En una cocina comunitaria de Los Vázquez las mujeres se capacitan para elaborar lácteos

Al principio comenzaron con la fabricación de pan casero, después siguieron con los quesos y ahora aprenderán a hacer yogurt.

27 Ago 2017

Bajo el sol del mediodía, Cristina Castillo remueve una olla repleta de fideos. La cacerola tiene el tamaño de un tambor de lavarropas. Es enorme, porque sirve para preparar la comida para 209 personas; la mayoría niños. De memoria hace los cálculos para cada ingrediente. En el fuego avanza la cocción y, a esa hora, el sol pega fuerte. Les hace falta una galería para trabajar bajo techo, pero en realidad son tantas las cosas que se necesitan que puede haber otras prioridades. En total son cinco mujeres las que trabajan todos los días en la cocina comunitaria de Los Vázquez, a la que bautizaron “La Fortaleza”. Ese nombre -explica Cristina- lo eligieron después de haber pasado muchos sinsabores y de haber enfrentado los obstáculos sin bajar los brazos.

El Ministerio de Desarrollo Social les dona alimentos no perecederos, pero con eso no basta; entonces cada familia realiza un aporte de dinero para comprar carne y verduras. Por ejemplo una madre de siete hijos paga $ 55 y se lleva las porciones que corresponde a todos los miembros de su familia. De otro modo, sería imposible que una familia completa pudiera almorzar con ese monto.

Es viernes y el menú de fideos incluye salsa y pollo. La hornalla afloja en el último tramo, porque empieza a quedarse sin gas. Una garrafa de 10 kilos les dura dos días. “Necesitamos un cilindro; hemos presentado el presupuesto en el Ministerio, pero todavía no tuvimos una respuesta”, explica Lidia Montesino.

Los vecinos

“La Fortaleza” está ubicada en el barrio Autopista Sur, Los Vázquez, Manzana B, Lote 51. Ellas tienen de vecino al cauce del río Salí y a los montículos de residuos que fueron tapados con tierra y parquizados para disimularlos. Las mujeres se las ingenian para incluir también un postre cuando las madres llegan a buscar sus porciones. En general preparan mazamorra, arroz con leche, gelatina y, a veces, dulce de batata.

En un módulo que construyó el Gobierno, Horacio Baigorria amasa harina con agua para los alfajores de maicena con dulce de leche. “Hace 16 años que laburo en panaderías”, afirma el maestro mientras remueve la masa con mucha experiencia. Las pequeñas piezas redondas van al horno de barro que está al fondo de la propiedad. El horno se ve a punto de caerse. “Necesitamos que venga alguien que sepa hacerlo, porque de tanto hornear se desarman las paredes y se cae todo”, dice Cristina.

Mariano Bachex (45 años) es el experto en churros que llega, como corresponde, con una bolsa cargada para convidar. “Hace 15 años, me cansé y renuncié a todo en Buenos Aires -explica Mariano- y me vine a ayudar aquí, porque son mujeres trabajadoras: la Patria está aquí; mi sueño es que con la fuerza de uno se haga algo contagioso”.

Mariano se entusiasma con los quehaceres de la cocina comunitaria, mientras reparte churros. “Hay que entender, como decía Einstein, que la energía más poderosa es la energía humana”, agrega.

Es momento de colar los fideos. Rita Moreno, Evangelina Quiroga y María Bustos proceden con sapiencia. En minutos empezarán a llegar las madres con los tuppers en las manos para llevar la comida a sus casas. “Hay muchas mujeres que necesitan no tanto un trabajo, sino tener segura la comida para sus hijos; por eso necesitamos que la cocina comunitaria siga funcionando”, resalta Rita.

Con lácteos

Al principio comenzaron elaborando pan casero. Después aprovecharon una capacitación que organizó la Unsta para la preparación de productos dulces más elaborados. En septiembre comenzarán una nueva etapa de capacitación con productos lácteos (ver “La Unsta...”).

Afuera de la cocina comunitaria, en el primer pasaje de Los Vázquez, cuatro caballos pastan al mediodía. En la vereda de tierra, sin sombra, una vecina estaciona la moto y baja con su tupper dispuesta a retirar la ración de comida del día para toda su familia.

Con una gigante cuchara de madera que mide más de un metro, las cocineras remueven la salsa con trozos de carne de pollo. “Unos cinco minutos y ya está lista para sacar”, apunta Rosa López. En un instante, el patio está copado por mujeres que llegan decididas a ayudar a servir. Natalia Veullemenot y María Bustos completan el trabajo vertiendo el aceite en una fuente donde se colarán los fideos.

En “La Fortaleza” tiene muchas necesidades, pero las resuelven con ingenio. Lo que sobra es entusiasmo por cocinar para que a nadie le falte la comida en su casa. “No queremos ser millonarias con este emprendimiento -dice Lidia Montesino-, sino pagar la comida del día a día”.

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