Tinieblas de la ignorancia

La sociedad debe exigir que las autoridades cumplan su deber para con la educación.

20 Mayo 2004
Hace pocos días, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, un profesor trató de medir la cultura general de sus alumnos a través de una docena de preguntas elementales. Por ejemplo, quién ganó la batalla de Tucumán, o cuántas provincias tiene la Argentina, o de qué país es Saddam Hussein, o cómo se llama el actual vicepresidente de la Nación. Las respuestas -que se difundieron por la prensa- serían graciosas por lo disparatadas si no revelaran la formación penosamente baja que existe en alumnos regulares de una carrera universitaria. No es la primera vez que se transparenta algo así. Nuestros lectores pueden recordar que, de tanto en tanto, el periodismo informa sobre tales muestras vergonzosas de ignorancia. Lo lamentable es que así viene ocurriendo desde hace ya varios años, sin que se advierta la capacidad del sistema educativo para revertir eficazmente una realidad de esa índole. La causa de lo que apuntamos es evidente. Los alumnos no conocen cosas elementales porque no se las enseñan, o porque son promovidos de un curso al superior sin que sus insuficiencias se perciban, lo que viene a ser lo mismo. Pareciera que en numerosos establecimientos educativos ha desaparecido la exigencia, y que las promociones se producen de una manera casi automática, rodeadas por una enorme permisividad. De ese modo el estudiante llega al estadio de la Universidad desprovisto de todo lo que se supone que debió haber adquirido en el ciclo anterior, y sin haber practicado el esfuerzo intelectual. Esta es la realidad. Y a los motivos hay que agregar, por cierto -y como un elemento de mayúscula incidencia- el hecho de que en el hogar tampoco existen posibilidades de que el niño y el adolescente vayan formando paulatinamente su cultura general, como ocurría, como cosa normal, en épocas anteriores.
Hasta promediar el siglo que pasó, en las casas de familia había libros, y los libros se leían. Muchos progenitores, con gran sacrificio, adquirían en cuotas diccionarios, enciclopedias y clásicos de las letras, para que sus hijos tuvieran material de consulta y de lectura, y los instaban a utilizarlo.
Actualmente, rara es la casa donde existan más libros que la guía de teléfonos. Si a esto le agregamos que se ha esfumado también la mesa familiar, que era ocasión para comentar los sucesos diarios de la provincia, del país y del mundo, no es raro que un joven -salvo que tenga una vocación acentuada por formarse- se debata en las tinieblas de la ignorancia.
El conocimiento se adquiere, con un esfuerzo que es inevitable, por medio del estudio y por medio de un universo de lecturas que empieza por los diarios y termina en los libros. No existe otro camino conocido hasta el momento. Si la realidad nos está mostrando que ese camino no se sigue, parece obvio que es responsabilidad de los adultos lograr, con urgencia, una rectificación absoluta del rumbo.
Corresponde a las autoridades educativas y a los docentes, en primer lugar, cumplir con su deber. Este es tan sencillo de exponer como arduo de llevar a cabo. Se trata de que, en las escuelas y colegios, no solamente se enseñe, sino que se utilicen los métodos y las medidas necesarias que aseguren que lo que se enseña ha sido efectivamente aprendido por sus destinatarios. Es decir, que exista un nivel de exigencia riguroso, de acuerdo con el cual quien no sepa no pueda avanzar, hasta que no demuestre efectivamente que sabe. Y junto a eso, en el hogar, los padres deben cumplir sus obligaciones de formación intelectual, que son tan importantes como las de dar techo y comida a los hijos.
Esto tiene una mayúscula importancia en la vida general del país. Porque una nación crece y se desarrolla, solamente cuando se dedica la máxima atención a la mente de sus integrantes.

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