Quinteros, un tucumano importante

Destacado diputado nacional en el 80, periodista, gobernador, industrial azucarero, tuvo tantos adictos como adversarios.

08 Abr 2018

Poco y más bien nada conocen los tucumanos sobre la vida de Lídoro J. Quinteros. Fue un personaje prominente de fines del siglo XIX y comienzos del XX, y su fama trascendió con largueza los límites de nuestra provincia. Había nacido en Tucumán en 1848. Era hijo de crianza de doña Josefa Quinteros -como ella lo declara en su testamento de 1871- y, según Vicente C. Gallo, su padre sería el gobernador Celedonio Gutiérrez. Se sabe que se educó en el Colegio San Miguel, que dirigía Amadeo Jacques. El maestro francés lo citaba, en 1860, como uno de sus “alumnos distinguidos”, junto con Brígido Terán, Benjamín Frías, José M. Corbalán y Cornelio Santillán.

No siguió estudios superiores, pero muchas lecturas y una penetrante inteligencia fueron amasando su personalidad nada común. Se dedicó con éxito al comercio en sus primeros años y luego se hizo plantador de caña, a la vez que se interesaba por el periodismo y la enseñanza. En la Guardia Nacional, en 1867, con jinetas de sargento primero actuó en las campañas contra Felipe Varela. Al año siguiente fundó el periódico “La Juventud”. Fue luego secretario de la Municipalidad (para la cual confeccionó el Reglamento de Escuelas), así como Inspector General de Escuelas, jefe de Policía, diputado a la Legislatura, en diversas épocas.

Con Alberdi

En 1872, junto con Pedro Alurralde, fundó el diario “La Razón”, durante varios años el más importante de la provincia. Fue su jefe de redacción varios meses -y director interino- el famoso Paul Groussac. Ya por entonces, la política iba tentando con fuerza a Quinteros. El Partido Autonomista Nacional lo eligió diputado al Congreso de la Nación en 1874, para un período que terminaba en 1878. Ese año lo reelegían, pero tuvo el gesto de ceder la postulación a Juan Bautista Alberdi, quien por esa causa había regresado brevemente al país. Muy poco después quedó libre otra banca, y Quinteros se incorporó al Congreso con el autor de las “Bases”. Su período concluyó en 1883 y desempeñó la vicepresidencia primera de la Cámara.

Se destacó pronto. Sostuvo, por ejemplo, la necesidad de nacionalizar el Correo, y reclamó la urgencia de fijar los límites entre las provincias. Polemizó con Leandro Alem a propósito de las elecciones bonaerenses, y logró una partida de 6.000 pesos para evitar el derrumbe de la Casa Histórica. Al estallar la revolución porteñista de 1880, Quinteros estuvo entre los diputados que apoyaron con firmeza al presidente Nicolás Avellaneda y que se trasladaron con él a Belgrano, la sede provisoria del Gobierno.

En el Ochenta

Tuvo en esos tiempos actuación protagónica. Preparó el manifiesto de la Cámara donde, con sólida argumentación constitucional, justificaba la cesantía de los diputados que permanecieron en Buenos Aires. Y luego, en 1881, ya sofocada la revuelta, las comisiones de la Cámara le confiaron la redacción del informe sobre la designación del Intendente de Buenos Aires. Produjo entonces un texto que adquirió nombradía, porque, dice un biógrafo, “precisó con exactitud los alcances de la autonomía municipal en la Capital Federal, armonizando las atribuciones de la autoridad local con las inherentes al Gobierno Nacional”.

Fue un documento memorable, de cita obligada luego, a lo largo de los años, en todo debate referido a la municipalización de Buenos Aires. Por eso mucho después, en 1940, el Concejo Deliberante porteño dispuso bautizar “Lídoro J. Quinteros” a una importante avenida. En su primera cuadra se colocó una placa donde llamaba al tucumano “Paladín de la federalización de Buenos Aires”. En 1884 fue miembro de la Convención Constituyente de Tucumán.

El gobernador

En 1886 se eligió presidente de la República al doctor Miguel Juárez Celman. Desde el primer momento, Quinteros se alineó entre sus más entusiastas partidarios. Fue designado gerente del Ferrocarril Central Norte, por lo que trasladó su residencia a Córdoba. Tan “juarista” era que, en junio de 1887, encabezó el grupo armado que llegó por tren a Tucumán y derrocó violentamente al gobierno provincial opositor del “cívico” don Juan Posse.

La provincia fue intervenida y, en los nuevos comicios, Quinteros fue elegido gobernador, en 1888. Fue la suya una administración de euforia económica y tono progresista. Alentó la expansión de la industria azucarera, con las liberales leyes impositivas de 1888 y 1889 y con la creación del Banco Provincial de Tucumán: era una sociedad anónima, mixta, con acciones del Estado y de particulares, formada adquiriendo el Banco Méndez. Instituyó el Consejo de Higiene Pública y creó el Archivo General de la Provincia: declaró de propiedad oficial los protocolos de los escribanos, que se guardarían en esa repartición, junto con la documentación judicial y administrativa.

Tono progresista

Tuvo especial preocupación por el interior. Hizo sancionar la ley de “Formación y organización de centros urbanos en las estaciones de ferrocarriles”, además de disponer múltiples medidas de saneamiento de terrenos; la creación de las “Comisiones de higiene y caminos públicos”, y la delineación de numerosas villas. Esto aparte de construir varias escuelas graduadas y crear la Escuela Nocturna de Aplicación, así como cursos superiores para elevar el nivel de los docentes. Sin ningún resquemor, y argumentando la solicitud de los vecinos, decretó que una nueva población de Río Seco se llamaría “Villa Quinteros”.

