"Me sacaron de la casa con el agua hasta el pecho"

El relato de Rita González, de 78 años, sintetiza el drama que vivieron en Ranchillos debido a la inundación.

27 Ene 2018
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LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO

Teresa Vila (22 años) sólo atinó a llevarse una cosa de su casa cuando comprobó que el agua le llegaba hasta las rodillas: su mascota Leo, un conejo blanco con las patas manchadas de barro. “El agua rebalsaba la altura de las ventanas y Leo estaba en el techo. Ella quería traerlo a toda costa, no quería dejarlo en la casa porque podían robarlo o ahogarse”, explicó su hermana, Ana González. Su madre, Rita González (78) también debió abandonar el hogar. “Me sacaron de la casa con el agua hasta el pecho”, recuerda Rita. 

Los Vila-González forman parte de las 12 familias que debieron pasar la noche evacuadas en la escuela “Provincia de San Luis”. La institución, al igual que el Centro Integral Comunitario y la parroquia del Espíritu Santo funcionan como alojamientos para los damnificados por la inundación en Ranchillos. 

Por el momento, Leo come tortillas y zanahorias, mientras espera sentado en una silla de plástico que su dueña llegue con el alimento balanceado. “Algunas familias se fueron porque bajó el agua. La gente no quiere dejar sus casas porque tiene miedo de robos o perder para siempre lo poco que les queda”, sostuvo Mabel Villar, trabajadora del área social de la comuna. 

Marta Lobo y su hija, Margarita, fueron de las primeras que llegaron a la escuela en procura de un sitio seguro donde pasar la noche. Cada familia ocupó un aula y se montó un área de primeros auxilios para tratar a los vecinos con problemas de salud o afectados por reacciones alérgicas por culpa del agua. La psicóloga Gabriela García se encargó de brindarles contención a los evacuados. Por ejemplo Margarita, de 7 años, presentaba un cuadro de estrés emocional. Además, los chicos podían distraerse con la televisión. Mientras en la pantalla se reproducía un video musical de Panam, Margarita pintaba concentrada. Gracias a los aportes de los propios trabajadores de la escuela y de los médicos, los niños disponían de peluches y de juegos de mesa.

El panorama en Ranchillos se mantuvo complicado durante todo el día, especialmente por la inundación en los barrios Espíritu Santo y San Telmo. Incluso, por la mañana, las vías del tren debieron ser reparadas, ya que la presión del agua se llevó los durmientes de madera y desplazó las piedras que afianzaban el camino. “La fuerza del agua hizo que me lastimara al intentar pasar por las vías hasta mi casa. Me resbalé y terminé llevada por la corriente, hasta que mi hijo logró agarrarme de la mano y sacarme”, detalló María Vaca, de 43 años.

Otras zonas de Ranchillos se vieron afectadas. Carmen Juárez, vecina del barrio Escuela Vieja, debió subir los electrodomésticos al techo para evitar que el barro los estropeara. “Saqué a mi hijo de la casa subiéndolo en brazos y con el agua hasta los hombros. Lo llevé a la casa de mi hermano y con mi marido pasamos la noche esperando que bajara el agua estancada”, comentó Carmen. Es agua sucia, amarronada y acumulada que -según los vecinos- tardará en drenarse debido a la sobrecarga del suelo.

Con todavía un metro de agua tapándole las piernas, desde la mañana los vecinos intentaron volver a sus casas para rescatar sus pertenencias. Algunos lo hicieron caminando y otros trataron de pasar en autos o en camiones por algunas de las calles aledañas al anegamiento.

“Cuando bajó el agua puse ladrillos sobre las mesas para sostenerlas y arriba coloqué la heladera, el televisor y las cosas más caras. El resto lo perdí; placares, muebles y ropa fueron imposibles de salvar. El problema es que, aunque volvimos, no podemos dormir tranquilos”, agrega Carmen.

Otros vecinos prefirieron no moverse del barrio. “Por la noche veías las casas desoladas y sentías el ruido del agua. En el medio del silencio, con el grupo de apoyo gritamos para ofrecer comida. Las personas alumbraban con el celular o alguna vela para que pudiésemos verlos”, describió Mabel Villar. “Teníamos un señor hipertenso y diabético que desde las cinco de la mañana estaba en el agua y no quería salir de la casa. Debimos charlar con él hasta que se dejó ayudar”, añadió la enfermera Ana Zelaya.

En la parroquia del Espíritu Santo los voluntarios prepararon dos ollas de guiso con arroz, y repartieron ropa y alimentos no perecederos. La parroquia también fue víctima de la inundación y llegó a tener un metro de agua en el interior. “Lograron sacar el agua del salón, pero los elementos de construcción que había adentro para remodelar el edificio quedaron inservibles. Más de 50 bolsas de cemento, arena y ladrillos quedaron irrecuperables”, enumeró uno de los voluntarios.

Al padre Enzo Daniel Romero le tocó cumplir años en el medio del desastre. Una vez que limpiaron la parroquia alojaron siete familias. “Nos organizamos como comité de emergencia. La gente necesita lavandina, artículos de limpieza y velas. Después de la inundación, para volver a la normalidad hay que limpiar y desinfectar las casas, por la cantidad de animales peligrosos y suciedad que dejó el agua”, detalló el sacerdote.

Para los vecinos afectados, el desastre se mide en pérdidas materiales, mientras los domina la impotencia. “Perdí mi casa, la huerta donde cosechaba y los animales que tenía. Somos ocho en la familia y vivíamos de la cría de chanchos y gallos. Empezar de nuevo no se puede, si estábamos en la pobreza ahora viene algo peor”, narra Osvaldo Luna (52) con apenas un hilo de voz.

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