¡Mirá, un tucumano salió en El Gráfico!

19 Ene 2018
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Hubo un Olimpo para los deportistas argentinos: llegar a la tapa de El Gráfico. Era la consagración, una medalla más valiosa que cualquier metal. Esa portada no sólo legitimaba una carrera; la llevaba a un plano superior. El protagonista se aseguraba un lugar de privilegio en los hogares de Hispanoamérica, tal fue la penetración de la revista. Generaciones aprendieron a leer con El Gráfico entre las manos, a caballo de crónicas trepidantes. Y cuando aparecía un tucumano la sensación era distinta. De orgullo, de admiración. ¡Mirá, salió en El Gráfico!

La irresistible estampa de Nasif Estéfano fue una constante en El Gráfico. Cómo no, si la revista retrataba con lujo de detalles cada batalla del Turismo Carretera y “El Califa” movía el amperímetro de las pasiones. Por eso, cuando la tragedia se llevó al concepcionense, el título de tapa decía “La muerte de un campeón”. En la foto, la sonrisa tímida de Nasif se dibuja entre un cielo bien celeste y los laureles que le cruzan el cuerpo. Un clásico.

El archivo fotográfico de la revista representa la memoria viva de casi un siglo y excede lo deportivo. Allí está todo. En un mundo dominado por las imágenes y las pantallas cuesta dimensionar ese legado. Escuela del mejor fotoperiodismo, El Gráfico creó un lenguaje visual fascinante. Cada foto contaba una historia, definía el perfil de los protagonistas, metía al lector en el estadio o en la intimidad del entrevistado. El destino de esas páginas no podía ser otro -prolijo recorte previo- que la decoración de infinitas habitaciones. Por ejemplo, la tapa del 6 a 1 de San Martín a Boca en La Bombonera (que fue una falsa portada, porque en realidad estaba en la contratapa). O la del ascenso del “santo” a Primera en 1992, con el título “A mi Tucumán querido” y Nelson Chabay a un costado, apretado entre tanta euforia.

Cuando Mercedes Paz ganó un título en Brasil, la cobertura de la revista sentenció: “Como Clerc con Vilas”. Claro, si de tenis femenino se hablaba en los 80 los flashes eran para Gabriela Sabatini. La comparación era una caricia para la tucumana. Y las caricias de El Gráfico encendían el alma. Lógico, si a fin de cuentas allí escribieron los maestros Félix Frascara y “Borocotó”; si hasta Dante Panzeri -el número uno de la historia del periodismo deportivo argentino- dirigió la publicación. El sueño de todo periodista era estampar la firma en la revista, así fuera en un breve. Alberto Elsinger, corresponsal en Tucumán durante mucho tiempo, da fe del prestigio que implicaba pertenecer a esa elite.

Sentirse ignorado por El Gráfico dolía. Mucho. Cuando Tucumán conquistó su primera corona en el Argentino de rugby, allá por 1985, no se publicó ni una línea. El reclamo, en forma de cartas, obligó a una disculpa de Ernesto Cherquis Bialo, entonces director de la revista. Se vio obligado a explicar, con lujo de detalles, por qué en el proceso de edición había quedado afuera la hazaña de los “Naranjas”.

“Atlético, un fenómeno Nacional”, se titulaba una nota de 1979. El equipo acababa de eliminar al Argentinos Juniors de Maradona en La Paternal. Siguió una tapa: “Los finalistas”, con los ocho mejores equipos del Nacional y la foto de “Motoneta” Gómez, abajo, a la derecha. Años más tarde habría ediciones especiales con motivo de los ascensos a la “B” (Andrés Bressan se ganó el protagonismo en la imagen) y a Primera (“El Pulguita” se distingue al medio en el grupo, luciendo la icónica remera con la inscripción I love Simoca). También quedó aquella portada con el título “Pánico en el fútbol”, el día que fue asesinado un hincha en el Monumental durante el partido Atlético-Belgrano.

Por supuesto que hubo cambios en El Gráfico, tantos como la cantidad de décadas que transitó. Cambios de contenidos, de orientación, de formatos. Si en la primera mitad del siglo XX había lugar para el ciclismo, el atletismo o el remo en la tapa; durante los años siguientes el fútbol y los ídolos del momento -Monzón, Reutemann, Vilas- inclinaron la balanza. El Gráfico se esforzó por correr a la par de la tecnología y ganó varias de esas batallas. Pero no podía pelear contra un enemigo mucho mayor: el giro en los consumos culturales. Las revistas dejan de venderse, un proceso que parece inexorable y que día a día se cobra alguna nueva víctima. Primero El Gráfico discontinuó la circulación, pasó de semanal a mensual. Hasta que se anunció el cierre definitivo y de pronto, como despertados por un cachetazo de realidad, legiones de lectores descubrieron que se habían quedado un poco más solos.

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