Un futuro que ya llegó

Black Mirror nos muestra un mundo con vidas vigiladas y determinadas por algoritmos.

18 Mar 2018

POR FLORENCIA GILARDI

PARA LA GACETA - MENDOZA

La última temporada de Black Mirror, la cuarta, tiene dos capítulos sobresalientes. Arkangel es la historia de una madre soltera con una hija única. Su inclinación a sobreprotegerla la lleva a aceptar la propuesta de un programa científico que propone implantarle a su hija un chip con un localizador que le permite saber dónde está, restringir las imágenes que perciben sus ojos y seguir a través de una pantalla las que ve. Esta capacidad de monitorear constantemente la vida de su hija la llevará a censurarle experiencias vitales, cuya anulación tendrá grandes consecuencias en la relación materno-filial.

La trama de Arkangel no se aleja demasiado de las posibilidades tecnológicas actuales. Existen distintos dispositivos de control parental remoto (los localizadores de niños están a un click de distancia) y empresas, como la belga Newfusion, que implantan chips a sus empleados para fiscalizar su performance laboral. Esa sociedad distópica ultravigilada por el Gran Hermano, imaginado por George Orwell hace casi 70 años, hoy está cerca de hacerse realidad en un planeta con más dispositivos conectados a internet que habitantes, cámaras en cada esquina y vidas filmadas constantemente.

Amor y algoritmos

Otro capítulo de Black Mirror con reminiscencias actuales es Hang the DJ, la historia de Amy y Frank, dos jóvenes que se conocen a través de un programa online de citas. La particularidad del programa es una función que permite saber, al inicio de la cita, cuál es el tiempo que permanecerán juntos. Una determinación que ambas partes deben acatar, respetando el resultado del procesamiento de las variables personales conjugadas por el programa que fija el período en que la compatibilidad de intereses, carácter y gustos mantendrá su potencia para generar una relación armónica entre las partes. Ese período puede ser de unas pocas horas, días o años.

El planteo nos remite a lo que viven millones de personas a través de plataformas como Tinder, Happen o Match.com en la que los algoritmos cruzan datos geográficos, etarios, inclinaciones, referencias culturales e imágenes para sugerir posibles parejas.

Aquí los cuestionamientos giran en torno de la construcción de burbujas endogámicas. Se restringen el azar y la diversidad propia de los encuentros casuales por la lógica de las similitudes. Nos cruzamos virtualmente con gente parecida o adecuada a ciertos parámetros que alimentan alineamientos y fragmentaciones. Estas cuestiones se trasladan a internet en general. ¿La red nos une más o nos separa? ¿Alimenta el diálogo o el enfrentamiento? ¿Hay mecanismos adecuados para reglamentar una convivencia virtual virtuosa que no socaven la libertad de expresión y la dinámica propia del mundo digital? Estas son algunas de las preguntas que dominan la agenda actual, todavía con respuestas precarias y provisorias.

© LA GACETA

Florencia Gilardi - Periodista.

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