Lenin, y el zar y su amante, “juntos” en una mansión art nouveau

El 25 de octubre de 1917 del calendario juliano sucedió la gran revolución del siglo XX. A un siglo de su consecución, LA GACETA repasa este hito mediante una serie de publicaciones elaboradas donde ocurrieron los hechos. En la edición de ayer: “El Palacio de Justicia, 100 años después”. Mañana: la Revolución vuelve como fenómeno editorial

26 Oct 2017 Por Irene Benito
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La puerta vaivén de la historia se abre de un lado y muestra a Matilda Kshesinskaya, promesa del ballet ruso, descollando en la función de su graduación en la Escuela Imperial de Danza. La puerta se cierra, y Matilda y el futuro zar Nicolás II se enredan en un amorío que perdura hasta el matrimonio del monarca. La puerta vuelve a abrirse y aparece Matilda, ya prima ballerina assoluta, dominando la escena social de las últimas décadas de la autocracia desde su mansión modernista de Petrogrado. La puerta se cierra de nuevo y el Imperio Ruso ya no existe, y los protagonistas del orden antiguo presienten que el nuevo se precipita sobre sus cabezas. La puerta se abre y Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, se asoma por el balcón de la Residencia Kshesinskaya para arengar a los marineros de Kronstadt, que han llegado con sus armas a la capital rusa con el objetivo de sumarse a la Revolución Bolchevique.

La puerta vaivén de la historia “juntó” a Lenin, y al zar y a su amante en la misma mansión art nouveau. En esa casa donde hoy funciona el estupendo Museo Estatal de Historia Política de Rusia trabajó el líder revolucionario entre abril y julio de 1917, cuando pasó a la clandestinidad. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos: en febrero de aquel año, tras la abdicación de Nicolás II, Kshesinskaya abandonó para siempre la residencia en el afán de evitar las represalias: ella era un símbolo de los privilegios de clase que los marxistas querían erradicar. Dos días después, los bolcheviques ocuparon la propiedad ubicada en la isla del río Neva llamada Distrito Petrogradsky. En ese edificio distinguido, los rojos establecieron su cuartel general: en una oficina austera, Lenin escribió alrededor de 170 artículos y proclamas. Las paredes de la Mansión Kshesinskaya “oyeron” antes que nadie “Las tesis de abril”, donde el jefe bolchevique planteó la necesidad de que el proletariado y el campesinado de los soviets derrocaran al Gobierno Provisional de Alexander Kerensky.

La hechicera de Nicolás

En la Mansión Kshesinskaya se planificó la Revolución del 25 de Octubre de 1917 del calendario juliano. El edificio del presente evoca las deliberaciones del secretariado tanto como la vida de la bailarina que conquistó los públicos más exigentes y los corazones de tres grandes duques Romanov. Porque Matilda no sólo fue el amor iniciático de Nicolás II: a posteriori, tuvo un romance con Sergio Mijailovich Romanov, tío de aquel, y, mientras seguía frecuentándolo, empezó la relación sentimental con Andrei Vladimirovich, primo del zar, que le depararía el título nobiliario de “su serena alteza princesa Romanovskaya-Krasinskaya”. Durante esos affaires nació un niño cuya paternidad se disputaron Sergio y Andrei, a la sazón también parientes.

Matilda daba que hablar y fomentaba los cotilleos de la alta sociedad. Fue arrolladora al estilo de Lola Mora: artista genial (la primera que ejecutó los famosos 32 giros o fouetté en el escenario imperial); emprendedora obstinada; fuente de fascinación y rechazo; rica, culta, bella y poderosa en una época de mujeres confinadas al segundo plano. Este imán irreductible, una it girl a toda regla, emergió recargado tras el desengaño de Nicolás II, que la abandonó para comprometerse con la emperatriz Alejandra (“Alix”).

Los amantes se habían conocido en una cena “a ciegas” concertada por la familia real para testear la virilidad del heredero. Luego de tratar a Nicolás, Matilda escribió en su diario: “será mío”. Aquel deseo se consumó el 25 de enero de 1893, en el encuentro íntimo donde el zarévich perdió la virginidad. “Estoy todavía bajo el hechizo de ‘La Pequeña K’. La pluma tiembla entre mis dedos”, escribió él en sus memorias. En la víspera de la ruptura, “Nicky” anotó: “nunca pensé que pudieran coexistir dos amores”. “La Pequeña K” estaba desolada. Su ex amante la recompensó con 400.000 rublos para comprar la casa y una última confesión: “sea lo que sea de mi vida, los días pasados contigo serán siempre el recuerdo más feliz de mi juventud”. “Matilda”, la película de Alexei Uchitel estrenada este año, retrata -con una sobredosis de erotismo- esa novelita rosa de antología.

Adiós a los canapés

La Residencia Kshesinskaya es moderna como su dueña. Asimétrica, maciza y atildada, fue un refugio perfecto para Lenin, Josef Stalin, Grigoriy Zinoviev, Lev Kamenev, Yákov Sverdlov, León Trotski y los restantes jerarcas bolcheviques. Donde antes se servían canapés de caviar y champagne, y circulaban las personalidades imperiales, los revolucionarios montaron el búnker donde exploraron las vías de acceso al “poder real”. Desde los balcones, controlaban la calle e improvisaban mitines. Cuando la violencia y la represión se exacerbaron, Lenin dejó el palacete de la bailarina y se ocultó en Finlandia. Tres meses más tarde volvería a Petrogrado para dar el golpe definitivo a un régimen transicional debilitado por la escasez de alimentos y los traspiés de la Primera Guerra Mundial. La puerta vaivén de la historia se había abierto de par en par para “los usurpadores” de la Mansión Kshesinskaya.

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