Gotemburgo frena a los nazis

Quieren que la raza blanca reine en el caos del mundo capitalista. Su grito es unánime: un rabioso ladrido de perros. Son los perros de la extrema derecha que crece en Alemania y en Europa como una manada idiota y desmelenada. No son un partido político. Se mueven según consignas irracionales y proclamas sin argumentos. Quizás la conquista de los nazis en Alemania haya hecho que la expectativa crezca como una fiera por la marcha anunciada para pocos días después

15 Oct 2017

Por Fabián Soberón - Para LA GACETA - Gotemburgo (Suecia)

En Gotemburgo, el 17 de septiembre, en una “demostración” sin permiso, un grupo numeroso de nazis grita en las calles y en el monumento a Gustavo Adolfo: “supremacía blanca sin compasión”.

El viernes 29, a solo un día de la “demostración” nazi, los policías cercan las calles. Según informan los medios, decenas de buses vienen cargados con las hordas de militantes de extrema derecha.

La ciudad está inundada por la afluencia de personas que asisten a la Feria Internacional del Libro de Gotemburgo. También llegan miles desde distintos sitios de Escandinavia a participar de los eventos en contra de los nazis. Y también vienen nazis de Alemania, Finlandia y otros países. Se cree que habrá al menos mil nazis en la demostración.

La urbe hierve por las luces antifascistas y las voces antirracistas repercuten en las redes sociales.

Todas las cámaras apuntan al sábado 30.

En los bares

En un bar de Haga, Andrea Castro, profesora de la Universidad, me cuenta la historia de un joven que se ha infiltrado en el NMR, en Estocolmo. En los canales de televisión, el muchacho narra su historia. Ha convivido con los nazis como espía durante un año. El joven, homosexual, confiesa que su infiltración ha sido una tortura. Los nazis, homofóbicos, no perdonan. Le digo a Andrea que ahora tendrá que buscar una custodia. Los esbirros del mal lo perseguirán hasta asesinarlo. Los ojos de Andrea corroboran la hipótesis. No son buenos tiempos, dice “Hóffy” Gardarsdóttir, la doctora en Letras por la Universidad de Islandia que ha venido como jurado de una tesis de doctorado.

En el bar Humm, Elena Lindholm, también profesora de español, dice que este avance de la derecha es fuerte y que lo del sábado 30 es crucial para analizar la crecida del fascismo.

En la mañana del 30 de septiembre hay policías en diversos sectores de la ciudad: en Korsvägen, alrededor del Poseidón, en Heden, en la Avenyn. Subo al bus 52 en la parada de mi departamento. Me bajo en una de las zonas de protesta. Me espera la profesora María Clara Medina, del Instituto de Estudios Globales de la Universidad de Gotemburgo. Ella comenta que la marcha está pautada para empezar cerca de su casa. Caminamos hasta la esquina señalada. Los policías están apostados como si fueran a una guerra. Se respira una expectativa que crecerá como una enredadera. Un grupo de payasos pintan un cartel. Y gritan, sonrientes: “no pasarán”.

Luego caminamos hasta Heden, un campo de deportes. Allí hay al menos 3.000 personas. Los múltiples carteles de colores rezan: “fuera los nazis de nuestras calles”; “nazis de mierda”; “Están del lado errado de la historia”; “Fuera pandilla de nazis”. Con el sol en la cara, un grupo de músicos folclóricos intercalan canciones africanas y melodías de ABBA. La multitud bailan al ritmo del antirracismo.

Siete helicópteros vigilan desde el aire soleado y límpido las diversas zonas de conflicto. En las redes y en los diarios se puede ver cuál será el recorrido de la marcha nazi.

Más tarde, cuando nos enteramos de que los nazis han sido detenidos cerca del parque Liseberg, decidimos abandonar Heden y avanzamos con María Clara hasta la parte trasera de Scandinavium. Allí pululan los cánticos cargados de euforia y las pancartas creativas. Los móviles de la policía esperan la orden y custodian, sigilosos, la zona. No nos permiten pasar.

Tomamos otra calle y avanzamos por Korsvägen hasta llegar al parque Liseberg. El entusiasmo cunde como un río se fuego. Los anarquistas están al fondo. Tiran bengalas. Entreverada en el humo y los gritos, María Clara revisa su celular. Está conectada a un grupo de Whatssapp de antirracistas. Por allí envían las noticias. Dicen que el líder de los nazis se ha peleado con los policías. Ha sido detenido junto con los integrantes de la primera fila. En ese instante estalla una bomba. Y la multitud que grita junto con los anarquistas corre despavorida. El grupo antimotines de la policía ha empezado a empujar a los manifestantes. La bandada se dispersa. Siento pánico como nunca he sentido en mi vida. El pasado nazi, aquel que parecía una parte helada de la historia, revive y se convierte en un corazón que late en las calles de Gotemburgo. El humo blanco y las corridas múltiples inundan la calle. María Clara me agarra del brazo y me pide que nos resguardemos en un cuarto de fumadores que hay en la vereda de Göthia Towers.

Regresamos al centro. Miles de manifestantes regresan a sus casas. Las banderas rojas de los socialistas y las negras de los anarquistas flamean con el viento veloz que viene del mar.

Ya cerca de la casa de María Clara, veo decenas de ancianos que caminan con sus andadores. Niños, “jedis”, anarquistas, socialistas, gays, altivos jóvenes suecos participan de la “pueblada” de Gotemburgo. Mientras tomamos un café reparador en el cariñoso “búnker” de María Clara, discutimos la posibilidad de un título para el día histórico.

En la televisión

Estamos en mi departamento. La televisión presenta el informe de las seis de la tarde. La periodista sueca que hemos visto detrás de Scandinavium, hace el reporte. Los helicópteros siguen en el aire. Una calma impensada dibuja el horizonte. María Clara recibe fotos de lo sucedido a la mañana. En una de las imágenes, Simon Lindberg, el líder del grupo nazi, conversa con los policías. Le pide que expulsen a los periodistas. El fotógrafo se llama Stefan Sundberg y capta el instante como un cazador entrenado. Los nazis le gritan “ judío de mierda” y le dan un golpe en la cara. El motín se dispara. Luego detienen a unos 20 miembros del grupo y los llevan en un bus hasta la cárcel.

En el silencio

A las diez de la noche, María Clara sube al bus 52. Desde su casa, me envía un mensaje. Los “jedis”, los entusiastas seguidores de Star Wars que han gritado en contra de los nazis cerca de Scandinavium, han organizado una fiesta en el puerto. La consigna de los “jedis” dice: “Hemos vencido al lado oscuro”. En medio del silencio, pienso que los suecos celebran una victoria.

Al menos por un tiempo, se inaugura una tregua. Los suecos han frenado a los nazis.

© LA GACETA

Fabián Soberón - Escritor.

Comentarios