13 Mayo 2004 Seguir en 
Lo que a fines del siglo XIX fue un pantano, fuente de paludismo y de otras enfermedades, por la tenacidad de un político visionario, se convirtió en un vergel. En 1897, Alberto León de Soldati (1860-1921) era ministro de Hacienda. Concibió un proyecto de ley para sanear la zona denominada "El Bajo", que había sido parte del lecho del río Salí y erigir un paseo público. Cinco años después, ante la amenaza de una epidemia de peste bubónica, Soldati volvió a insistir en su idea, sin éxito. Ya como diputado nacional arremetió nuevamente con su iniciativa y consiguió que la Nación le aportara a Tucumán $ 125.000 destinados a la expropiación de los terrenos y su saneamiento. La Provincia se ocuparía de la nivelación, el drenaje y la forestación. Como el dinero era insuficiente, Soldati logró en 1907 que la Nación entregara más dinero para esos fines. El parque 9 de Julio fue inaugurado en 1916, para las fiestas del Centenario.
Su diseño había sido encomendado al famoso urbanista francés Charles Thays. Por gestión de Juan B. Terán se adquirieron en Europa más de 60 esculturas que eran calcos de originales famosos, como al Apolo de Beldevere, la Venus de Milo o el Laoconte. Con el tiempo se sumaron otras obras de artistas, como Roberto Fernández Larrinaga y Angel Ibarra García, entre otros.
El parque 9 de Julio se convirtió en un orgullo de los tucumanos. Son muchos los elementos decorativos que despertaban la admiración: sus canteros poblados de flores, la pérgola, el reloj adornado con flores y plantas, la singular y variada arboleda, las esculturas, las fuentes luminosas. Luego se incorporó el lago San Miguel con una confitería con un diseño de avanzada, que era un lugar de encuentro de los tucumanos, el famoso trencito y un camping.
A causa de la desidia, el descuido y la indiferencia de las gestiones municipales de los últimos lustros, la belleza del parque comenzó a declinar. Fue pasando del orgullo a la pena.
Actualmente, el trencito que paseó a varias generaciones de tucumanos dejó de funcionar hace unos 40 días; ello sucedió porque caducó la concesión que el municipio había otorgado a una firma mendocina, concesionaria también de los juegos mecánicos. Varios locales del parque que cerraron sus puertas fueron abandonados a su suerte por los funcionarios municipales, una vez que los contratos vencieron, como la confitería de El Lago, el ex bar Gummy, el Grill y el predio que ocupaba el Club Hípico de Tucumán. Se producen casi a diario robos de materiales eléctricos que son de aluminio, como las farolas y las columnas; y de cableado eléctrico subterráneo, por lo que numerosos sectores del parque están a oscuras. Se quema basura; las fuentes ni el reloj funcionan; la inseguridad es constante. Desde la Dirección de Espacios Verdes municipal se argumenta que carecen de maquinarias, de jardineros y de jornaleros, mientras que la Policía también señala que los patrullajes coordinados con su personal no dan abasto y se queja de que no pueden coordinar tareas con Espacios Verdes.
Cuesta creer que esta repartición carezca de recursos humanos, cuando el plantel municipal está sobredimensionado desde hace muchos años, y que en el siglo XXI el parque no posea aún una vigilancia propia acorde con sus dimensiones y sus necesidades. En el área del Concejo Deliberante circulan proyectos sobre el parque que nunca ven la luz y si lo logran, no llegan a materializarse.
Pese a que perdió hace mucho el esplendor, el parque 9 de Julio sigue siendo aún -no se sabe hasta cuándo- el principal pulmón verde de la ciudad. Si algún funcionario o político imitara la vocación de servicio y el tesón de Alberto de Soldati, evitaría que luego de casi 100 años el parque tuviera la desdicha de convertirse nuevamente en un pantano.
Su diseño había sido encomendado al famoso urbanista francés Charles Thays. Por gestión de Juan B. Terán se adquirieron en Europa más de 60 esculturas que eran calcos de originales famosos, como al Apolo de Beldevere, la Venus de Milo o el Laoconte. Con el tiempo se sumaron otras obras de artistas, como Roberto Fernández Larrinaga y Angel Ibarra García, entre otros.
El parque 9 de Julio se convirtió en un orgullo de los tucumanos. Son muchos los elementos decorativos que despertaban la admiración: sus canteros poblados de flores, la pérgola, el reloj adornado con flores y plantas, la singular y variada arboleda, las esculturas, las fuentes luminosas. Luego se incorporó el lago San Miguel con una confitería con un diseño de avanzada, que era un lugar de encuentro de los tucumanos, el famoso trencito y un camping.
A causa de la desidia, el descuido y la indiferencia de las gestiones municipales de los últimos lustros, la belleza del parque comenzó a declinar. Fue pasando del orgullo a la pena.
Actualmente, el trencito que paseó a varias generaciones de tucumanos dejó de funcionar hace unos 40 días; ello sucedió porque caducó la concesión que el municipio había otorgado a una firma mendocina, concesionaria también de los juegos mecánicos. Varios locales del parque que cerraron sus puertas fueron abandonados a su suerte por los funcionarios municipales, una vez que los contratos vencieron, como la confitería de El Lago, el ex bar Gummy, el Grill y el predio que ocupaba el Club Hípico de Tucumán. Se producen casi a diario robos de materiales eléctricos que son de aluminio, como las farolas y las columnas; y de cableado eléctrico subterráneo, por lo que numerosos sectores del parque están a oscuras. Se quema basura; las fuentes ni el reloj funcionan; la inseguridad es constante. Desde la Dirección de Espacios Verdes municipal se argumenta que carecen de maquinarias, de jardineros y de jornaleros, mientras que la Policía también señala que los patrullajes coordinados con su personal no dan abasto y se queja de que no pueden coordinar tareas con Espacios Verdes.
Cuesta creer que esta repartición carezca de recursos humanos, cuando el plantel municipal está sobredimensionado desde hace muchos años, y que en el siglo XXI el parque no posea aún una vigilancia propia acorde con sus dimensiones y sus necesidades. En el área del Concejo Deliberante circulan proyectos sobre el parque que nunca ven la luz y si lo logran, no llegan a materializarse.
Pese a que perdió hace mucho el esplendor, el parque 9 de Julio sigue siendo aún -no se sabe hasta cuándo- el principal pulmón verde de la ciudad. Si algún funcionario o político imitara la vocación de servicio y el tesón de Alberto de Soldati, evitaría que luego de casi 100 años el parque tuviera la desdicha de convertirse nuevamente en un pantano.
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