Reforma de senderos que se bifurcan

22 Dic 2017 Por Álvaro José Aurane
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La Argentina acaba de vivir una de las semanas más peligrosas de su historia democrática. Mediante una violencia tan descomunal como organizada, se intentó coartar el funcionamiento del Congreso de la Nación. Un grupo de personas se atribuyó los derechos del pueblo y, tomando su nombre en vano, buscó hasta las últimas consecuencias impedir que aquellos a los que el pueblo sí eligió como sus legítimos representantes llevaran adelante sus funciones republicanas.

Más aún: cuando el pueblo votó parlamentarios en las urnas, no estaba eligiendo sólo a quienes dictarán las leyes: estaba escogiendo un modo de vida. Uno que consiste en una democracia, mediante el cual la voluntad del pueblo es soberana; y que a la vez consiste en una república, para que dejar atrás la tiranía de uno no se convierta en una tiranía de muchos. Para que funcione la democracia, tiene que funcionar la república. Así lo pauta la Constitución de 1853, a partir de la cual quedó abolida la esclavitud en este país, mediante el establecimiento del principio de la igualdad ante la ley.

Hace mucho que no se había tanto empeño por atentar contra la forma de vida de los argentinos.

Hace mucho que no se veía a tanto esclavo empecinado en que le devuelvan el yugo del cual la democracia y la república liberan.

Razones y valores

Como ya se avisó, la reforma previsional aprobada por el macrismo, por el radicalismo y por el peronismo que responde a los gobernadores, se inscribe en el registro de las aberraciones estatales consagradas en democracia.

Claro que hay defensores de la medida, que esgrimen razones para sostenerla. En nombre de la redistribución de la riqueza, el Gobierno anterior usó los recursos de la Anses para ampliar el beneficio previsional y para otorgar beneficios sociales a los sectores pobres, pero también para forjar un populismo clientelar desembozado, que garantizará continuidad e inmunidad a los protagionistas de uno de los períodos más corruptos de la historia nacional. Con la plata de los jubilados también financiaron emprendimientos públicos y créditos para privados.

Pero así como es respetable el argumento oficialista de que el sistema se encaminaba a una injusticia generacional porque se estaban comprometiendo las jubilaciones de los futuros pasivos, también es cierto que ajustar por el bolsillo de los viejos es un límite. Una frontera de moral pública que debiera ser infranqueable. Garantizar buena vida a los que se pasaron la vida trabajando no es sólo un derecho humano: es una condición de la modernidad. La reforma previsional, entonces, genera posturas irreconciliables: razones financieras por un lado y valores que no deben ser racionalizados por el otro. Y es perfectamente democrático que no vaya a haber acuerdo social respecto de ella.

También son democráticas las alternativas que siguen contra la reforma previsional, que en los hechos es un acuerdo fiscal antes que un paquete de medidas pensada para favorecer a la tercera edad. Una vía es la Judicial: la segura impugnación de la norma a través del cuestionamiento de su constitucionalidad. Otro camino es el electoral: los ciudadanos votan cada dos años en este país.

Malograr el funcionamiento del Congreso mediante la violencia, en cambio, es imperdonable.

La imagen de que se estaba lapidando al Poder Legislativo estremece. Sobre todo, porque los violentos no estaban ahí para defender a los abuelos. La prueba más espantosa fue el linchamiento contra el periodista Julio Bazán: sigue trabajando en TN, pero es jubilado, tiene 71 años y se pronunció contra la reforma previsional. Sin embargo, los que lo apalearon cobardemente le gritaban “viejo puto”. Y “viejo hijo de puta”. Y “viejo de mierda”…

Ser, no ser y estar

La participación del oficialismo tucumano en la sanción de la reforma previsional es clave. El quórum para que sesione la Cámara Baja es de 129 diputados y el macrismo consiguió 130. Si el gobernador Juan Manzur no aportaba los apoyos de Pablo Yedlin y de Gladys Medina, no había deliberación.

Pero la participación del mandatario tucumano fue todavía más señera. Y es anterior a la sesión misma. El dictamen de la reforma previsional estuvo a punto de naufragar por causa de una tucumana, pero terminó sobreviviendo gracias a un tucumano. Intervención de Manzur mediante.

Desesperada fue la llamada de la Casa Rosada a la Casa de Gobierno: Mirta Alicia Soraire (tan kirchnerista como Marcelo Santillán) no firmaría el despacho. Yedlin y Medina estaban en Tucumán: no había tiempo para que llegaran a poner la firma. Pero el quinto diputado peronista por esta provincia sí estaba en Buenos Aires. Entonces, según narran en el Gobierno, llamaron a José Fernando Orellana: él suscribió el dictamen que ahora es ley.

