Alberdi: "la libertad es participar, no renegar en una mesa de café"

10 Sep 2017

Por Claudio Rabinovitch - Para LA GACETA - Río Negro

Cuando se evoca a Juan Bautista Alberdi, suelen citarse sus Bases y Puntos de Partida... como fuente principal de la Constitución Nacional de 1853, El Crimen de la Guerra, por su rechazo a los conflictos bélicos (salvo en legítima defensa), y Sistema Económico y Rentístico, texto en el que explicó el esquema de política económica contenido en la Ley Fundamental. Pero una veta no demasiado conocida fue su prédica instando al involucramiento activo del ciudadano que no se agote en criticar a los funcionarios en la mesa de un bar.

Decía en la última de las obras mencionadas: “Ser libre no consiste en pasar la mañana en el café renegando a voz en cuello de todos los actos de gobierno; es vivir en continuo afán y perpetua solicitud, es tomar parte en todo lo que le interesa a la Nación... es vivir con la mano en el bolsillo, en el que tiene cada ciudadano un poder de acción pública más eficaz que el fusil de la guardia nacional, herramienta inútil para hacer caminos y puentes, para hermosear las ciudades”.

Esta postura tiene que ver con el rol limitado que el tucumano le asigna al Estado, al que acota en su afán recaudatorio, por lo que aportar de manera voluntaria lo posible a la prosperidad propia y general es tarea del ciudadano.

En tal sentido, apuntaba: “La mitad de la organización del país está en la de la propia persona... El gobierno de la libertad es el que demanda más sacrificios, no más tributos”. Es que Sistema Económico y Rentístico es un alegato contra la coacción estatal. Desconfiado de lo que podía hacer el poder político con el erario público, Alberdi sentenciaba: “el ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad tiene... El peor enemigo de la riqueza del país ha sido la riqueza del Fisco”.

Por otra parte, el involucramiento social era complementario de un rol activo en los asuntos públicos.

En Peregrinación de Luz del Día nuestro hombre convocaba a la participación política con el siguiente slogan: “Los que se abstienen pierden el derecho a quejarse, porque se dan el déspota del que se quejan”. Sin embargo -esto es muy interesante por lo vigente- Alberdi observaba que así como había una aversión hacia el exceso de poder, existía otra tendencia social creciente (esperar todo del Estado) que fustigaba con no menos rigor: “A la menor necesidad alzamos los ojos hacia el papá. El gobierno era antes el amo, hoy es el sirviente”.

En 1876, Alberdi dedicó un libro a quien consideraba arquetipo del personaje moderno, William Wheelwrigth, emprendedor que después de ser cónsul norteamericano (en Guayaquil), entre otras cosas montó empresas para explotación de minas de carbón, construyó un ferrocarril en Chile, y ayudo al trazado férreo entre Córdoba y Rosario. “Los grandes hombres no son sino locos de la víspera”, expresaba Alberdi con admiración hacia su amigo, en quien veía un exponente del “egoísmo bien intencionado” y el “autogobierno”, contrafigura del político megalómano para el que “la libertad no es gobernarse a sí mismo, sino a los otros”.

El ideario alberdiano era el de una república en la cual la garantía de las libertades económicas y civiles para los habitantes del suelo argentino -nativos e inmigrantes por igual-, generarían un escenario de prosperidad dando pábulo a una nueva sociedad política. Aquel proyecto exitoso de país (que tuvo en la pluma de Alberdi a uno de sus principales exponentes) interrumpido por golpes de estado y gobiernos demagógicos, depende del consenso de la gente que más temprano que tarde vuelva a ser realidad

© LA GACETA

Claudio Rabinovitch – Periodista, Master en Economía y Ciencias Políticas.

Comentarios