Beneficios del “tramway” para la salud

19 Mar 2018
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TRANSPORTE PUBLICO. El “tramway”, que comenzó a rodar allá por 1882, era tirado por dos caballos y su velocidad era marcada por el trote de los animales. Con tracción a sangre recorrieron nuestras calles hasta 1910, cuando se incorporó el motor eléctrico. En 1965 desaparecieron.

Manuel Riva - Redacción LA GACETA

Nuestra provincia se conectó al sistema ferroviario nacional en 1876 cuando llegó la línea Central Córdoba, cuya estación sobrevive en la intersección de San Martín y Marco Avellaneda. Si bien los tucumanos de entonces ya comenzaban a hacer uso de esos tremendos vehículos que resoplaban, chiflaban, lanzaban humo por sus chimeneas y andaban a velocidades vertiginosas comparadas con las carretas y caballos que se usaban hasta entonces, dentro de la ciudad aún persistía la tracción a sangre para el transporte público, carros, carretas, caballos y demás. Estos eran el medio de locomoción en el que se movían mayoritariamente los ciudadanos. La verdera revolución en el transporte recién llegaría en 1882, al ponerse en marcha las primeras líneas de “tramways” en San Miguel de Tucumán. Según relata Carlos Páez de la Torre (h): “Un porteño, don Carlos T. Castellanos, titular de la empresa ‘San Carlos’, pidió al Concejo Deliberante de Tucumán, en 1882, la concesión de dos líneas de ‘tramway’ con tracción a sangre. La concesión le fue acordada para construir tres, las dos primeras tiradas por caballos y una tercera a vapor”. Después de acordarle una prórroga, quedaron concretadas solamente dos líneas urbanas. Los tranvías comenzaron a funcionar en la segunda mitad de 1882. Los tiraban dos caballos, y tres en las pendientes, todos con timbales de cascabel. El conductor hacía sonar una corneta en las bocacalles y la velocidad máxima era “el trote natural” de los animales, que debían ser mansos y adiestrados. El primer paso estaba dado.

Los tucumanos aceptaron rápidamente este medio de transporte. Los servicios crecieron y se incorporaron nuevas líneas.

Relacionar este servicio con la higiene fue una idea del reconocido médico francés Víctor Bruland, quien había llegado a nuestra provincia hacia 1845. Una nota que llevaba su firma, en el diario El Orden de fines de febrero de 1891, bajo el título “Higiene”, señalaba que el tramway es higiénico y civilizador en Tucumán más que en ninguna otra parte. Luego explicaba: “Todos los médicos, y principalmente los higienistas, están de acuerdo sobre la acción saludable de un paseo en carruaje después de comer, pero para que el vehículo produzca su buen efecto es preciso que los caminos, las calles, sean bien nivelados y que el empedrado sea correcto, lo que estamos muy lejos de tener en Tucumán”.

El profesional, a la vez que alababa el servicio, lanzaba una crítica por el estado de las calles de nuestra ciudad. Parece que la queja por el mal estado de los caminos, rutas y calles se mantiene en el presente. El “tramway” que conoció Bruland dejó de recorrer las calles en 1910, cuando se incorporaron los tranvías eléctricos.

Bruland nació en Saint-Louis en 1817. Hijo de Louis Bruland y Marie Victoire Valdet, venía de una vieja familia alsaciana. Se graduó de médico en 1838, en la Facultad de Montpellier. Llegó al Río de Plata en 1841 y se estableció un tiempo en Montevideo. La ciudad estaba sitiada y sirvió como cirujano de la Legión Francesa e Italiana. Eso le permitió trabar relación con el famoso Giuseppe Garibaldi. Luego pasó a Buenos Aires, donde revalidó su título y después se mudó a San Juan. Su presencia en Tucumán, que se extendió hasta su muerte, fue importante para la medicina. Junto con su trabajo profesional y su actuación durante la epidemia de cólera, desarrolló una intensa actividad de divulgación científica y de educación sanitaria.

Sus colegas y académicos de Francia dedicaban sesiones a analizar los informes científicos que enviaba desde nuestro país. Era miembro de la Sociedad de Higiene de París. “A través de artículos frecuentes y escritos con mucha franqueza, luchó incansablemente contra los curanderos. Difundió precisas recomendaciones sobre, por ejemplo, el alcoholismo y sus efectos; proporcionó múltiples pautas para una alimentación sana: la verificación del buen estado de los alimentos y la preparación adecuada de varios de ellos; la ingestión de frutas; el cuidado del agua de bebida; la comida apta para los enfermos”, relata Páez de la Torre (h).

El médico destacaba sobre el “tramway” que su movimiento uniforme apenas ondulatorio facilita en alto grado la digestión, reemplaza pues perfectamente el paseo de los ricos en carruaje rodando sobre el macadam”. Agregaba: “es sedante, calma la agitación nerviosa y su acción tiene explicación. Al respecto, expresaba que cualquier agitación que se siente al poco de andar es notablemente disminuida, si no desaparece del todo”. “Es un calmante del sistema nervioso, material y moral. Al subir en el tramway, la imaginación más preocupada está distraída de su contención sin caer en cuenta. Encontrarse de repente con varias personas que la casualidad os ha presentado de compañeras de viaje, la reserva de buen tono que tenéis que guardar, la circunspección que os indica tener la prudencia para que algún indiscreto no venga a fastidiar, todo hace que vuestra imaginación descanse un tanto olvidando momentáneamente cosas serias que os abruman.

Con una mirada cívica, manifestaba que la clase trabajadora sin tener fortuna alcanza a gozar de este benéfico vehículo a la par del rico. Asimismo, destacaba que el uso común del vehículo obligaba a todos a mantener la compostura y la corrección para evitar molestar a sus ocasionales acompañantes. Ninguna y ninguno, y si así no fuera, la imponente seriedad del mayoral le haría comprender muy pronto que no se toleran desórdenes de ninguna clase en los Tramways de Tucumán, informaba el profesional.

Sus últimas palabras eran una recomendación. Que se acostumbren los tucumanos a hacer un paseo en tramway tarde y mañana, o más bien de mañana y de noche en el verano. Esta pequeña advertencia al pueblo la creemos de utilidad higiénica.

Bruland dejó este mundo el 25 de enero de 1895 a los 77 años. En sus últimos años solía caminar con paso lento por las calles tucumanas y los años lo obligaron dejar sus cabalgatas de cazador y pescador. Pese a recibir una pensión vitalicia de 400 pesos, que agradeció diciendo que “me sea permitido hoy dar mi amor a Tucumán”, nada le gustaba más que percibir el reconocimiento de los ciudadanos cuando recorría la ciudad.

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