“El privilegio” de investigar en la Antártida, contado por una tucumana

Elisa Bertini cambió vacaciones por más trabajo: consiguió la autorización del Instituto Antártico Argentino y se sumó a un grupo de más de 40 investigadores y técnicos que desarrollan sus proyectos en el continente blanco, donde Argentina realiza campañas científicas desde 1904. Ella estudia unas bacterias que interactúan con una hierba en ambientes contaminados.

21 Ene 2018
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EL TRABAJO DE CAMPO. Los días de recolección de muestras empiezan temprano, para dar tiempo a su procesamiento -cuenta Elisa-; pero también implican gozar de la magnificencia del paisaje.

Es un verano de campera, gorro y guantes para Elisa Bertini, y no porque haya viajado al hemisferio Norte. Es biotecnóloga y, bajo la dirección de Lucía Castellano de Figueroa, está haciendo la investigación para su tesis doctoral en el Laboratorio de Biotecnología Fúngica, de la Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos (Proimi), dependiente del Conicet. Y, en vez de tomarse vacaciones, se fue a la Antártida. Desde el 4 de enero forma parte de los 19 investigadores y técnicos que llegaron, a bordo de un Hércules del Ejército, a sumarse a la campaña científica 2018. Es la número 114 (comenzaron en 1904).

“La campaña de verano se inició oficialmente el 18 de diciembre, con la partida de dos barcos de la Armada (ARA Canal de Beagle y ARA Estrecho de San Carlos), en tanto que el 26 de diciembre partió el rompehielos Irízar desde Buenos Aires”, informó Rodolfo Sánchez, director del Instituto Antártico Argentino a la Agencia CTyS-UNLaM, y añadió que en total se desarrollarán más de 40 proyectos científicos hasta fines de marzo y comienzos de abril. “Argentina se encuentra en el lote de los países que más investigación desarrollan en la Antártida y es líder en Latinoamérica”, señaló.

Un verano particular

Argentina tiene seis bases permanentes en la Antártida (Carlini, Orcadas, Esperanza, Marambio, San Martín y Belgrano II) y siete bases temporarias (Brown, Primavera, Decepción, Melchior, Matienzo, Cámara y Petrel).

Elisa, que estudia unos mecanismos de bacterias asociadas a una planta conocida como pasto antártico, está asentada en la primera. “Salí de Tucumán el 31 de diciembre a Buenos Aires, y el 2 de enero comenzó la aventura: desde el aeropuerto El Palomar volamos en un Fokker F28 del Ejército a Río Gallegos, donde nos quedamos hasta el 4. Ese día, un Hércules nos dejó en la base científica chilena Frey. Y desde allí navegamos unos 40 minutos hasta la base científica Carlini”, cuenta. Y sigue: “la base está en la península Potter de la isla 25 de Mayo, perteneciente al archipiélago de las Shetland del Sur. Y me quedo aquí hasta fines de enero, principios de febrero... Cuándo llegará el Hércules a buscarnos todavía es incierto”.

Pero eso es lo de menos. Ella ya puso manos a la obra y está muy entusiasmada.

- ¿Cuál es el tema en el que trabajás?

- Estudio los sistemas de comunicación a través de los cuales los microorganismos (seres vivos muy pequeños que no pueden verse a simple vista) usan para “hablar” e interactuar entre ellos y con otros organismos superiores, como las plantas. Ese sistema se llama quorum sensing.

-¿Y por qué la Antártida?

- Mi viaje a la Antártida fue posible en el marco de un proyecto titulado “Sistemas de quorum sensing en ambientes extremos”, que fue aprobado por Walter Mac Cormack, del Instituto Antártico Argentino, quien permitió mi estadía en la base Carlini. El proyecto involucra el estudio de mecanismos de quorum sensing de bacterias asociadas con la planta Deschampsia antarctica (Poaceae), conocida como pasto antártico. En la base desafortunadamente hay contaminación con hidrocarburos debido a pérdidas de combustible. Lo interesante es que el pasto antártico demuestra ser capaz de crecer en sitios contaminados tan bien como en lugares sin contaminación. Caracterizar los mecanismos de comunicación de los microorganismos asociados a él permitirá dilucidar su participación en la sobrevida bacteriana y en sus interacciones con el pasto. A su vez, los resultados obtenidos permitirán proponer estrategias para remediar contaminación generada por pérdidas de combustible.

- ¿Qué esperás encontrar allá, en lo académico y en lo existencial?

- Mis expectativas eran elevadas en ambos aspectos. Soy consciente de que pocos privilegiados pueden acceder a las riquezas científicas que ofrece el continente blanco. Las instalaciones en general -y en particular las del laboratorio de microbiología, en el cual desarrollo mis actividades- son excelentes. Y en lo existencial, la sensación de felicidad es indescriptible. Todo es impactante: la fauna, el glaciar, el paisaje, la ausencia de oscuridad del verano... Compartir el día con científicos de distintos puntos del país y con la dotación militar, y conocer distintas realidades y experiencias enriquece mucho. Estar rodeada de gente que comparte el objetivo de preservar el planeta y de luchar contra el cambio climático abre puertas de esperanza para el futuro. Me siento completamente afortunada de poder estar acá.

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