“La idea de dignidad es uno de los inventos decisivos de la humanidad”

El exitoso autor alemán nutre sus ficciones policiales con su experiencia como abogado. Pero no se queda ahí. Von Schirach usa el género para referirse a otros asuntos: la culpa sesgada, la violación de la ley, el horror más crudo, la perversión, el incesto y las formas de la mentira. “Si mis libros tienen algún significado es el de intentar defender la dignidad de las personas”, revela

17 Sep 2017
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LA DEFINICIÓN. “Uno sólo puede escribir tal como es”, afirma Von Schirach.

ENTREVISTA A FERDINAND VON SCHIRACH  

Por Fabián Soberón

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

La ficción policial puede ser pensada como una ventana para contemplar la mera actualidad, como una plataforma para el ensayo social, como una estrategia de invención y de simulación, como un laboratorio político. Ferdinand Von Schirach piensa a la ficción como una forma mixta de realismo crudo y velada reflexión política. Pero su mirada política no empequeñece o simplifica a la ficción. Sus cuentos (publicados en Culpa y en Crímenes) proponen microhistorias que parten de casos jurídicos reales (situados en ciudades alemanas) y plantean accidentes o desviaciones que alteran el orden ético o jurídico. En las novelas El caso Collini y Tabú sigue los parámetros estéticos del policial y la estrategia estructural de las narraciones de intriga.

- ¿Por qué escribió El caso Collini? ¿Cuál fue el móvil?

- En Alemania, después del régimen nazi la justicia no partió de cero. Muchos de los jueces y fiscales de aquel entonces volvieron a ejercer en la República Federal. Y muchos de los profesores de educación superior recuperaron sus puestos. La novela también trata de estos procesos. Saca a la luz el problema, poco conocido hasta ahora, de la prescripción de los crímenes nazis. Tras la publicación de la novela, el Ministerio de Justicia alemán creó una comisión histórica para aclararlo.

- En la novela, el asesino (Collini) tiene un móvil que se mantiene oculto hasta el final. Y eso secreto es el centro polémico del libro.

- Enfrentarse a un dilema moral no es lo mismo que decidir si vamos a pedir postre o café después de comer. Las preguntas son elementales, nos afectan; a través de ellas vemos quiénes somos.

- Esta novela tiene un claro componente policial pero también podría pensarse como un thriller jurídico. ¿Le interesan los géneros a la hora de escribir?

- En absoluto. No me interesan las «categorías». Lo que un escritor cuenta puede ser una buena historia o no. Sólo se trata de eso: de conmover a las personas. La «categoría» me es completamente indiferente.

- En un fragmento el abogado Mattinger, defensor de la víctima, le dice a Leinen: “Yo confío en las leyes; y usted, en la sociedad”. Siguiendo el dilema que plantea Matinger, para usted, ¿quién tiene razón? ¿Mattinger o Leinen?

- Eso deberían contestarlo los lectores, no el autor.

- En sus libros de cuentos hay una mirada compleja sobre los personajes. A pesar de que todos implican asuntos morales, el narrador no emite juicio. Al mismo tiempo que narra los delitos, los describe con cierta ternura o indiferencia. No toma partido.

- No, el narrador sí se posiciona. Él cuenta la historia y usted piensa sobre ella, ése es su posicionamiento. Si mis libros tienen algún significado es el de intentar defender la dignidad de las personas. Considero que la idea de dignidad es uno de los inventos decisivos de la humanidad: borra el odio y la ignorancia y nos hace amar la vida, porque sabemos que tenemos un final y gracias a él nos convertimos en humanos en un sentido profundo y auténtico.

- Tanto su novela El caso Collini como sus cuentos tienen que ver con los “géneros” jurídico y policial. ¿Se imagina escribiendo sobre otros asuntos?

- Creo que uno sólo puede escribir tal como es.

- Me gustaría que cuente una vez más la escena de iniciación como escritor.

- Me gustaría explicarle algo emocionante, pero no puedo. No duermo bien, por eso una noche me puse sin más y empecé a escribir unas cuantas historias.

- En uno de los cuentos usted se refiere especialmente a la diferencia entre la novela policial (la ficción) y la realidad. Si pensamos en el contexto, en la referencia concreta a las ciudades y a las menciones de instituciones y procesos, sus cuentos pueden ser pensados como “realistas”, casi documentales. Pero son textos ficcionales. En ese sentido, ¿cuánto ha introducido las estrategias de la ficción?