“Estuvimos donde teníamos que estar”, es la explicación del oficialismo (a medio camino entre la satisfacción y la resignación) respecto del acompañamiento al macrismo en la aprobación de la ley que la propia vicepresidenta de la Nación, Gabriela Micheti, ha calificado de “antipopular”.

La traducción primera para esa tautología es que a Manzur le resta aún la mitad de su mandato. En rigor, la “gobernabilidad” que está negociando con la Nación es para 2018. En 2019 hay elecciones, así que los acuerdos para ese año, de haberlos, serán infinitamente distintos... Pero hay mucho más también. Por ejemplo: si el macrismo va a tener un interlocutor con el peronismo tucumano, que ese hombre sea el gobernador y no José Alperovich.

Allá sí, aquí no

El revés de esa trama se remonta al jueves pasado. Mientras en la Cámara de Diputados fracasaba el primer intento de aprobar la reforma previsional, por los incidentes dentro y fuera del recinto, en la Legislatura se celebraba la megasesión en la cual se aprobó, entre otros asuntos, el Presupuesto 2018 y la reforma fiscal provincial. Mientras la deliberación transcurría, por el grupo de WhatsApp del bloque Tucumán Crece, varios alperovichistas comenzaron a proponer que se levantara la sesión local, en consonancia con la nacional. Los planteos no fueron pocos, y se resolvieron por fuera del chat: a varios de los díscolos les llegó, verbalmente, la recomendación de que “dejaran de macanear” y que “ni se les ocurriera mocionar el levantamiento de la sesión” o retirarse del recinto. No era un amague: hacia el final, volvió a comisión una iniciativa promovida por una alperovichista que sí se fue del recinto.

Justamente, antes de ese episodio, a ella le habían recordado que la reforma provisional había llegado a Diputados con media sanción del Senado. Entre otros, votaron a favor Alperovich y Beatriz Mirkin.

Esos dos apoyos no pasaron inadvertidos para el macrismo: Mirkin acaba de asumir como vicepresidente de la estratégica comisión de Presupuesto.

Esos dos sucesos contrastantes prueban que lo que vaya a pasar con los jubilados es secundario para el oficialismo tucumano. Si el alperovichismo vota a favor de la reforma previsional en el Senado (y lo capitaliza), sus legisladores que querían levantar la última (y trascendente) sesión de la Legislatura no perseguían ninguna reivindicación ideológica, sino que tenían entorpecedores fines políticos.

Los otros mensajes de los mensajes

Para uno de los hombres que más conoce a Alperovich (y que, por ello, más temprano se alejó de su Gobierno), hay que reinterpretar la visita de la senadora Cristina Kirchner a Tucumán durante el mes pasado. Su paso por la provincia es “la manera de José” de comunicar que está pensando seriamente en volver a ser candidato a gobernador. Y que si no lo es “por dentro del PJ”, ya tiene un partido con ADN peronista para hacerlo: Unidad Ciudadana.

El manzurismo, por cierto, actúa como sí tuviera claro que es así. Es más, procede como si asumiera que el insulto de Oscar Parrilli hacia Manzur, a quien trató de “obsecuente”, hubiera sido recomendado en la cena con la ex presidenta en la residencia Alperovich. Ahora que la Corte, después de dos años de indefinición, frustró las aspiraciones de Sergio Mansilla (el más alperovichista de todos los tucumanos) de asumir con legislador, también se reactualiza la prematura decisión del vicegobernador, Osvaldo Jaldo, de que a esa banca la ocupara el luleño César Elías “Kelo” Dip. ¿Qué estaban diciéndole al alperovichismo cuando, con la cobertura de la banca, se anticiparon un mes al fallo? ¿Qué ya sabían que sería adverso a los intereses alperovichistas? ¿Y que lo sabían porque tuvieron algo que ver?

También la respuesta de Mansilla merece otra lectura. Cuando LA GACETA le preguntó si apelaría contestó con dos palabras: “Ya está”. ¿Era para dar por cerrado su reclamo judicial, o era para Manzur y para Jaldo?

Los márgenes para las indefiniciones son cada vez más escasos para el gobernador. Alperovich apura. Y Jaldo, que “desalperovichizó” la conducción de la Legislatura tras la sangría de 60.000 votos entre las PASO y las generales, ha demostrado con esa purga que él también se impacienta.

En 2018 no hay comicios. Pero será electoralísimo.

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