La nueva y esperada película de Lucrecia Martel está basada en la universalmente celebrada novela de Antonio Di Benedetto. Un relato de los días de la colonia española en el Gran Chaco, que nos acerca a un hombre del pasado que vive los mismos conflictos de nuestro mundo moderno en el tiempo de una América inmensa y desconocida

29 Oct 2017
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UNA PRESENCIA PROTAGÓNICA DEL COLOR. El paisaje verdìsimo es uno de las fotografìas que regala la notable obra cinematográfica de la realizadora salteña, que competirá por el Oscar.

Por Isabel Peña - Para LA GACETA - Buenos Aires

Sin ánimos de agrandar las expectativas y siendo posible que no les guste, recomiendo a los lectores que se regalen la experiencia de ver Zama en la pantalla grande. Esto es porque tuve la suerte de disfrutar de la película, sumida en el viaje específico que genera con el uso del sonido y el color. Y en una sala de cine eso se potencia.

Si uno se entrega a ese mundo atemporal que propone, el combo de percepciones es casi alucinógeno. Funciona como antídoto para soportar las frustraciones que atraviesa el protagonista. Envuelta en la sutileza del comportamiento de los actores, que generan situaciones enrarecidas, comprendí algo clave de la mirada de Martel. En Zama son más reveladores los gestos y acciones que hacen los personajes, que lo que dicen. Es notable la madurez en el lenguaje y los climas singulares que construye. Es esa sintonía fina, es difícil que se nos escapen los pequeños gestos de “no sumisión” que hacen los indígenas y las mujeres representadas en este relato.

El comportamiento

Se nos impone la belleza desde una periferia de personajes secundarios que vibran con gran intensidad. Opacan las peripecias del protagonista, que encima es bueno, por lo cual no genera gran tensión dramática. La belleza es del mestizaje, de la dignidad femenina más allá de su raza o condición social, del paisaje natural, de la música. Se abre un abanico de hombres, niños y mujeres, más o menos fuertes, alcohólicas, libres. Más o menos vulnerables a sus pocos derechos vigentes en el siglo XVIII.

Hay una escena que sintetiza todo esto. Una ex cautiva que volvió a su tribu occidental, irradia belleza orgullosa de su ser, en completo silencio. La cámara se detiene en sus rasgos. Su tez muy morena evidencia misterios de un tiempo vivido a la intemperie. Esta mujer (interpretada por Luna Paiva) no emite una sola palabra en la civilización occidental a la que ha sido devuelta. Su familia es valiente, habla por ella. Su presencia es la fuerza, y al salir de escena esquiva olímpicamente a un Don Diego de Zama cautivo de su belleza. Comportamiento actoral esencial, breve, sutil y claro. Induce la existencia de un secreto, un fantasma salvaje con el que se convivirá por siempre.

El sonido

Como muchos de nosotros, el protagonista Diego de Zama preferiría estar en otro lado. Padece de in-adecuación, y de larga data. En su derrotero de sucesivos desencantos, se siente por momentos un efecto burbuja en el sonido. Junto a la llegada de malas noticias en la trama, algo falla, molesta y se escucha bastante mal. Se reiteran frases, palabras, deseos, rezos o mantras (que en vez de elevarse, se hunden como plegarias en caída libre). Bajan los decibeles del sonido y el discurso, como si la mente se tildara por cansancio, a punto de apagarse.

Contraste, de color y sonido

Es un placer prestarle atención a las tensiones de saturación que hace. Usando contrastes de colores complementarios: como el rojo en indígenas que avanzan sobre el paisaje verdísimo. En tensión además con el sonido, porque la escena es de peligro de muerte, y usa música placentera, de los años 50, por el dúo brasilero Los Indios Tabajaras. Este dúo jugaba con su identidad supuestamente indígena y según relatos es algo pretencioso por su ambición de triunfar en Hollywood (algo gracioso porque Zama puede llegar a ser un vehículo para que esto finalmente ocurra, al estar nominada al Oscar).

Rojo y verde contrastando se verán también en una canoa que podríamos asociar a una especie de Ofelia hecha varón al que le cortaron las manos y debe seguir viviendo.

Los flares naranjas. Esos reflejos circulares de luz que vemos casi siempre en cine (también llamados bokeh) se nos vienen encima como protagonistas, pero solamente en tonos naranjas y con ese ritmo, el de las chispas del fuego. Logra una síntesis de color muy original quizás porque al usar la fuerza natural, nos rompe ese esquema visto millones de veces pero con luces de los reflejos que se forman en las ciudades. (Sofía Cópola es en ese sentido otra perspicaz directora que los usa de una forma muy singular).

El impacto visual, la sutileza de los gestos y el mundo sonoro son una preocupación esencial de larga data de Lucrecia Martel. Por eso se potencian integrados en una triada que en mi opinión hace irresistible a Zama. La estructura infalible que quizás la llevará a la fama.

Conjeturas y conclusiones

A diferencia de las tres películas anteriores de Lucrecia Martel, Zama trae cambios rotundos:

• El protagonista esta vez es varón, blanco y tiene un comportamiento ético de bondad.

• Representa hechos que transcurren en el s XVIII, y más al norte de Salta. (En un guiño a la Salta que Martel habita, Diego de Zama desea su trasladado a Lerma, ciudad más al sur y menos inhóspita que el lugar en donde está).

• La imaginación se vuelca más intensamente en la forma, al no tener que nutrir la narrativa de la historia original (esta vez escrita por otro autor, Di Benedetto)

Pero las innovaciones se encarnan sobre un eje, el esqueleto de operaciones típicas de Martel. Señalo algunas de las que observo que persisten:

• Su compromiso de larga data con generar un planeta sonoro alejado de Buenos Aires, como el que ella y gran parte de Latinoamérica habita.

• La capa sub-tectónica de sentido del humor, que subyace esta vez con el tiempo siniestro de una espera interminable. El fracaso humano y las inclemencias de la naturaleza, vertidos como un baño de chocolate amargo hecho por el ser humano que recubre la historia.

• Su forma de pintar la propia aldea representando conflictos civiles o existenciales con tremenda vigencia y especificidad. En Zama, borrando adrede todo rastro de cristianismo, como institución y como portador de su esperanza de redención.

No es fácil adaptarse a la espera. Esta película nos sumerge en esa torpeza que a veces nos aqueja para aceptar las circunstancias, situaciones, las relaciones que nos toca vivir.

© LA GACETA

Isabel Peña - Artista visual y escritora.


Año 1790 
Fragmento de Zama *
Por Antonio Di Benedetto
Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.
* Alfaguara.
Año 1790 
Fragmento de Zama *

Por Antonio Di Benedetto

Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.

* Alfaguara.

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