- Los casos son auténticos, pero no en el sentido de que todo sucedió así. Imagínese esos preciosos cajones de imprenta antiguos. Aparecen la «A» 17 veces, la «E» 44 y la «B» 12. Cuando uno ha trabajado gran parte de su vida como abogado defensor, tiene un cajón bastante grande de sucesos, personajes, pequeñas escenas e historias. Yo vuelvo a unirlas para crear una historia, así que es una mezcla pero también es la verdad. Sin embargo, la literatura siempre es más cierta que un expediente de cinco metros de grosor. Lo que no cambio es el tono de fondo de un caso, por así decirlo, los personajes y sus motivaciones. Tal vez sea precisamente ese fondo auténtico lo que conmueve a los lectores de las historias. Uno debe saber de lo que escribe.

- “¿Quién conoce a un ser humano?” se pregunta el personaje Schmied. Después de haber tratado tantos clientes y de haber atendido muchos casos, ¿usted cree que conoce al ser humano?

- No, apenas nos conocemos a nosotros mismos. El ser humano siempre es una sorpresa. Pero sigo sintiendo curiosidad.

© LA GACETA

PERFIL

Ferdinand von Schirach nació en Munich, en 1964. Es abogado y escritor. Ganó el premio Kleist con Crímenes, libro que permaneció más de un año en la lista de más vendidos de Der Spiegel. También es autor de Culpa y El caso Collini. Sus textos, que fueron adaptados al cine y la televisión, se publicaron en más de 30 países.

Fragmento de Tabú * 
Por Ferdinand Von Schirach                                                        
Una espléndida mañana de primavera del año 1838 se creó en París, en el Boulevard du Temple, una nueva realidad. Ésta transformó la visión, el conocimiento y la memoria de los seres humanos. Y, por último, transformó la verdad. 
Daguerre era un escenógrafo francés. Quería hacer unos decorados que fuesen como la misma realidad. A través de un agujero practicado en una caja de madera proyectaba la luz sobre unas placas de plata yoduradas. Gracias a los vapores de mercurio se hacía visible lo que se encontraba delante de la caja. Sin embargo, las sales de plata tardaban mucho en reaccionar: los caballos y los paseantes eran demasiado veloces, el movimiento todavía era invisible, la luz únicamente grababa en las placas casas, árboles y calles. Daguerre había inventado la fotografía. 
En la foto que realizó en 1838 se distingue con notable claridad, entre las sombras difusas de carros y personas, a un hombre. Mientras todo bulle a su alrededor, él permanece inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda. Sólo la cabeza está borrosa. Nada sabía de Daguerre y su invento; era un transeúnte a quien estaban lustrando los zapatos. La cámara 10 lo captó a él y al limpiabotas; fueron las primeras personas que aparecieron en una foto.
Sebastian von Eschburg había pensado con frecuencia en ese individuo inmóvil y su cabeza imprecisa. Pero fue en ese momento, después de que todo hubiese sucedido y ya nadie pudiese echar marcha atrás, cuando lo entendió: ese hombre era él mismo.
* Salamandra.

Fragmento de Tabú * 

Por Ferdin and Von Schirach                                                        

Una espléndida mañana de primavera del año 1838 se creó en París, en el Boulevard du Temple, una nueva realidad. Ésta transformó la visión, el conocimiento y la memoria de los seres humanos. Y, por último, transformó la verdad. 
Daguerre era un escenógrafo francés. Quería hacer unos decorados que fuesen como la misma realidad. A través de un agujero practicado en una caja de madera proyectaba la luz sobre unas placas de plata yoduradas. Gracias a los vapores de mercurio se hacía visible lo que se encontraba delante de la caja. Sin embargo, las sales de plata tardaban mucho en reaccionar: los caballos y los paseantes eran demasiado veloces, el movimiento todavía era invisible, la luz únicamente grababa en las placas casas, árboles y calles. Daguerre había inventado la fotografía. 
En la foto que realizó en 1838 se distingue con notable claridad, entre las sombras difusas de carros y personas, a un hombre. Mientras todo bulle a su alrededor, él permanece inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda. Sólo la cabeza está borrosa. Nada sabía de Daguerre y su invento; era un transeúnte a quien estaban lustrando los zapatos. La cámara 10 lo captó a él y al limpiabotas; fueron las primeras personas que aparecieron en una foto.
Sebastian von Eschburg había pensado con frecuencia en ese individuo inmóvil y su cabeza imprecisa. Pero fue en ese momento, después de que todo hubiese sucedido y ya nadie pudiese echar marcha atrás, cuando lo entendió: ese hombre era él mismo.
* Salamandra.

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