La feroz inocencia de Silvina Ocampo

Su talento literario permaneció encubierto por las figuras deslumbrantes que la rodeaban. Hermana menor de la majestuosa Victoria, esposa de Adolfo Bioy Casares y amiga de Jorge Luis Borges. Tal vez por eso eligió vivir al margen, refugiada en las voces que contenía su memoria de infancia y dieran vida a las historias reunidas en sus Cuentos completos, editados recientemente por Emecé

15 Oct 2017
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Por Verónica Boix - Para LA GACETA - Buenos Aires

“Desde chica yo era muy imaginativa y me ilusionaba con las cosas y las personas, hacía planes. Y después nada era como yo había creído. Las desilusiones me gustaban, y me gustan, porque cuando algo resulta distinto, aun cuando se trate de una decepción, siento que me sumerjo en un mundo desconocido. La desilusión tiene eso de excitante: lo imprevisto”, dice Silvina Ocampo como si acariciara los bordes del enigma que encarnó durante años.

La menor de seis hermanas, el “etcétera” como suele llamarse con humor, huye del esplendor de la alta sociedad de comienzos del siglo XX y vive en las habitaciones de las institutrices que la educan. Al principio ensaya ser artista y estudia dibujo y pintura en París con Giorgio De Chirico y Fernand Léger, solo que el tiempo y la memoria llevan sus imágenes hacia el territorio fértil de la poesía y los cuentos. Lo sabe todo el mundo: Silvina es la gran escritora de la infancia. De algún modo, hablar de la niñez en su escritura es destejer la inocencia y encontrar una ferocidad tan familiar como extraña.

Sin embargo, no será fácil para esta mujer tímida y seductora encontrar la voz que, finalmente, definirá su poética. Resulta encantador ir descubriendo a lo largo de sus cuentos los rasgos que irán conformando las marcas de una escritura perturbadora. Al margen de cualquier clasificación su voz narrativa ya se insinúa en Viaje olvidado -el primer libro de cuentos publicado en 1937-. La fuerza de las paradojas irrumpe en historias como Claraboyas o Mar y, sin embargo, todavía se perciben solapadas bajo cierta timidez literaria. Lo curioso es que la primera que la critica es justamente su hermana Victoria; señala que usa imágenes con “tortícolis” y, sin proponérselo, pone de manifiesto una de las particularidades que sería sello de su narrativa: la distorsión del mundo real para dejar en evidencia aquello que esconden los lugares comunes. Es decir, la capacidad de perturbar es uno de los rasgos más poderosos de la ficciones de Silvina.

La vida de la “hermana feúcha” de las Ocampo va a cambiar cuando se deslumbre con la belleza “como puñalada” de Bioy Casares; “algo había en él peor que su hermosura: sus ojos hundidos bajo unas cejas despeinadas por un viento invisible que revelaban su desamparo”. A pesar de la diferencia de edad -ella es once años mayor-, se casan y viven juntos hasta que ella muere en 1994. Es probable que en los cuentos de Autobiografía de Irene la escritora buscara la segura aprobación de su esposo y de Borges y se dejara tentar por el ingenio y la perfección narrativa, logrando así relatos extraordinarios como El impostor.

A lo largo de los años el matrimonio va a conformar, a pesar de las infidelidades mutuas y los celos, una dupla literatura y amorosa inseparable. Además de formar parte de la revista Sur, escriben juntos la novela Los que aman, odian y también compilan con Borges la famosa Antología de la literatura fantástica. Así van a ser reconocidos como “Los Bioy”.

Perfección y desparpajo

Recién con los años Silvina dará rienda suelta a su voz definitiva. A partir de la publicación de los cuentos de La furia su escritura se arriesga a atravesar los límites convencionales para hablar de las contradicciones del ser humano, desde lo obsceno hasta el amor incondicional, no hay sentimiento que quede fuera de sus relatos, basta leer Las fotografías o La boda para comprender el alcance de sus palabras. Se dice que no hay mejor manera de detectar los conflictos de una época que inventando: la escritura de Silvina resulta un desborde de imaginación capaz de revelar el mundo como si fuera nuevo.

Y no solo la infancia borra sus fronteras, en sus cuentos también lo femenino está en permanente transformación. No es casualidad que uno de los grandes temas de sus historias sea la metamorfosis: las cuestiones centrales del feminismo actual ya conformaban la materia de sus relatos. Las expectativas de género, los abusos sexuales, el desequilibrio de poderes, la manipulación y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo regido por reglas de otros delinean mujeres incómodas que se vuelven otras a partir de un giro fantástico o perturbador.

Dicho de otro modo, en los cuentos el humor es tan filoso que horroriza. Inocencia y crueldad. Humor negro y metafísica. Perfección y desparpajo. En verdad, la tensión entre los opuestos alimenta sus historias con la sutileza de una prosa que necesita de todos los sentidos para ser comprendida. No alcanza la vista, para entrar a su escritura es necesario oler el miedo en un jardín, palpar el terciopelo verde de un vestido capaz de asfixiar, saborear el veneno de las lentejuelas de un dragón o escuchar el maullido de una mujer. De algún modo, permitir que su voz revele las sombras de una realidad perturbadora.

© LA GACETA

Verónica Boix - Periodista cultural.

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