La madre del Carlos Sánchez contó anécdotas de la infancia del futuro Arzobispo de Tucumán

Los recuerdos de María Elena Chimirri de Sánchez y su hijo en Villa Luján. “A los 9 años Carlitos ya quería ser sacerdote”.

07 Oct 2017

Si no fuera por una pequeña fractura en la columna hasta podría caminar sin bastón. Pero inquieta y enérgica como es, María Elena Chimirri de Sánchez no pierde el tiempo en lamentaciones. Con sus 85 vitales años atraviesa el pequeño jardín del frente de su casa, en Villa Luján, y entra a la única vivienda que la cobijó desde que se casó con Clemente Sánchez, hace 62 años, el 24 de septiembre de 1955, en la iglesia La Merced. Faltaban 12 años para que naciera su penúltimo y quinto hijo, Carlos Alberto, que el viernes 13 asumirá como séptimo arzobispo de Tucumán y décimo desde que se creó la diócesis.

La mesa y las paredes del living están salpicadas de fotos familiares. Carlitos en la escuela, en un cumpleaños, en su ordenación, con sus compañeros del Seminario Mayor, con el Papa Francisco... Toma en sus manos una fotografía en blanco y negro y señala: “mira, este es Mario Oscar, el mayor. Al año y medio nacieron los mellizos: Manuel Antonio, que falleció a los 41 años, y Liliana de los Ángeles, que es siervita de San José (religiosa). Después vino Stella Maris (señala a la señora que está a su lado) y le siguen Carlos Alberto (siempre pronuncia los dos nombres de sus hijos) y, al último, Aldo Fabián, que también estuvo una época en el seminario”.

“Carlitos (como le empezaron a decir en el Seminario) ha sido siempre un chico obediente, estudioso, alegre. Jamás había que revisarle los deberes. Nunca me enteraba cuando tenía prueba. Una vez una vecina, cuyo hijo era compañero de Carlos Alberto en el colegio de Luján, me dice que la maestra había aplazado a la mayoría de los chicos. Afligida, me voy corriendo a preguntarle: ‘hijo, ¿cuánto te has sacado en la prueba?’ ‘A gatas un 10, mamá’, me contesta”, narra María Elena ciñendo sus ojos pequeños.

El padre Carlos sólo quería ser sacerdote y lo sabía desde los nueve años. Pero no le había contado a nadie. Sólo se lo había confesado a su maestra de Religión, la señorita Susana Consolani. “Un día el cura de la parroquia nos hace llamar a mi esposo y a mí. Como nosotros nos dedicábamos a hacer cortinados, pensamos que quería algún trabajo, y por eso no fuimos (ríe con picardía). Entonces el padre José Arbó, que era párroco, se presentó en la casa una noche. ‘Como ustedes no vienen...’, dijo con cara de resignación. Le invitamos un café y conversó de cualquier cosa menos de lo que había venido a decir. A las dos horas se para y dice como al pasar: ‘¿y ya saben qué van a hacer con el chico? ¿Lo van a mandar al Seminario? Porque él quiere ser sacerdote...’. ¡Yo me largué a llorar!”, recuerda María Elena. ¡Era tan chiquito para separarse de mí...!”

“Bueno, bueno, el hecho de que vaya al Seminario no quiere decir que vaya a ser cura -dijo Arbó-. ¿O vos querías que sea médico?” Ella permanecía callada. “Va a estudiar siete años y va a salir muy bien preparado por si después quiere ir a la universidad” Como María Elena seguía con la mirada en el suelo. Arbó la animó con un golpecito en la quijada y se fue.

El padre Carlos entró con 10 años recién cumplidos al Seminario Menor, poco después de hacer la Confirmación. Se sentía feliz junto a otros chicos y todos los fines de semana iba a visitar a su madre. “Cada fin de semana caía con uno o dos seminaristas para almorzar. ‘Mamá no te preocupés por la comida, ellos son de otra provincia, sólo quiero que se sientan en familia’”, decía.

María Elena cree que fue el propio Arbó el que encendió la llamita de la vocación sacerdotal. ¡Quién sabe! La parroquia, así como el barrio y la familia eran los escenarios principales de su vida. Stella Maris, que tiene cuatro años menos que su hermano Carlos, recuerda entre risas la preocupación de don Clemente por integrar a su hijo con los chicos del barrio. “¡El problema es que éramos todas mujeres!”, enfatiza. Entonces se le ocurrió celebrar los bautismos de las muñecas. “Se ponía un batón negro de mi mamá que le quedaba como sotana y una camisa blanca que le sobresalía por el cuello. Poníamos un fuentón con agua y mi papá las bautizaba y le ponía los nombres a las muñecas ayudado por Carlitos que hacía de monaguillo. Los chicos de la cuadra llevaban galletitas y armábamos una fiesta”, ríe.

Se hace un silencio. Don Clemente ya no está, falleció a los 57 años. Pero de seguro su memoria estará el viernes en Atlético, tan vivo y tan presente como lo estuvo en cada uno de sus hijos, durante toda la vida.

EL VIERNES 13

• A las 17 abre el estadio de Atlético. • A las 18.30 parte la procesión desde la parroquia de Fátima hacia Atlético.

• A las 19.30 llega la Virgen de La Merced.

• A las 20 se inicia la ordenación.

• A las 22, empanadeada en 25 de Mayo y Chile.

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Carlos Sánchez
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