Los estereotipos, la realización, la nostalgia, la pérdida, la soledad, la condena. Distintas miradas sobre la figura materna ensayadas por algunas de las más destacadas poetas latinoamericanas.

15 Oct 2017
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Por Carmen Perilli - Para LA GACETA - Tucumán

Carl Jung consideraba que la madre era el arquetipo por excelencia que reunía sabiduría y seducción, protección y temor. Cuna y sepulcro del hombre, lo femenino se connota como la tierra que cobija el germen de la vida y los huesos de los muertos. Los mitos sobre la maternidad se multiplican en la cultura. Me interesa detenerme a escuchar una serie de voces de poetas mujeres que muestran imágenes diferentes de la maternidad, desarmando la idea de una esencia fija. Mi intención es escucharlas.

Durante años nos estremecimos con La higuera de Juana de Ibarborou: Porque es áspera y fea, / porque todas sus ramas son grises, / yo le tengo piedad a la higuera. La piedad está directamente relacionada con la supuesta esterilidad de la planta.

La poeta mexicana Rosario Castellanos rompe con el estereotipo: Como todos los huéspedes mi hijo me estorba. Su cuerpo me pidió nacer / cederle el paso, exclama. El hijo es un huésped, y, en ese sentido, un extraño que poco a poco la desaloja de su propio cuerpo Haciéndome partir en dos cada bocado.

Ser madre y ser hija son movimientos relacionados. Gabriela Mistral, en Meciendo, describe la maternidad como una forma de realización y la asocia al intercambio erótico. Pone la tristeza materna en forma de nana: Duerma en ti la carne mía, /mi zozobra, mi temblor. / En ti ciérrense mis ojos: / ¡duerma en ti mi corazón! Y en La Fuga canta a la madre muerta: te busco, y no sabes que te busco, / o vas conmigo, y no te veo el rostro; / o vas en mí por terrible convenio; / sin responderme con tu cuerpo sordo, / siempre por el rosario de los cerros, / que cobran sangre para entregar gozo.

La tucumana Denise León afirma: La vida entera -y el modo en que la vivo- / son historias / contadas por la voz / de mi madre.

El cuerpo propio asume sentidos ambivalentes. La portorriqueña Daisy Zamora se vuelve sobre su preñez. Esta inesperada redondez / este perder mi cintura de ánfora / y hacerme tinaja, / es regresar al barro, al sol, al aguacero / y entender cómo germina la semilla / en la humedad caliente de mi tierra. La hija establece una relación ambivalente con la madre. Una mujer que es por la madre y contra la madre clama Gioconda Belli en No me arrepiento de nada

Alejandra Pizarnik, casi cruel, escribe Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación / lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido / de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire.

La cubana Carilda Oliver Labra prefiere la nostalgia de la madre lejana: Madre mía que estás en una carta / y en un regaño antiguo que no encuentro, / quédate para siempre aquí en el centro / de la rosa total que no se aparta.

Desmadradas

La muerte y la vejez de la madre se reiteran. Olga Orozco, con tono elegíaco, llama a la madre muerta: Madre: tampoco yo te veo, / porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia, / y yo no sé buscarte, acaso porque no supe aprender a perderte… Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te / llamo, / sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia, / o me ordenas las sombras… o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi / corazón. En El eco de mi madre Tamara Kamenzain ve perderse a su madre, sentada al borde de su memoria; no puedo narrar. / ¿Qué pretérito me serviría / si mi madre ya no me teje más? / Desmadrada entonces me detengo / ante un estado de cosas demasiado presente: / ser la descuidada que la cuida / mientras otros la descuidan por mí.

La peruana Blanca Varela en Casa de cuervos elabora la experiencia vital la soledad y el desamparo del progenitor, especialmente de la madre, una vez que el hijo ha asumido una identidad autónoma: aquí me tienes como siempre / dispuesta a la sorpresa / de tus pasos / a todas las primaveras que inventas / y destruyes / a tenderme nada infinita / sobre el mundo / hierba ceniza peste fuego / a lo que quieras por una mirada tuya / que ilumine mis restos / porque así es este amor.

María Elena Walsh, con mucho humor, escribe un Réquiem de Madre: Aquí yace una pobre mujer / que se murió de cansada. / En su vida no pudo tener / jamás las manos cruzadas. Diana Bellesi se pregunta ¿Es la hija madre que se rebela? bajo tortura o galopando magia / sin permiso la vaca, la preciosa / complicidad de verte madrecita / como yo a veces un tanto extraviada. Alicia Genovese se rebela: me negué a coser / a ser mi madre: / hierro apuntillado / en la orfebrería de Puente Alsina, / criar mujeres fuertes / y que todo pase / por ellas.

Me interesaba recorrer rincones de algunos poemas escritos por mujeres para mostrar ese curioso diálogo entre madres e hijas en la poesía, Un diálogo que pone en escena distintos modos de la maternidad. Lejos de las representaciones unívocas la experiencia con ese “cuerpo para”, como decía Simone de Beauvoir, que incluye desde el gozo hasta el dolor.

© LA GACETA

Carmen Perilli - Escritora y docente.

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