¿En qué consiste la nueva promesa política de Cambiemos? *

29 Oct 2017
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LA FÓRMULA. “Al poner en primer plano el carácter abierto del Estado, así como de la vida partidaria, el lenguaje emprendedor permite atraer a los grupos sociales menos politizados y confiar en recién llegados a la política los resortes de su vida interna”, describe el autor acerca del lenguaje de gestión del PRO.

Por Gabriel Vommaro

Digamos, en primer lugar, que se trata de la posibilidad de que la política profesional incorpore y reconozca valores no estrictamente políticos, que conectan con experiencias sociales de grupos que, en cierta medida, no ven en ese espacio una oportunidad de realización personal. No nos referimos aquí a las élites económicas, habituadas a la vida público-política y al cabildeo, sino a las clases medias-altas insertas en el mundo económico y profesional de la sociedad civil, cuya conexión con lo público se da, en su mayor parte, a través de “acciones solidarias” no percibidas como prácticas políticas. Al hablarles un lenguaje de gestión y de éxito, así como de entrega de sí y desinterés del voluntariado, PRO construyó puentes con esas experiencias sociales y culturales, y atrajo militantes y cuadros para quienes el llamado a meterse en política resultó exitoso. Este encuentro entre actores dispuestos a dar parte de su tiempo a los otros, y un partido que recupera y articula políticamente esas disposiciones, permite colocar en un lugar secundario los valores más conservadores en el contenido y doctrinarios en la forma que tenía la centroderecha hasta entonces, en pos de una ideología flexible del hacer. Como socio principal de la alianza Cambiemos, PRO proveyó estas mediaciones con los mundos sociales en los que se encastra de manera privilegiada, que funcionaron como dispositivos de traducción de energías y preocupaciones morales en compromiso político.

Llamaremos a este proceso “politización”. El concepto de politización puede pensarse como “la recalificación de actividades sociales de las más diversas”, que cobran un nuevo sentido en virtud de “un acuerdo práctico” entre actores sociales que “transgreden o cuestionan la diferenciación entre distintos espacios de actividad” (Lagroye, 2003: 360-361). En otras palabras, la politización supone unir bajo una misma forma –política– actividades que previamente podían pensarse como separadas: el voluntariado social de la militancia política, la eficiencia en la gestión y la participación en el Estado, etc. En segundo lugar, la promesa macrista puede leerse a la luz de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello (2002) denominan “el nuevo espíritu del capitalismo”. El hacer gestionario y la entrega de sí como don voluntario son los componentes principales de ese ethos partidario que le permitió a PRO construir un horizonte de polis emprendedora, no atravesada por conflictos, en cuyo marco lo más importante es la realización individual en compromisos flexibles. Boltanski y Chiapello llaman a estos principios, que definen la “grandeza” en el nuevo capitalismo, “ciudad” o “ciudadela” por proyectos. Esta configuración moral –es decir, una organización de principios de distinción entre el bien y el mal, así como de jerarquización entre personas y de objetos en virtud de esos principios– está formada por organizaciones flexibles, articuladas por un líder que ordena su equipo en función de las necesidades de la competencia y de la satisfacción de los clientes (en este caso, ciudadanos). El Estado debe ser, entonces, el facilitador de esa realización individual en diferentes áreas de la vida, donde las personas intentan encauzar sus proyectos. Debe ser capaz de comunicarlos, de hacer que las redes circulen con libertad. La actividad y la iniciativa son valores supremos que no deberían encontrar obstáculos. Al poner en primer plano el carácter abierto del Estado, así como de la vida partidaria, el lenguaje emprendedor permite atraer a los grupos sociales menos politizados y confiar en recién llegados a la política los resortes de su vida interna. Por eso puede entenderse que, en el hacer partidario, los repertorios de acción remitan, por ejemplo, a la estética de la fiesta de fin de año de las grandes corporaciones –la celebración del éxito de los proyectos del equipo que se reconoce en la figura de su líder–.

De todos modos, no debe creerse que esta búsqueda de un país flexible de emprendedores, en el que el conflicto sea reemplazado por la diversidad, se realice por medios pacíficos. Al contrario, la alianza Cambiemos nace con la desregulación y liberación de las energías privadas como motor, y para eso está dispuesta a dar peleas en diferentes ámbitos, que comprenden discursos que atizan el conflicto e incluso, en muchos casos, intensifican la lógica polarizada de la política argentina. A la ciudad feliz se llega, en cierta medida, barriendo obstáculos. Esa idea encierra una violencia –contra los grupos sociales que no forman parte de ese proyecto, por ejemplo– que el hacer de la gestión pretende ocultar. Y también se nutre de otro de los motores emocionales del involucramiento de los managers: la indignación y el temor a la “chavización” de la Argentina. Involucrarse en la campaña de Cambiemos significó, entre 2014 y 2015, evitar que el país “terminara como Venezuela”. Un compromiso cívico que fue vivido, en ese contexto, como excepcional. De manera paradójica, un partido que se construía desde una estética festiva encontraba en el miedo un poderoso motor para la acción proselitista.

* Adelanto de La larga marcha de Cambiemos (Siglo XXI).

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