Deplorables costumbres

Se advierte el desdén hacia todo lo que tienda a encarrilar positivamente los hábitos colectivos.

18 Mayo 2004
En estos días, notas y cartas de lectores que hemos venido publicando, revelan cierta alarmante tendencia negativa en nuestros hábitos sociales. No nos referimos solamente al caso del parque 9 de Julio, convertido en vaciadero de basura (cuadro que se reitera en cuanto baldío o predio a medio edificar existe dentro de la ciudad). O a la realidad, cada vez peor, que afecta al vecindario del Barrio Norte, jaqueado por una nube de calamidades nocturnas, protagonizadas por la juventud que en ese sector de nuestra capital hace lo que le viene en gana, sin que parezca existir autoridad alguna capaz de impedírselo. Tales situaciones no son nada más que un par de ejemplos, que podrían extenderse mucho más. Los zaguanes se utilizan como baños públicos con inquietante frecuencia. En esta capital no hay pared que no tenga pintadas leyendas, muchas de ellas francamente obscenas. Es común que, cada vez que se intenta utilizar un teléfono público, resulte imposible porque alguien ha sustraído el tubo, o ha bloqueado el monedero. Los árboles reciben un impresionante maltrato, que ha determinado la desaparición de muchos recién plantados. El transeúnte, cada vez que quiere tirar un papel, lo hace sobre la vereda o la calzada, y jamás se le ocurriría utilizar los recipientes. Los refugios de las paradas de ómnibus son un muestrario del daño gratuito ocasionado por quienes los utilizan. En los colectivos, los asientos muestran los tajos en la tapicería practicados por los usuarios. Y la enumeración podría continuar a lo largo de muchos renglones.
Lo curioso y lo deplorable es que estas conductas resultan comunes solamente entre nosotros. Nos hemos singularizado, entre las ciudades argentinas, por habitantes que, en enorme proporción, hacen gala de su falta de límites en todos los aspectos que tengan que ver con la convivencia cotidiana. Cabe preguntarse cuál es la razón que sustenta semejante realidad. Uno podría decir que a la culpa la tiene la autoridad municipal, o la policía, que no ejercitan el suficiente control. Sin duda ello es cierto, pero solamente en parte, ya que ningún control puede resultar eficaz, por vasto y minucioso que sea, si no existe una mínima actitud de colaboración por parte de la comunidad, demostrativa de que comparte, mayoritariamente, el propósito de la autoridad.
Hay que pensar, entonces, que aquí se ha desarrollado peligrosamente una tesitura asentada en el desprecio a las normas que en cualquier sociedad civilizada encuadran la vida diaria. Normas que tienen que ver con el respeto que todos se deben a sí mismos y hacia los demás, y con un mínimo afecto hacia el espacio en que se vive y por el cual se transita cotidianamente. Es como si se hubiera instalado, en carácter de actitud común, un abierto desdén hacia todo lo que tienda a encarrilar positivamente los hábitos colectivos.
Sin duda, tal inclinación debe considerarse inquietante, y el cuerpo social tiene la grave obligación de reaccionar para modificarla. Como en todos los terrenos, parece que estamos ante un problema de educación. Hasta el momento, se diría que hemos fracasado en la tarea de formar a nuestra gente, desde temprana edad, en una mentalidad que acate y comparta los valores esenciales de una sana convivencia.
Urge, entonces, cambiar semejante estado de cosas. La formación ha de empezar, por cierto, en el hogar, que es donde se modela toda personalidad. Los progenitores deben imprimir, en la mente de sus hijos, las pautas adecuadas del comportamiento diario y de las obligaciones que conlleva vivir en sociedad. Por supuesto que eso debe ser reforzado intensamente en la escuela, con claras y prácticas nociones. Acaso de ese modo podamos lograr generaciones futuras libres de esos hábitos hoy tan lamentablemente generalizados.

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