Rinoscopías

27 Abr 2018 Por Guillermo Monti

“Todos se quejan de los políticos. Todos dicen que apestan. ¿Pero de dónde cree la gente que vinieron estos políticos? No cayeron del cielo. No pasaron por una membrana desde otra realidad. Vienen de padres americanos, de familias americanas, de escuelas americanas, de iglesias americanas, de empresas americanas y de universidades americanas, y fueron elegidos por ciudadanos americanos. Esto es lo mejor que podemos hacer, amigos. Esto es lo que tenemos para ofrecer. Lo que nuestro sistema produce. Si tenés ciudadanos ignorantes y egoístas, vas a tener líderes ignorantes y egoístas. Así que, tal vez, no son los políticos los que apestan. Quizás haya algo más apestando por aquí... Porque si realmente la culpa es sólo de los políticos, entonces ¿dónde está toda la gente bien intencionada? ¿Dónde están los americanos brillantes, honestos e inteligentes preparados para salvar la nación y liderar el país? No tenemos gente como esa en este país, todos están en el shopping”.

El fragmento forma parte de un monólogo del extraordinario George Carlin (1937-2008). Buena parte de su obra está disponible y convenientemente subtitulada en YouTube. Maestro del stand up, Carlin se regodeaba exponiendo las costuras que la sociedad estadounidense siempre se empeñó en ocultar. Si reemplazamos “americanos” por “tucumanos” y “país” por “provincia”, ¿quién, cómo y desde qué lugar podría rebatir el argumento?

Carlin se hubiera hecho un picnic analizando el debate político comarcano. Un material que ni al mejor de sus guionistas se le hubiera ocurrido. Porque lo peor no es que el intendente de la capital y el presidente del Concejo Deliberante se desafíen con una rinoscopía pública, a ver si consumen o no consumen cocaína. Lo grave es que no llame la atención, que parezca natural. Que no se espere otra cosa de ellos. Si nadie reacciona, si el episodio genera indiferencia y, posiblemente, un poquito de vergüenza ajena, algo está apestando en Tucumán, más allá de la bajísima chicana que, a fin de cuentas, no hace otra cosa que definir a sus protagonistas.

Será como dice Irvine Welsh, otro artista del lenguaje -en este caso de la literatura-, que al ciudadano promedio sólo le interesan la comida, el sexo, las mascotas, el fútbol y las ofertas en su tarjeta de crédito. Será, como subrayó el pensador Neil Postman, que los seres humanos hemos decidido divertirnos hasta morir. En una de sus canciones (“Amused to death”), Roger Waters imagina un futuro en el que antropólogos alienígenas llegan a la Tierra para estudiar la extinción de nuestra civilización. Quedan perplejos al descubrir infinidad de restos humanos frente a pantallas de TV. Triste final, dice Waters.

Sólo a una sociedad complaciente, autocomplacida -o cómodamente adormecida- puede pasarle inadvertido que jerarquizadas autoridades (no autoridades con jerarquía) se toreen con semejantes bajezas. Lo contrario es más peligroso. Es ensayar la mirada Carlin. En ese caso, al mirarnos al espejo aparecen Alfaro y Cortalezzi.

Del Concejo Deliberante sólo se habla en la temporada de aumentos del transporte público. Los ediles juran por todos los santos que no lo subirán ni un peso y al cabo de un par de reuniones levantan la mano. No falla. Este año se agregó un exótico condimento, con forma de pugilato. El éxito resultó tal que, por cortesía de las redes sociales, traspasó largamente las fronteras. ¿Por qué habría de ser diferente, si a fin de cuentas es el emergente de una sociedad por lo general tramposa, ambivalente y violenta? Los concejales, como explica Carlin, no nacieron de un repollo. Una vez más, la metáfora del espejo.

Se vendió el Plan Belgrano como el motor que pondría en marcha al norte. Bien podrían dejar en paz por un rato a Belgrano y, como un minúsculo gesto de respeto -y hasta de patriotismo-, cambiarle el nombre. Al menos hasta que a alguien se le ocurra ponerlo en marcha. Pero, ¿a quién le importa, a fin de cuentas? Si mentir es una costumbre de abajo, ¿por qué debería ser distinto hacia arriba?

El cuerpo social sigue pareciendo un río de cabezas aplastadas por el mismo pie, pero con un agravante, distinto al sentido que le confirió el inigualable Charly: al parecer disfrutamos de ese pisoteo. La realidad transcurre como una película que financiamos pero de la que nos negamos a hacernos cargo. Y si algo apesta, y no es poco, va muchísimo más allá de una rinoscopía.

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