En lo doméstico, el que gana en un juego de azar se atribuye habilidad, y el que pierde culpa a la mala suerte. En el poder, el triunfo tiene mil padres. La derrota es consuetudinariamente huérfana…

La ilusión de la liga

La escena del poder tucumano merece ser mirada como un espejismo del control. Una puesta que aspira a ser real, pero que es constantemente modificada por la realidad. En rigor, a un mes de que detonara la crisis financiera nacional, demasiadas cosas han cambiado.

La ilusión que mueve al gobernador es que ya está sentado a la mesa del peronismo nacional. En la cumbre de la Zicosur, Juan Manzur mostró (y se demostró) que es miembro de una matriz que incuba una liga de gobernadores.

Esta semana, además, consiguió una resolución favorable en la manoseada causa “Qunita”. En 2016, durante la luna de miel con el macrismo, Manzur se vio librado de ese expediente. En 2017, durante la pelea electoral, se vio involucrado. Ahora vuelve a aliviarse y su entorno lee que la gravitación política del mandatario crece. La Justicia nacional, tan manejada por los otros poderes, es un servicio meteorológico para el pronóstico político.

Siguiendo con las reconfiguraciones, los ilusionistas del control del poder advirtieron un “ruido” novedoso en la representada relación entre el mandatario y el senador José Alperovich. Todos los martes del año se echa a andar desde los despachos un rumor que comienza con las mismas dos palabras: “Está enojado”. A veces uno, a veces otro. Pero esta vez, cambió la expresión: “Juan se está cansando”, fue la especie.

El presunto cansancio responde a la visita de Ginés González García que organizó el alperovichismo por cuenta propia. El ex ministro de Salud de Néstor Kirchner es padrino político de Manzur: lo recomendó como ministro de Salud para Tucumán. Que fuera traído a Tucumán por “vía paralela” de la Casa de Gobierno, aseguran, le cayó mal a Manzur. Tanto que no fue a la cena en la residencia de “José” ni vio a “Ginés” en otra parte. En política no se cansa el que quiere, sino el que puede. Esta es una coyuntura en la que Manzur puede.

Claro que no habrá peleas. Por el contrario, no se descartan nuevas fotos conjuntas, pero precisamente porque sólo son fotos. De convertirse en flashes estratégicos para dar cuenta de que Alperovich era el poder en las sombras, las “Polaroids de Juan y José” se han tornado corrientes y han perdido fuerza como arma política para devenir meramente anecdóticas. La “fotito” se está gastando.

La ilusión de estar lanzado

La ilusión del control que monta Alperovich es la de que hay que estar lanzado. No dice a qué: si a gobernador, anticipadamente, o a senador, precozmente. Ni está lanzándose él o su hija Sara. Por toda respuesta, Alperovich predica paciencia. “Hay que esperar”, porque la crisis nacional todo va a cambiarlo.

Mucho de lo Alperovich hace le llega a Manzur en forma de “jeringas”, que intentan inyectarle mala disposición. Una de las dosis más recientes ubica al senador en diálogo con el ex presidente Eduardo Duhalde, promocionando al gobernador tucumano para una fórmula presidencial. Una manera elegante de propiciar su salida de Casa de Gobierno.

Pero hay otros pinchazos que el ex gobernador administra por sí solo. Que Alperovich, el hombre que encumbró a Manzur como político, trajese por cuenta propia a González García, que encumbró a Manzur como técnico, y luego convocase al actual mandatario como “invitado”, no necesitó de ninguna cizaña para que Manzur, en el mejor de los casos, se sintiera casi reducido a un bachiller.

Pero Manzur traga saliva porque su predecesor juega convenientemente para él por partida doble. En el Senado, el jamás descolocó los intereses del Gobierno tucumano. Y en la provincia, aglutina “dentro” del oficialismo al peronismo que Manzur no quiere tener cerca.

La sonrisa de Manzur es una ilusión. No deja de ser el gesto de quien está acostumbrado a que no lo vean venir.

La ilusión de la continuidad

La ilusión de control que proyecta Osvaldo Jaldo se monta sobre la continuidad. Es una tendencia objetiva a partir de la nueva Carta Magna provincial. Desde la intervención federal de 1991 y hasta la enmienda de 2006, todos los vicegobernadores tuvieron tensiones con los gobernadores. Algunos por ansias de sucesión; otros por lealtades no correspondidas. Pero la nueva Constitución introdujo la reelección consecutiva y permite a quien ha sido dos veces vicegobernador ser de inmediato candidato a gobernador. Manzur siguió esa secuencia. Jaldo, probablemente, traza el mismo mapa.

