“El cansancio social generará otra Justicia”

El procesalista experto evalúa que por primera vez están dadas las condiciones para transformar la cultura frustrante del Poder Judicial. El académico Oteiza disertó sobre la reforma de la Justicia civil en una actividad organizada por la Corte de Tucumán.

01 Abr 2018
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DISERTANTE. El jurista Eduardo Oteiza en la mesa panel del 22 de marzo. la gaceta / foto de Analía Jaramillo

La mejor forma de predicar la creatividad es ejercerla. Eduardo Oteiza se ajusta a este postulado cuando convoca a jueces, funcionarios, empleados judiciales y a abogados a examinar con ojos críticos lo que hacen y, fundamentalmente, los resultados que consiguen. Su exposición acude a la historia, pero también al sentido común desafiando el preconcepto de que los juristas tienen que ser tecnicistas a ultranza y decimonónicamente aburridos. En las antípodas de ese estereotipo, el presidente del Instituto Iberoamericano de Derecho Procesal termina su disertación con la proyección de una fotografía de “El espejo falso” que René Magritte pintó en 1928. Y advierte a su audiencia: “nos están viendo”.

Los ojos de la ciudadanía posados sobre los Tribunales acarrean una oportunidad única para hacer la transformación anhelada desde hace décadas, según el especialista invitado a debatir sobre la reforma de la Justicia civil junto a Patricia Bermejo y María Lilia Díaz Cordero (todos integran la comisión redactora del nuevo Código Procesal Civil y Comercial de la Nación). En el auditorio del Centro de Especialización y Capacitación del Poder Judicial, y en presencia de Claudia Sbdar, vocal de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán, y de numerosos actores tribunalicios, el catedrático incita a realizar las recetas enunciadas hasta la extenuación, que en gran medida giran alrededor de la implementación de la oralidad. “El cansancio social generará otra Justicia”, resume en una entrevista concedida luego de la mesa panel.

-Durante su disertación, usted citó la máxima “the fish will be the last to discover water” (“el pez será el último en descubrir qué es el agua”). ¿Qué relación tiene este proverbio con la reforma de los tribunales civiles?

-Es tal el acostumbramiento a las formas de discutir y resolver los conflictos que hay en la Justicia, que no vemos otras. Si bien hablamos de los defectos del sistema, al final del día hemos aprendido a convivir con ellos: es el agua. Un abogado con experiencia sabe cuánto va a durar un proceso y vive con ello. Y un juez sabe que puede recibir la visita de un abogado para hablar de un caso y también vive con ello. Son muchas las cosas a las que nos hemos acostumbrado que no necesariamente están bien. Entonces, para cambiar, resulta que hay que empezar por ver qué hacemos y pensar nuestros problemas desde el punto de vista cultural. ¿Qué significa esto de no tener un proceso que funcione, de carecer de un ámbito donde fortalecer los derechos?

-Usted también mencionaba que el primer congreso sobre la especialidad procesal ya giraba alrededor de la implantación de la oralidad.

-Sí, eso ocurrió en 1939.

-¿Y por qué cree que este salto propuesto desde hace ocho décadas sí sucederá ahora?

-Porque, por lo menos según mi punto de vista, es la primera vez que hablamos de una iniciativa abierta nueva. Creo que hay un cansancio social muy fuerte respecto de la falta de rendimiento de la Justicia y que eso es esencial para una transformación positiva. Es la primera vez que veo acuerdo en las cortes provinciales acerca de promover una reforma. Y esto se está dando también fuera de Argentina. Nuestras sociedades latinoamericanas han respondido intensamente a las fuentes españolas; después revivieron el constitucionalismo; luego remodelaron el sistema judicial penal para fortalecer la autoridad del Estado frente a la seguridad; a continuación tuvimos el falso espejismo de la mediación y, por último, la reforma de la Justicia civil. Hay un movimiento regional importante. La debilidad institucional del siglo XX estuvo caracterizada por la falta de reglas y por el imperio de la fuerza. Eso produjo un derecho débil, que es lo mismo que carecer de procesos o herramientas para hacerlo valer. El sistema, así como está, ha atrapado a demasiada gente, que se siente frustrada y mal. Hay muchos jueces que quieren trabajar distinto...

