09 Mayo 2004 Seguir en 
Hace décadas que los países desarrollados entendieron que la cultura y el turismo van de la mano. En la década de 1990 el presidente francés François Mitterrand logró ser reelecto, en gran parte, gracias a la gestión de su ministro de Cultura, Jack Lang. Las propuestas culturales llevadas a cabo durante el primer mandato contribuyeron a que Francia incrementara su turismo en forma notable y en consecuencia, ingresaran a ese país millones de dólares.
Esta concepción de unir la cultura con el turismo fue encarada por varias provincias argentinas (Córdoba, Salta, Mendoza) que gozan durante todo el año de un flujo permanente de turistas nacionales y extranjeros. Pero en Tucumán las palabras y los discursos casi nunca se concretan en la realidad, es decir que son una mera expresión de anhelo.
Pese a que la cultura tiene una dirección municipal en San Miguel de Tucumán, su presencia es prácticamente nula en nuestro medio. Muy atrás quedaron iniciativas loables como llevar el teatro a los barrios, editar libros de escritores locales, organizar los salones de arte que llegaron a tener su prestigio; recitales de música popular y clásica en los predios de la Casa Municipal de Cultura, ubicada en el parque 9 de Julio. Ello sucedió en los primeros años del retorno a la democracia, durante las gestiones municipales de Rubén Chebaia y de Raúl Martínez Aráoz. En ese entonces los presupuestos eran tan escuálidos como los de la actualidad y los problemas no eran menores, pero seguramente había voluntad, imaginación, ganas, capacidad y, por sobre todo, apoyo al área cultural.
Luego sobrevino la declinación. Desapareció el elenco municipal teatral; dejaron de editarse libros, de otorgarse becas, de estimular las artes plásticas y otras manifestaciones del espíritu. La legendaria respuesta de "no hay plata" fue el argumento para dejar de hacer o para no hacer nada. El vagón, emplazado en la calle Congreso segunda cuadra, destinado a la literatura infantil y que convocaba a una gran cantidad de chicos, desapareció hace ya tiempo.
Hasta ahora nadie fue capaz, por ejemplo, de organizar ciclos anuales y permanentes de teatro y de música en distintos puntos de la ciudad, teniendo en cuenta la gran cantidad de buenos valores que posee Tucumán. De ese modo, no sólo los turistas, sino los mismos tucumanos tendrían acceso a las diversas manifestaciones del arte y los artistas tendrían la posibilidad de cobrar por su trabajo.
Eso sucede desde hace muchos años, por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, donde se desarrollan ciclos culturales a lo largo del año que son de libre acceso y es el Estado el que se encarga de pagarles un cachet más que digno a los artistas, desterrando aquella desafortunada idea de que quien se dedica a la cultura padece del síndrome de la vagancia.
Da la impresión de que los funcionarios municipales de los recientes lustros estuvieron más preocupados en fomentar la empleomanía y dejar cada vez más endeudado al municipio, que en trabajar duramente en mejorarles la vida a los ciudadanos en todo sentido. Con la actual gestión, la cultura sigue permaneciendo en el destierro. Pese a que el intendente -por haber sido secretario de Turismo durante el Gobierno provincial anterior- sabe que turismo y cultura son inseparables, casi nada ha hecho para reflotar el área y tampoco se conocen planes al respecto.
No es menos cierto que el jefe municipal debe resolver aún graves problemas que aquejan la ciudad, pero no por ello debe descuidar otras áreas que son vitales para el desarrollo del ser humano. Si existiera una política cultural, tanto municipal como provincial, y se trabajara coordinadamente con la Universidad y con otras instituciones, y se comprometiera la participación de los empresarios del medio, el rostro penoso que actualmente Tucumán ofrece al mundo seguramente sería distinto y se elevaría la calidad espiritual de nuestra sociedad.
Esta concepción de unir la cultura con el turismo fue encarada por varias provincias argentinas (Córdoba, Salta, Mendoza) que gozan durante todo el año de un flujo permanente de turistas nacionales y extranjeros. Pero en Tucumán las palabras y los discursos casi nunca se concretan en la realidad, es decir que son una mera expresión de anhelo.
Pese a que la cultura tiene una dirección municipal en San Miguel de Tucumán, su presencia es prácticamente nula en nuestro medio. Muy atrás quedaron iniciativas loables como llevar el teatro a los barrios, editar libros de escritores locales, organizar los salones de arte que llegaron a tener su prestigio; recitales de música popular y clásica en los predios de la Casa Municipal de Cultura, ubicada en el parque 9 de Julio. Ello sucedió en los primeros años del retorno a la democracia, durante las gestiones municipales de Rubén Chebaia y de Raúl Martínez Aráoz. En ese entonces los presupuestos eran tan escuálidos como los de la actualidad y los problemas no eran menores, pero seguramente había voluntad, imaginación, ganas, capacidad y, por sobre todo, apoyo al área cultural.
Luego sobrevino la declinación. Desapareció el elenco municipal teatral; dejaron de editarse libros, de otorgarse becas, de estimular las artes plásticas y otras manifestaciones del espíritu. La legendaria respuesta de "no hay plata" fue el argumento para dejar de hacer o para no hacer nada. El vagón, emplazado en la calle Congreso segunda cuadra, destinado a la literatura infantil y que convocaba a una gran cantidad de chicos, desapareció hace ya tiempo.
Hasta ahora nadie fue capaz, por ejemplo, de organizar ciclos anuales y permanentes de teatro y de música en distintos puntos de la ciudad, teniendo en cuenta la gran cantidad de buenos valores que posee Tucumán. De ese modo, no sólo los turistas, sino los mismos tucumanos tendrían acceso a las diversas manifestaciones del arte y los artistas tendrían la posibilidad de cobrar por su trabajo.
Eso sucede desde hace muchos años, por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, donde se desarrollan ciclos culturales a lo largo del año que son de libre acceso y es el Estado el que se encarga de pagarles un cachet más que digno a los artistas, desterrando aquella desafortunada idea de que quien se dedica a la cultura padece del síndrome de la vagancia.
Da la impresión de que los funcionarios municipales de los recientes lustros estuvieron más preocupados en fomentar la empleomanía y dejar cada vez más endeudado al municipio, que en trabajar duramente en mejorarles la vida a los ciudadanos en todo sentido. Con la actual gestión, la cultura sigue permaneciendo en el destierro. Pese a que el intendente -por haber sido secretario de Turismo durante el Gobierno provincial anterior- sabe que turismo y cultura son inseparables, casi nada ha hecho para reflotar el área y tampoco se conocen planes al respecto.
No es menos cierto que el jefe municipal debe resolver aún graves problemas que aquejan la ciudad, pero no por ello debe descuidar otras áreas que son vitales para el desarrollo del ser humano. Si existiera una política cultural, tanto municipal como provincial, y se trabajara coordinadamente con la Universidad y con otras instituciones, y se comprometiera la participación de los empresarios del medio, el rostro penoso que actualmente Tucumán ofrece al mundo seguramente sería distinto y se elevaría la calidad espiritual de nuestra sociedad.
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