El tranqueño, por ello, acompaña sin fisuras a Manzur. Tiene un convencimiento: Alperovich, a Manzur y a Jaldo juntos, no se les va a animar. Así que el presidente de la Legislatura subraya que su plan para 2019 es repetir la fórmula.

Claro que un país donde no se sabe a cuánto cotizará el dólar el lunes, ningún político puede hacer proyecciones serias a seis años. Pero de 2023 se encargó un artista. Ramón “Palito” Ortega dio un recital en la plaza Lules el sábado, para 25.000 personas según sus organizadores. Allí saludó al vicegobernador desde el escenario y deseó: “ojalá que alguna vez sea gobernador”.

El “alguna vez” no fue azaroso. Ese sábado, los dos charlaron largo. Jaldo le dijo (como a todo el mundo) que sólo quiere volver a ser el vice de Manzur. Ortega, al final, lo sorprendió con una advertencia: “he venido varias veces estos años y de todos a los que les fue bien en mi gobierno, ninguno vino a tomar un café. Ese es el peronismo de Tucumán”.

Por cierto: ante el público que le solicitaba canciones, “Palito” hizo un pedido: que se sepa quiénes son los asesinos de Paulina Lebbos. Y cantó “Yo tengo fe”.

La ilusión de lo posible

La ilusión de control que construye Germán Alfaro en Tucumán es la de que Cambiemos es posible en esta provincia. El lunes, el frente opositor presentará un proyecto de reforma política.

Para el oficialismo provincial, la iniciativa es una “mojada de oreja” al intendente, porque propone PASO provinciales. Lo que lee el PJ, entonces, es que los radicales le están diciendo al jefe municipal que le disputarán la Capital.

Alfaro, en cambio, desliza otra versión en su entorno. En primer lugar, pregona que la propuesta es contradictoria: promueve PASO y, a la vez, habilita un acople por partido. En segundo término, asume que el Gobierno no permitirá que haya PASO, porque dejaría al PJ con un solo candidato a intendente por municipio, una desventaja para el candidato a gobernador. En tercer término, está convencido de que en 2019 se votará con el sistema de 2015. El oficialismo, lejos de desmentirlo, ya dice en voz baja que, “con semejante crisis económica, es una falta de respeto hablarle a la gente de reglas electorales”. Y con Cambiemos proponiendo un acople por partido, el Gobierno dirá que las colectoras están legitimadas: todo es cuestión de cuántas.

Entonces, según sus exégetas, Alfaro apoya el proyecto poco claro para que, por fin, Cambiemos “unifique personería”.

En esa convicción se lee una tranquilidad alfarista: dentro de Cambiemos, la pelea no es con él. La guerra es entre la senadora Silvia Elías y el diputado José Cano. Y no es que Alfaro considere que los peronistas no deben meterse en las internas de los radicales (opina casi todo lo contrario). En todo caso, la prescindencia del intendente refiere a que, tras las elecciones de 2017, es tan intrascendente la figura de sus socios radicales que no importa quien gane esa interna: a los efectos electorales, es nulo.

Las encuestas propias le dicen a Alfaro que hoy Cambiemos no tiene candidato a gobernador en Tucumán. Y los sondeos de la Provincia lo tienen a él como el opositor mejor posicionado. Léase: la condición de peronista que tanto le objeta el PRO hace que Alfaro no sea vinculado con Macri, Esto, por cierto, explica por qué Manzur apunta todos los cañones contra la intendencia.

En esa falta de figuras opositoras se explica el perfil cada vez más alto de la diputada Beatriz Ávila. Eso sí, en su instalación no sólo hay una natural búsqueda de espacios políticos. También hay un “Plan B” por si la UCR decide que la pelea también es contra su esposo.

La ilusión del equilibrio

De este conjunto de ilusiones individuales de control se compone el gran espejismo del poder en la provincia.

Lo que aparece es una escena de oficialistas y opositores. Sin embargo, lo real es que todos los protagonistas del poder provincial son peronistas. O, más aún, que todos los espacios tienen ya su propio peronista a la cabeza.

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