-¿En qué se ha convertido el expediente?

-Hay una famosa frase del mayor procesalista, que es (Eduardo Juan) Couture, que dice que el proceso no es escrito sino desesperadamente escrito por esto de la intención de volcar todo en actas. Es como si tuviéramos un servicio médico por escrito: me duele la garganta y le escribo al médico diciéndole eso. Este me contesta y me pregunta qué otros síntomas tengo. Como yo no soy médico, me olvido de la mitad. Entonces él me pregunta: “¿no será que pasó tal cosa?”. Yo le digo “¡sí!”, pero transcurrieron diez días. Si hubiera ido de entrada, a lo mejor llevaba cinco minutos resolver el problema. Así como no puedo solucionar rápido una consulta médica por escrito, tampoco puedo, por escrito, solucionar rápido un problema jurídico.

-Usted recordaba el célebre “se acata pero no se cumple”...

-Es transversal en nuestra cultura y en ello tiene que ver el hecho de que no está ni mal ni bien. Venimos de una tradición de poder lejano, donde las leyes eran dictadas por un Consejo de Indias radicado en España con la visión de los españoles. La única manera de manejar estos territorios era dar indicaciones para que americanos hicieran lo que pudiesen. El virrey estaba huérfano: no quiero hacer apología de esa figura, pero sí mostrar que las normas estaban físicamente lejos del pueblo. Hay una cosa con las reglas que persiste en el sentido de que no terminamos de convencernos de que son obligatorias y de que debemos cumplirlas. Tan sencillo como eso.

-Su exposición terminó con la presentación de “El espejo falso” de Magritte y con la siguiente advertencia: “nos están viendo”.

-Una de las consecuencias de estos 30 años de democracia es la mirada sobre el Poder Judicial. La Corte Suprema de Justicia de la Nación y las cortes provinciales han tenido roles protagónicos en temas públicos muy relevantes. Pensemos, por ejemplo, el caso del “7-D” y Clarín, o cuando el presidente de la Corte nacional (Ricardo Lorenzetti) presentó una foto del fiscal Alberto Nisman en la apertura del año judicial. Hay un protagonismo político de la Justicia que se ha ido expandiendo y mucho como consecuencia del control de constitucionalidad. Los jueces tienen un altavoz y una exposición creciente. Antes, por ejemplo, uno preguntaba en una clase de Derecho quiénes eran los jueces de la Corte y nadie respondía. Hoy sí se sabe porque están en las noticias. Esto genera más responsabilidad y hace que se discuta. Y es una de las razones por las que creo que las modificaciones procesales esta vez sí podrán llevarse adelante.

-Los privilegios y la ética débil de la magistratura provocan rechazo en la ciudadanía. El proceso justo, veloz y transparente es necesario, pero, ¿qué se hace con los otros reproches?

-Estamos en el camino de resolverlos. En 1983 era difícil pensar que en Argentina iba a haber justicia respecto de un Gobierno anterior. Pero en el fondo había un sentido arraigado en la sociedad sobre el daño que había padecido: se fueron alineando las cosas y hoy el país es un modelo en materia de derechos humanos. Los temas de corrupción llegaron hasta el punto de que existe un foco muy fuerte sobre lo que pasa en la Justicia. La última decisión de un tribunal favorable a Cristóbal López ha despertado un descontento enorme con consecuencias múltiples. Los jueces se sienten desacreditados y, por ello, tienen que buscar crédito social y diferenciarse. Uno puede, razonablemente, tener esperanzas de que habrá cambios siempre que seamos capaces de mantener con vida el debate de la transparencia.

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San Miguel de Tucumán
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