30 Dic 2017
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Por Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía y escrtitor

“Hogar, amargo hogar”, dice Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo. Y sí. Nada más tucumano que renegar de nosotros. Vivir aquí nos hace a veces felices, pero otras tantas nos trata cruelmente. Pero aquí estamos y seguimos. A los cuatro vientos nos despreciamos y pensamos, como el filósofo alemán, que los pájaros cantan mejor en el extranjero.

Ser tucumano es como ser el ganador de esas rifas de cumpleaños donde el premio es un conejo: ¿qué tipo de suerte hemos tenido?

Lo que quiero decir es que creo que estamos llenos de contradicciones: nuestra identidad volátil nos hace muy peligrosos. Injertamos, por usar una metáfora limonera, costumbres ridículas que no se llevarán nunca con nuestro pie, nuestra base, con hechos invariables de nuestra historia social y natural. Un ejemplo notable y de lo más banal: nuestra hipocresía en la vestimenta. Con el calor, nuestros trajes adquieren un peso extraordinario y por la calle San Martín vamos relinchando bajo el sol, penando por la etiqueta atemporal e impostada. El “qué calor” es nuestro saludo orgulloso… Y, si está fresco, no hacemos más que conjugarlo en futuro: “qué calor que va a hacer mañana/en el verano/que se viene”.

Ahora bien, cuando era niño teníamos con mis primos una especie de deporte -por otra parte muy extendido-: pedir agua en los bares. Nuestros resultados eran dispares, dependían del bar, del horario y del mozo (y del ánimo del mozo). Pero había un bar-heladería en la calle Salta que se llamaba, enigmáticamente, “Alaska”. El asunto es que tenía una canilla refrigerada de la que salía el agua más helada que se pueda imaginar. Nada es eso, sino que los dueños parecían felices de vernos llenar una y otra vez no menos de ocho vasitos cada uno. Eso es, si me permiten una foto, la otra cara de nuestra sociedad. Claro, en esa época no había 100 kioscos por cuadra, pero estaba Alaska, en pleno Tucumán, y la certeza de saciedad nos hacía pensar que el calor y la sed no eran estados permanentes. En suma, somos tan orgullosos como despectivos, tan comprometidos como desaprensivos. Justo cuando estamos dispuestos a decir de nosotros que somos la peor lacra, surge algo que nos salva: el vaso de agua fresca, los luchadores sociales incansables o un científico que se destaca mundialmente y que es hijo de la Pocha, la de la vuelta de la casa. Salimos así, de vez en cuando, con la frente en alto, a nuestro calor.

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