San Martín está en la encrucijada: o da el salto de calidad o naufraga

03 Nov 2017

Si pegar el salto a la elite es difícil, mucho más complicado es mantenerse entre los mejores. Tres veces superó el listón San Martín y tres veces retrocedió en el tablero, sin haber podido mantenerse más de una temporada en Primera. Analizado en perspectiva está claro que siempre le faltó un proyecto más sólido, armado a mediano y a largo plazo. Nada sucede por casualidad ni por mala suerte. Talleres, Belgrano y Godoy Cruz son buenos espejos en los que reflejarse. A la hora de pedir tres deseos, con la torta del cumpleaños 108 al frente, puede ser un buen punto de partida.

A favor del club se anotan los avances en el campeonato institucional. No es un poroto menor en el haber, porque resulta imprescindible recordar de dónde viene San Martín, hasta qué sótano fue capaz de sumergirse cuando quedó en poder del clan Ale. Ese ejercicio de memoria es muy sano porque puede servir a modo de recordatorio permanente: “nunca más”. La pelota no se mancha, pero el cuadro dirigencial sí, y en el caso de San Martín es gravísimo: las cabezas de la conducción terminaron presas. Miles de hinchas fueron engañados por aquella maqueta que Rubén Ale y María Jesús Rivero le presentaron a José Alperovich y de buena fe contribuyeron para financiar obras que nunca se ejecutaron. Y no olvidar aquel engendro bautizado Gerenciadora del NOA, un negociado turbio por donde se lo mire y que le regaló a Roberto Dilascio sus 15 minutos de fama. Lo está pagando carísimo.

Debió ser muy poderoso el proceso de vaciamiento de recursos humanos para que el club haya pasado de Natalio Mirkin al clan Ale. Fue una pesadilla brechtiana, consumada mientras socios e hinchas miraban para otro lado. Parece que la lección quedó aprendida, más allá de algún que otro barquinazo en los años posteriores a la caída de los Ale. Por ejemplo, muchos se equivocaron al suponer que Emilio Luque llegaba a la presidencia dispuesto a invertir su fortuna personal en San Martín. No hay mesianismo que valga y eso cabe para la joven gestión que lidera Roberto Sagra.

Cualquier construcción se viene abajo si los cimientos están mal hechos. La etapa liderada por Oscar Mirkin y Claudio De Camilo hizo bien los deberes del ordenamiento institucional. Dejaron a San Martín mejor que cuando lo habían recibido. Fallaron en la materia fútbol; el ascenso a la B Nacional llegó tarde, al cabo de varios fracasos y, en detrimento de la dirigencia, Diego Cagna se quedó con todos los laureles. Mientras, al mérito de las reformas edilicias en el estadio se lo fue adjudicando la comisión de hinchas encabezada por Daniel Galina, a la postre integrante de la fórmula opositora. Sin mucho que mostrar en la cancha y carentes de cintura política, Mirkin y De Camilo firmaron una derrota que se veía venir.

El ser o no ser de este San Martín de 108 años no pasa por el qué quiere (se sabe: jugar en Primera, con todos los beneficios que eso proporciona) sino por cómo lo quiere. El ascenso no suena imposible, por más que el equipo no haya demostrado demasiado en las pocas fechas disputadas. La percepción es que entre la medianía del torneo, con mayoría de equipos tan entusiastas como limitados, enganchar una racha positiva puede ser un trampolín al éxito. Tampoco le sobra. Es uno más para dar pelea.

Por el momento, San Martín mira la Superliga con la ñata contra el vidrio. Está quedándose afuera de una mesa cuya composición se reconfigura al compás de los cambios en la AFA y en el mapa del poder político. Sagra es muy amigo de Daniel Angelici, que además de Boca maneja una cartera amplia de relaciones, que va de Mauricio Macri a “Chiqui” Tapia, pasando por la Justicia Federal y el mundo del juego. Es un aliado clave de San Martín, pero primero hay que llegar. A propósito de Sagra, la foto con el escudo de Boca en la indumentaria fue una torpeza.

¿Cuántos años lleva San Martín sin nutrirse de las divisiones inferiores? El déficit del club, endémico en este aspecto, es en extremo grave. La fábrica de jugadores está clausurada desde hace tanto tiempo que ya nadie espera la aparición de chicos capaces de ganarse la titularidad en Primera, de marcar una diferencia y de nutrir las arcas con una buena transferencia. Ese ciclo virtuoso, modelo de funcionamiento de muchos clubes, es impensando al cabo de décadas de desinversión. Contar con una cantera como la gente es una piedra angular de cualquier proyección deportiva, económica e institucional. De lo contrario sólo se trata de administrar el día a día.

El que diga que no importa lo que está pasando en la vereda del frente falta a la verdad. Así como a Atlético le tocó ser testigo de varias gestas de San Martín, la tortilla se dio vuelta. La realidad indica que si 2017 no fue el mejor año de la historia del “Decano”, pega en el palo. Por diferentes circunstancias, Atlético se instaló en un ámbito -el internacional- del que San Martín hoy está a un mundo de distancia. Los éxitos del rival molestan, claro que sí, pero a la vez impulsan. Sería inteligente retroalimentarse de todo lo bueno que hace Atlético para subirse a esa ola, porque le suma a Tucumán y San Martín forma parte de ese entramado.

Un club sólido, saneado, alineado detrás de una visión y de una planificación, profesional en la gestión, creativo, generoso y atento con sus socios, buen anfitrión de sus hinchas, atento a su razón social, rico en propuestas multidisciplinarias, dotado de una buena infraestructura. Moderno y tradicional a la vez. Es una buena paleta de deseos al momento de soplar las velitas. Lo demás -jugar en Primera- es una consecuencia, un fruto que se cae de maduro.

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