Un policial con “argot argento”

Leonardo Oyola y su locro western

08 Oct 2017
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LA CLAVE. La cultura popular alimenta la novela de Oyola, que es a la vez policial y road movie (película de carretera).

NOVELA

CHAMAMÉ

LEONARDO OYOLA

(Random House - Buenos Aires) 

“La idea es aportarle al policial negro el argot de la calle, el de los pibes (...) Una vez dijeron que, más que escribir policiales, yo hago locro western”. Eso decía hace unos años Leonado Oyola en una entrevista para LA GACETA Literaria, y de esa sustancia está compuesta Chamamé, novela con la que se hizo del Premio Hammett en la Semana Negra de Gijón de 2008 y que, ahora, tiene su edición argentina por Random House.

Chamamé es una road movie a la vez que policial que se alimenta de distintas fuentes, básicamente la cultura popular: el cine, la televisión, el pop rock. De King Kong al Pastor Jiménez, de Calles de fuego a Charly García o Bruce Springsteen, de Los Fabulosos Cadillacs a Turf, Trasnoche Aurora Grundig, Pasión de gavilanes o Roberto Galán. Pero lo más audaz y original de la novela es el uso del lenguaje, que va al hueso de la jerga argenta. (Si la historia, los personajes, se mueven en un ambiente de marginalidad, ¿debe considerarse también marginal al lenguaje? ¿Qué significa “marginal”? ¿No se vuelve “marginal” el lenguaje en su constante mutación?)

Los protagonistas son Manuel Ovejero, El Perro (el narrador, quien no cree en los finales felices y vive “lleno de nada”, un vacío que duele, como suele doler la duda) y Noé Carabajal, El Pastor (inteligente, frío, feroz; dueño de un delirio místico glorificado por la música, que mata en nombre del Señor, en escenas que linkean al famoso segmento de Pulp Fiction en que se recita un pasaje de Ezequiel 25:17 previo a un asesinato).

El territorio, Misiones: la tierra colorada, “el sol anaranjado”, “el calor infernal del litoral”. Sus temas centrales, una traición, una venganza, y una persecución colérica con destino a la Triple Frontera, “a ningún lado, ya”.

Tanto El Pastor y El Perro como el resto de los personajes pagarán, a su manera, sus penas: sociales, ante la ley, las del azar, frente a sus propios karmas (“cada uno de nosotros tiene dentro la semilla de su propia condena o de su salvación”). Porque el camino es una canción, y según quién la cante y lo que esa canción diga, así será la vida.

© LA GACETA

Hernán Carbonel

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