Bajo los paraguas del amor

27 Ago 2017 Por Roberto Espinosa
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› TEMA LIBRE

No sólo se mueven. También bailan. Meditan. Laten. Se estremecen. Lo cierto es que sueñan desde ese 24 de febrero de 1932 en que parpadearon su primera mañana. Deshojan una infancia que inventa la soledad en ventanales del silencio. Marginan la sensibilidad de la violencia escolar. Ven cómo su madre lo arrastra inútilmente para llevarlo al liceo. Dibujan el abandono, aunque la mirada de tres años no registra la partida de su padre compositor. Tal vez sí la tristeza de madre. Esconden el retraimiento en la guarida de su mejor amigo, ese mueble sonoro, donde danza la melancolía entre negras y blancas. Las arpas celestiales de una película le encienden un fueguito, cuando ve a Tino Rossi bosquejar en la batuta el destino de una orquesta.

Como una piedra que se tira, en el agua viva de un arroyo, y que deja detrás de ella, miles de rondas en el agua…

Las botas nazis vuelven mortecina la Ciudad Luz. Sus diez años ejercitan el vuelo en el teclado. Voces de trombones, arpas, trompetas, violines fundan su planeta. El conservatorio lo mira perplejo. Amigos son los instrumentos.

Enguantan 14 años cuando entran en su casa. Ella es exigente. Sabia. A los peores alumnos, les da un premio para que rápido se vayan. La recompensa de los buenos es quedarse en la rue Ballu bajo sus alas. Siete años pueden ser pocos o una eternidad. Poesía, filosofía, música, vida, respiran en los anteojos de su maestra Nadia Boulanger. “¿Qué harás el resto de tu vida?”, quizás les pregunta ella en la despedida. Ellos esbozan ilusiones de jazz. 1947. Dizzy Gillespie seduce su alma parisina con el bebob. De tanto desearlos los deseos se van corporizando.

Como una madeja de lana, entre las manos de un niño, o las palabras de una cantinela presa entre las arpas del viento, como un torbellino de nieve, como el vuelo de gaviotas…

Ansiedad. Necesitan constantemente dar. Cumplen 27 años cuando Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, Art Farmer y Ben Webster se abroquelan bajo la batuta. Caminan en los 60 el cielo de Hollywood. Bajo los paraguas de Cherburgo, con los ojos cerrados, circulan por el caso Thomas Crown. En ese verano del 42, Yentl tal vez le dice al Agente 007: “nunca digas nunca jamás”. Ellos se zambullen en el piano. Se trepan a orquestas. Una suelta de pentagramas les trae algunos Oscar. En su música no hay vacantes para rencores.

Sobre los rulos del océano, como el camino de ronda, que hacen sin cesar las horas, el viaje alrededor del mundo, de un girasol en su flor, haces girar con tu nombre…

Urgencias por compartir sentimientos. Por dar. Por recibir. Cambian de planes. Gambetean la rutina. Tienen sed de gloria. Encandilan. Hacen cantar los anillos de Saturno. Las constelaciones. Se abrazan al talento de Sarah Vaughan, Tony Bennett, Stéphane Grapelli, Claude Bolling, Oscar Peterson, Frank Sinatra. Pasan del cine a la comedia musical, de la ópera a las sinfonías y a los conciertos, pero no pueden escapar a las canciones que han tocado el alma de los unos y los otros.

Bajo las gotas de la lluvia, como las canciones que mueren, en cuanto se las olvida, y las hojas del otoño encuentran cielos menos azules, y tu ausencia les da el color de tus cabellos…

Encuentros. Desencuentros. Adioses. Bienvenidas. “Cuando eres joven, no sabes que eres joven y lo desperdicias. Cuando eres viejo pero sabes cómo ser joven puesto que has vivido, eres joven con la cultura y la reflexión. Para mí, esa es la auténtica juventud”, dicen. Aspas de vida titilan en sus yemas. Las canas no amedrentan su pasión. Se acunan en la gloria, pero van por todo universo. Porque los dedos de Michel Legrand echan a volar el amor en los molinos de su corazón.

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