Un regalo de Pascuas llamado Carlitos

Nació en la casa de la familia Véliz, en el barrio 130 Viviendas. La hermana de la mamá debió hacer de partera y guardias de la seguridad privada formaron una cadena solidaria.

01 Abr 2018

Había pasado media hora desde el nacimiento y la ambulancia no llegaba. Uno de los guardias se animó a cortar el cordón umbilical, con instrucciones que le daban por teléfono.

La preocupación se les borró del rostro para dar lugar a una sonrisa. Admiten que las circunstancias no fueron las mejores, pero saben que era necesario llenarse de coraje para tomar decisiones concretas frente a semejante desafío: ser parteros. Los protagonistas fueron muchos y cada uno hizo “lo que había que hacer” para que hoy Carlos Ramón Véliz disfrute de su primer domingo (¡y el de Pascua!) en familia.

Carlitos nació durante la madrugada del 28 de marzo en el baño de su casa, en el barrio 130 Viviendas, a nueve kilómetros del centro. No le dio tiempo a su mamá, Laura Véliz (21 años), de llegar al hospital más cercano. Tiene tan sólo cinco días, pesa nada menos que 4,60 kilos y mide 51 centímetros.


“Este fue el tercer embarazo de Laura. Estaba en sus últimos días y todo marchaba en orden. El miércoles se levantó a la madrugada con ganas de ir al baño... pero en realidad tenía contracciones”, cuenta, ya más tranquila y muy agradecida la abuela, Rosa Santillán. Ella se había despertado ese día a las 5 de la mañana porque debía ir a retirar unos anteojos. Le daba un poquito de pereza salir de la cama, pero los gritos con los que su hija pedía ayuda la pusieron de pie.

“Entró en trabajo de parto en nuestro baño. Desde ese mismo instante empecé a llamar al 107 y al 911 pidiendo ayuda, porque era seguro que el bebé nacía en la casa”, relata y revive la angustia.

La respuesta a los llamados se hizo esperar, por lo que Rosa decidió salir del hogar en busca de socorro. “Eran las 5.30, no había nadie en la calle. Como no tenía muchas opciones decidí recurrir a los guardias de seguridad que pagamos entre los vecinos para que nos cuiden durante las noches”, cuenta.


Envuelta en preocupación corrió a buscarlos, tres cuadras, hasta la plaza, y les pidió ayuda. Ellos la acompañaron, pero en simultáneo nacía su nieto. “Agradezco a Dios no haberme ido a hacer los trámites de mis anteojos y también que mi otra hija haya estado en casa; si no, no se qué pasaba”, reflexiona Rosa.

Milagros Véliz (18 años) fue la partera de esta historia. “Estaba muy conmocionada... El bebé temblaba... Saqué unas toallas, le armé un colchoncito y lo tapé. No sabía cómo actuar, además estaban mis otros sobrinos en la casa...”, recuerda y cuando se le pregunta sobre la experiencia, sólo hace un “más o menos” con la mano.

En guardia 

Rosa entró a su casa con los cuatro guardias de seguridad cuando Carlitos ya lloraba en el baño. “Nos comunicamos con el 911 y con el 107, pero no vinieron. Además por radio le pedimos al guardia de la citrícola que nos contactara con la ambulancia”, cuenta Fabricio Lobo Moreno, de 20 años, uno de los guardias. “Por teléfono, un médico del 107 nos indicó que le dijéramos a la mamá que alzara al bebé y lo pusiera sobre su pecho para que se tranquilizara, y que lo tapara, para que no sintiera frío. Hicimos eso, pero nadie se animaba a cortar el cordón umbilical”, confiesa.

Luego él y Luciano, otro de los guardias, se fueron hasta la entrada del barrio, cerca del cementerio El Jardín del Ángel, a esperar la ambulancia. Por fin llegó un móvil del 911 con dos oficiales, pero no sabían cómo actuar.


El tiempo se iba

“La ambulancia no aparecía, y ya habían pasado más de 30 minutos -recuerda Sergio González, también de la empresa de seguridad privada-. Pedí por teléfono al personal del 107 las instrucciones para cortar el cordón, y con ciertos temores me animé”.

Rosa agrega que en ese momento no tenían siquiera hilo ni alcohol para desinfectar las tijeras de peluquera que usa para trabajar. “Me dio mucha impotencia que nadie se acercara a socorrernos”, lamenta.

Con la colonia de los hermanos de Carlitos, Lucía y Daniel, desinfectaron la tijera, y con lana ataron el cordón. Y decidieron dejar de esperar: en el móvil del 911 trasladaron a la mamá, a la abuela y al bebé al Avellaneda.

En el hospital

En pocas horas la familia Véliz, había pasado por todos los estados de ánimo. Creían que al menos al llegar al hospital estarían tranquilos, pero tampoco eso sucedió.

“Las enfermeras nos trataron de lo peor. Nos reprocharon que no hubiéramos tomado un taxi en el preciso momento del parto -dispara Rosa-. Donde vivimos, cuando llega la noche, todos nos encerramos por la inseguridad del barrio. Sólo pasa una línea de colectivo, y durante la madrugada es tierra de nadie”, dice Rosa. Añade que a tres casas de la suya se encuentra el CAPS, pero afirma que ofrece atención de manera esporádica.

“No merecemos malos tratos, desde que vimos que iba a nacer en la casa pedimos ayuda. No pueden decirnos que nos quedamos de brazos cruzados”, reclama.

Después de la tormenta

Sentados alrededor del coche de Carlitos, cada uno de los actores recuerda los hechos con precisión y lamenta que no haya llegado la ayuda correspondiente cuando fue necesaria, pero se emociona al reconocer que, a pesar de todo, siempre hay personas dispuestas a dar una mano cuando más se las necesita. Y la historia no termina. Los guardias de seguridad se identifican como “tíos” de Carlitos, y Sergio -a quien le tocó cortar el cordón- le hizo un pedido a la familia: quiere ser el padrino.



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San Miguel de Tucumán
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