Sara Gallardo: el sofisticado encanto de revelar el mundo

Lejos de las modas, disconforme con su escritura pero incapaz de seguir otra voz que no fuera la suya, Gallardo vuelve a brillar en la literatura argentina con la reedición de sus novelas, cuentos y artículos, después de un olvido inmerecido

13 May 2018
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Por Verónica Boix - Para LA GACETA - Buenos Aires

La escritora es heredera de una familia ilustre que marcó los destinos del país, tataranieta de Bartolomé Mitre, bisnieta de Miguel Cané, nieta del naturalista y político Angel Gallardo e hija del historiador Guillermo. De niña solía enfermarse y se la pasaba en la cama leyendo o inventando historias en las que ella era la protagonista de las aventuras. Según le gustaba decir era una nena como “un tallarín con un vestido siempre arrugado”, en cambio, para sus hermanos era “la Seria”.

Sin embargo, eligió ser una viajera incansable. A los 18 años recorrió Europa. A su regreso se confinó en el campo que había comprado su padre, lleno de bañados por la belleza pura del paisaje. Allí escribió su primera novela, Enero, para conjurar el aislamiento. Tenía 24 años pero ya era capaz de contar las capas sociales que convivían y empezaban a construir una Argentina diferente. La habilidad para retratar al peronismo y a la oligarquía, reaparece en su segunda novela, Pantalones azules -reeditada en 2016 por Fiordo-. La historia engaña por su simpleza: un hijo de estancieros de novio con una hija de estancieros, se enamora de la empleada de una farmacia y pone en crisis su sistema conservador de valores.

Resulta fascinante la mirada oblicua de Sara Gallardo para retratar a la aristocracia a la que pertenecía. La escritora se vale de los reclamos del cuerpo, como el deseo, la enfermedad, el hambre o la muerte, para hacer tambalear las reglas y los prejuicios de una clase aferrada a las convenciones. Este recurso alcanza la tragedia en la historia de amor que cuenta en Los galgos, los galgos (Random House), la obra que la consagraría. “¿Podía decirle: sonaban grillos, ranas de zarzal, era la última vez, si lo hubiera sabido me habría muerto; besé sus lágrimas, el próximo abrazo pertenecía a otro cuerpo, a la tiniebla, a París?”, piensa Julián, el narrador y personaje central de la novela. Y como bien dijo alguna vez Victoria Ocampo, no hay otra autora que haya narrado el paisaje del campo como lo hizo Gallardo.

Al mismo tiempo, a finales de la década del 60, Sara incursionó en lo que sería llamado Nuevo Periodismo. Así escribió hasta principios de los 70 una columna para el semanario Confirmado. Los textos, reunidos en Macaneos (Ediciones Winograd) lucen una actualidad imposible de replicar, tan frescos como profundos, y ponen en evidencia su humor extraordinario. Al prestigio que ya tenía, las columnas le suman popularidad. Los lectores la adoraban.

Por el mundo

Se casó, tuvo dos hijos. Viajó por Europa, Latinoamérica y fue corresponsal en Oriente Medio. Se separó y se animó a seguir siendo madre y viajera. Entonces en 1970 conoció al escritor Hector Murena. Se casaron. Tuvieron un hijo. Cuentan que fue su gran amor. El viaje que hicieron a Salta sería el origen de su novela Eisejuaz (1971), un relato demencial de un indio con vocación de salvar a su pueblo, pero que se siente obligado a cuidar a un hombre blanco enfermo porque escucha voces que se lo ordenan. La peculiar voz narrativa de Sara Gallardo alcanza una soltura maravillosa en esta novela.

En 1975, Sara Gallardo quedó desolada frente a la muerte de Murena. No podía soportar Buenos Aires y viajó con sus hijos a Córdoba. A los pocos años se mudó a Barcelona con dos de ellos y su perra. Empezó a cuestionarse quién era, el origen de su imaginación; escribía cada vez menos. De todos modos, logró reunir una serie de textos en El país del humo. Así volvió a partir, esta vez eligió Suiza y, un poco más tarde, Roma. Cuando pensaba que había encontrado un lugar definitivo, visitó Buenos Aires y encontró, inesperadamente, la muerte debido a un ataque de asma en 1988.

La sucedieron diez años de silencio inmerecido. Al final, el destino de clásico que merecía la encontró. Primero en la colección seleccionada por Ricardo Piglia y, unos años después, en la reunión de gran parte de su obra en Narrativa breve completa (Emecé), con prólogo de Leopoldo Brizuela, uno de los lectores que más ayudaron a su regreso.

Puede ser que la belleza sofisticada de la prosa de Sara Gallardo vuelva aún más poderosa la desfachatez de su escritura. Aún hoy la voz que suena en sus textos revela una libertad inusual. Es decir, sus historias obligan a mirar alrededor con una vaga sensación de que detrás de un árbol, un perro, un insecto, en verdad, se oculta una revelación.

© LA GACETA


Los galgos, los galgos *
Por Sara Gallardo
De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero.
Lloré mucho esa muerte, pero no puedo decir que la herencia me tomara de sorpresa. Sentados en la luz del amanecer, hacia el fin del velorio, se me ocurrió decir a mi hermano que le cambiaba mi casa por su parte de campo y, como aceptó enseguida y tuve que firmar una cantidad de papeles, comprendí que había hecho mal negocio. Se me importaba un bledo. Lisa se puso contentísima, y a la espera del fin de semana compramos un mapa de la provincia.
Yo trabajaba en el estudio de mi padrino, abogado que alguna vez abrigó la esperanza de que fuese el continuador de sus virtudes. Después quizá comprendió que ese papel -junto con otros igualmente honrosos e inaccesibles a mis fuerzas- quedaba reservado para mi hermano. Por esos misterios que son un verdadero alivio para los seres humanos, seguí sin embargo siendo su favorito. Así pude vegetar gran parte de mi vida en un soleado rincón del bufete, mientras mi hermano llegaba pisando fuerte, conducía los negocios de manera brillante y destrozaba los nervios a todo el mundo.
* Fragmento (Sudamericana).
Los galgos, los galgos *
Por Sara Gallardo

De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero.
Lloré mucho esa muerte, pero no puedo decir que la herencia me tomara de sorpresa. Sentados en la luz del amanecer, hacia el fin del velorio, se me ocurrió decir a mi hermano que le cambiaba mi casa por su parte de campo y, como aceptó enseguida y tuve que firmar una cantidad de papeles, comprendí que había hecho mal negocio. Se me importaba un bledo. Lisa se puso contentísima, y a la espera del fin de semana compramos un mapa de la provincia.
Yo trabajaba en el estudio de mi padrino, abogado que alguna vez abrigó la esperanza de que fuese el continuador de sus virtudes. Después quizá comprendió que ese papel -junto con otros igualmente honrosos e inaccesibles a mis fuerzas- quedaba reservado para mi hermano. Por esos misterios que son un verdadero alivio para los seres humanos, seguí sin embargo siendo su favorito. Así pude vegetar gran parte de mi vida en un soleado rincón del bufete, mientras mi hermano llegaba pisando fuerte, conducía los negocios de manera brillante y destrozaba los nervios a todo el mundo.


* Fragmento (Sudamericana).

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