Dividió el departamento Capital en tres: Capital, Cruz Alta y Tafí. Bajo su gobierno, José Padilla realizó una memorable administración municipal: abrió las cuatro avenidas y todas las calles del casco urbano, inauguró el alumbrado eléctrico, puso empedrado a más de sesenta cuadras y fundó la plaza Alberdi.

El industrial

Por esa época, Quinteros empezó a actuar intensamente en la industria azucarera. Fue un tiempo cañero en Ranchillos. Sus tierras fueron adquiridas por Antonio Capurro, quien instaló allí el ingenio San Antonio, luego propiedad de la sociedad Gallo y Peña. Para ornamentar la casa de Ranchillos, encargó a Federico Schickendantz el diseño del bello parque que la rodeaba. Cuatro colonias del ingenio fueron conocidas siempre como “Quinteros”, con la respectiva numeración.

Asociado con Alfredo Guzmán y Eduardo Leston compró a Juan Crisóstomo Méndez el ingenio Concepción. También adquirió, con Belisario López, la estancia de Santa Ana, donde instalaron una pequeña fábrica: luego la vendieron a Clodomiro Hileret, quien inauguró allí el ingenio de aquel nombre. Junto con el doctor Manuel Paz era propietario de la estancia Alurralde, y también fue dueño, varios años, de los terrenos de la actual villa de Raco: aún se conserva allí su casa, hoy “Villa Elvira”. Antes de que terminara su mandato de gobernador renunció y fue reemplazado por el electo Silvano Bores, el 12 de julio de 1890.

El hombre

Poco después, pasó a Buenos Aires para asumir la presidencia de la Oficina Inspectora de Bancos Nacionales Garantidos. Como se sabe, días más tarde (26 de julio) estalló la famosa “Revolución del 90”. Hasta el último minuto, Quinteros, junto con el doctor Salustiano J. Zavalía y Silvano Bores, integraría el grupo tucumano de fieles amigos de Juárez Celman, cuya renuncia se produjo días después de la revolución.

En 1894, Quinteros integró la primera comisión directiva del Centro Azucarero Argentino como vocal, y fue designado presidente en la segunda, desde 1895 a 1896.

Se había casado con doña Laurentina Sosa, con la que tuvo ocho hijas mujeres. Entre ellas, Julieta, que contrajo matrimonio con el literato Ricardo Rojas, su primo hermano (ya que el padre de Ricardo, Absalón Rojas, gobernador de Santiago, era esposo de Rosario Sosa, hermana de Laurentina).

Era un hombre alto, de espesa barba. Gaspar Taboada, en una carta personal, lo recordaba como “un secote, de cierta pretina, siempre tieso, nunca sabía sonreírse”. Tuvo feroces adversarios en la prensa, como José “Pepe” Posse desde “El Orden”. Pero este diario reconoció, a su muerte, la “entereza de carácter” de Quinteros, y la energía con que siempre “afrontó la responsabilidad de sus actos, en los momentos de agitaciones más intensas”.

Últimas funciones

Después del 90, Quinteros se concentró en sus actividades de plantador de caña, sin intervenir en la política. En 1898 dejó de ser socio del ingenio Concepción, y en 1901 lo designaron vocal de la Comisión de Irrigación y Aguas Potables. Durante el segundo gobierno de Lucas Córdoba fue presidente del Consejo de Educación.

En 1904 volvió de lleno a la escena cívica, cuando el gobernador José Antonio Olmos lo nombró, en octubre de 1904, ministro de Hacienda y luego de Gobierno. En esa cartera permaneció hasta setiembre de 1905. Después, fue elegido senador a la Legislatura por Cruz Alta.

Aquejado por una grave enfermedad, se trasladó a Buenos Aires. Allí falleció el 25 de agosto de 1907, a las once de la mañana. Sus restos fueron traídos a Tucumán el 27, para ser velados en la Legislatura e inhumados en el Cementerio del Oeste. Según “El Orden”, no menos de “cien carruajes particulares o de alquiler” formaron la multitudinaria comitiva que acompañó el entierro.

Las exequias

En la necrópolis, la Banda de Bomberos le rindió honores de gobernador y disparó las descargas de reglamento. El féretro se depositó en el mausoleo de Pacífico Rodríguez. En nombre del Gobierno, habló el ministro, doctor Julio López Mañán. Pronunciaron discursos, también, los doctores Melitón Camaño y Pantaleón Fernández, además de Ricardo Jaimes Freyre, J. Buenaventura Hardoy, Abraham Maciel y Adolfo P. Antoni.

El doctor Gregorio Araoz Alfaro, a pesar de haber sido adversario político de Quinteros, dedicó un entusiasta elogio a su persona en 1940, con ocasión del bautizo de la avenida porteña. “Ningún hombre he conocido más firme en sus convicciones, más recio en sus actitudes, más enérgico en la defensa de lo que creía la verdad o el interés público. Era un luchador denodado e infatigable, a quien no detuvieron jamás los riesgos y los peligros del combate”. A su juicio, “poseía Quinteros, además de una gran cultura, un elevado espíritu de tolerancia y esa distinción de lenguaje y de modales que va, desgraciadamente, perdiéndose en las generaciones más modernas”.

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