“Los diarios deberían parecerse más a sí mismos y menos a las redes sociales”

“Los diarios deberían parecerse más a sí mismos y menos a las redes sociales”

El periodista colombiano y maestro de la Fundación García Márquez es uno de los mejores cronistas de la actualidad. Aquí habla sobre su trabajo y acerca del género que conoce como pocos. “La crónica permite hacer visible lo invisible”, sentencia.

27 Agosto 2017

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - Buenos Aires

El tono marcadamente caribeño es una de las primeras impresiones agradables que transmite Alberto Salcedo Ramos. “¿Hola, amigo Alejo. ¿Cómo va la causa?”, me pregunta al verme por primera vez de manera personal. En los últimos años, nuestro contacto fue a través del correo electrónico; por una u otra cuestión, cada vez que él visitaba Buenos Aires, los compromisos nos impedían el prometido encuentro. Y yo, al mismo tiempo, sigo sin conocer Colombia. Ahora la suerte juega para ambos. Acaba de terminar una charla en la Fundación Tomás Eloy Martínez: unas 50 personas escucharon sus anécdotas y le hicieron preguntas relacionadas con el periodismo. Después siguieron las selfies de ese improvisado club de fans y los abrazos. Y más tarde ocurrió aquello del encuentro a la vieja usanza, sin tecnología de por medio.

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Salcedo Ramos es uno de los referentes de los cronistas de nuestro tiempo. Viaja por el mundo para escuchar historias, tal como quería hacer de chico, cuando en el pueblo de San Estanislao escuchaba los relatos de sus abuelos, veía cine mexicano en la única sala para los 5.000 habitantes del lugar y leía el diario que llegaba tras un viaje en avión y tren y cuando “las noticias ya eran viejas”, según rememora. Esas historias luego las cuenta de manera genial.

Ahora que no trabaja en redacciones sino en las calles, como prefiere, y lejos del periodismo que chupa lo que sale en la web, Salcedo Ramos ha escrito formidables entrevistas que van desde el perfil de un jugador de fútbol al de un chico que camina ocho kilómetros por un terreno lleno de peligros para ir a la escuela. Es el caso de Wikdi, que le dio título a su relato La travesía de Wikdi, que le valió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. En fútbol, en cambio, sus historias también tienen esa calidad que solo podría compararse con una buena merienda de café con pan, manteca y dulce de leche. El último gol de Darío Silva, por caso. En 2006, y en el mejor momento de su carrera, el uruguayo perdió una pierna en un accidente de tránsito. Salcedo Ramos lo lleva y lo trae del pasado al presente. Un maestro. Así, muchísimas. Y es, además, el autor de un libro insoslayable en lo que refiere al deporte: en El Oro y la oscuridad - La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, describe magistralmente a su ídolo del boxeo, cuyos retazos persigue por las calles de Cartagena para pintar un cuadro. Impecable.

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- Querías estudiar Literatura pero te hiciste periodista. ¿Ambas opciones tenían que ver con tu pasión por contar?

- Cuando terminé el secundario mi mamá me dijo que con la literatura me iba a morir de hambre. “¿Por qué no estudias periodismo, que se mueren de hambre pero al menos tienen un sueldo?”, me sugirió. Y en el periodismo descubrí que me permitía contar historias que gustaran. Empecé a sentirme a gusto.

- Hoy sos un referente latinoamericano de la crónica periodística. ¿Es una moda, la crónica?

- García Márquez decía que la crónica es un cuento pero con verdad. Y siempre cito aquella crónica hermosa que hizo Osvaldo Soriano en la que llevó a su ídolo, (José) Sanfilippo, a recorrer el supermercado en el que antes estaba la cancha de San Lorenzo para recordar un gol legendario. “Ahí donde están las hojas de afeitar estaba tal jugador, donde están las leches tal otro…”. Soriano no tuvo que inventar nada sino dar un toque imaginativo a su texto. La crónica es periodismo y es literatura. Periodismo porque se investiga con las herramientas del periodismo: se entrevista, se consultan datos y se revisan archivos. Y también es literatura porque se escribe con belleza técnica.

- Hay una camada de periodistas que quieren hacer crónicas. ¿Pero la crónica no es otra cosa que buen periodismo?

- Nos hemos metido en un camino en el que se cree que la crónica solo es posible si te tomas un año en hacerla. Me gustaría recuperar algo de aquellos tiempos en que se podía hacer una crónica en un día. Tiempos en los que no se escribía pensando en ganar el Pulitzer. Felizmente, en los periódicos hay espacio para todos los géneros del periodismo.

- ¿Cómo trabajás tus textos?

- Escribir, para mí, es tortuoso, difícil: aparecen los vacíos, las dudas. Y no utilizo palabra complicadas: el asunto no está en la grandilocuencia sino en la sencillez. No me considero un tocado por una varita mágica: me reconozco por el esfuerzo que pongo para que el trabajo salga. Me relajo, en cambio, cuando estoy con la gente, escuchando lo que me cuentan. Me siento un privilegiado. Soy claro con ellos. Me gusta propiciar encuentros para verlos en su vida cotidiana. No quiero sentarme en una silla a preguntar y escuchar. Me gusta ver a la gente en acción. Por eso suelo seguir a los entrevistados en sus rutinas. Los invito a comer, a desayunar. Creo que así, inevitablemente, uno se conecta con el otro. Además, cuando viajo no sé con quién me voy a encontrar. La crónica permite hacer visible lo invisible.

- Solés escribir sobre personajes y hechos deportivos. ¿Por qué?

- Soy aficionado al deporte desde la infancia, cuando escuchaba a través de la radio las peleas de boxeo y los partidos que no veía. Creo, además, que en el deporte conoces al ventajoso, al solidario, al que no sabe perder, al delator, al amigo. Busco en las historias del deporte aquello que me permita encontrar la condición humana.

- Tanto que se habla de la crisis de los diarios, ¿cuál es tu opinión?

- Creo que el periódico debería parecerse más al periódico y no a las redes sociales.

- ¿Andás en algún proyecto?

- Trabajo sobre un libro acerca del origen del narcotráfico en Colombia. Se sabe la historia de Escobar, pero eso es la continuidad de algo que comenzó mucho antes, en los años 70, con el tráfico de marihuana. Me interesa mostrar una parábola que hay sobre mi país. Contar a través de la marihuana qué fuimos, qué somos y hacia dónde vamos.

© LA GACETA

PERFIL

Alberto Salcedo Ramos nació en 1963 en Barranquilla, Colombia. Sus textos aparecen en revistas de su país y del resto de este continente y de Europa. Entre otras distinciones, recibió el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, dos veces el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa y en cinco oportunidades el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Es maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por Gabriel García Márquez. Algunos de sus libros publicados son El Oro y la Oscuridad - La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé y La eterna parranda.

El árbitro colombiano que expulsó a Pelé *
Por Alberto 
Salcedo Ramos
Guillermo Velásquez, más conocido como “El Chato”, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados. 
Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza -pues no era invencible- sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.
* Fragmento.


El árbitro colombiano que expulsó a Pelé *
Por Alberto Salcedo Ramos

Guillermo Velásquez, más conocido como “El Chato”, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados. 
Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza -pues no era invencible- sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.


* Fragmento.

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