Los estudiantes, la primavera y la paz

21 Sep 2017 Por LA GACETA

No son muchos los días al año en que coinciden distintos festejos todos relacionados con la celebración de la vida. La primera ha inspirado a los poetas y es el ciclo de la naturaleza en el que se produce su renovación. “Doña Primavera de aliento fecundo, se ríe de todas las penas del mundo”, escribió la chilena Gabriela Mistral. A menudo criticados por los adultos, son sinónimo de rebeldía, ímpetu, sueños, efervescencia. John Milton opinaba que “la juventud anuncia al hombre como la mañana al día”. Es la relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos. “La paz comienza con una sonrisa”, sostenía la Madre Teresa de Calcuta

El Día del Estudiante coincide en nuestro país con el de la Primavera y el día de repatriación de los restos de Domingo F. Sarmiento, que murió en Asunción del Paraguay en el 11 de septiembre de 1888. Su origen se remonta a la propuesta del entonces estudiante y luego arqueólogo Salvador Debenedetti en 1902, cuando presidía el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su iniciativa de declarar el 21 de septiembre como Día del Estudiante fue aceptada en esa facultad y luego se extendió a todo el país. Pero también en esta fecha se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Paz, consagrado al fortalecimiento de los ideales de paz, tanto entre todas las naciones y todos los pueblos como entre los miembros de cada uno de ellos.

Es tal vez la etapa más complicada del hombre. El adolescente busca diferenciarse del adulto en el intento de construir o modelar su personalidad y su destino. La rebeldía es una de las características de este período. Tanto el chico como el grande deben enfrentar una sociedad que está cambiando constantemente, tanto en sus formas como en sus contenidos, especialmente en estos tiempos en que ellos son el blanco predilecto del bombardeo permanente de productos de consumo y de modas superficiales que diseñan justamente los adultos.

En los últimos tiempos, en la sociedad tucumana se han producido hechos perturbadores, como las grescas entre estudiantes, que han llegado a dejar el lamentable saldo de un muerto. El último episodio protagonizado por estudiantes secundarios se registró la semana pasada: fueron detenidos nueve jóvenes, entre ellos dos chicas de 15 años, y hubo siete policías lesionados.

Si bien no es conveniente generalizar, estos episodios desnudan algo muy preocupante que está ocurriendo desde hace un tiempo en nuestra sociedad. Los jóvenes están expuestos a diversos flagelos, que van desde la droga a la soledad. El adulto vive, en general, preocupado en la obtención del dinero para lograr el bienestar familiar, a costa de desatender a sus hijos. En estas explosiones violentas se observa una falta de comunicación alarmante y de educación en el hogar, donde los chicos deberían aprender los principios esenciales de la convivencia. Los jóvenes necesitan ser escuchados, comprendidos, estimulados en sus inquietudes por sus mayores. La calidad de vida no debería medirse por el aspecto material, sino por el humano.

Los chicos son a menudo el reflejo de sus padres y de sus maestros. Si se los educa para ser personas de paz, será una gran contribución a este mundo cada vez más convulsionado por las guerras y el terrorismo. “Si no estamos en paz con nosotros mismos, no podemos guiar a otros en la búsqueda de la paz”, afirmaba Confucio.

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