26 Abril 2004 Seguir en 
Días pasados, informamos sobre la alarmante actitud de un chico de 12 años que concurrió a la escuela portando un arma, para evitar -según adujo- que lo agredieran sus compañeros mayores. El caso sirvió para poner de manifiesto la hondura que tiene el problema de la violencia en los menores: es algo que constituye una inquietante realidad en el ámbito de las escuelas. Las docentes manifestaron a la prensa su preocupación por tales casos. Ellos abundan, y no es posible cuantificarlos en las cifras de consultas al Gabinete Psicopedagógico de la Provincia, ya que muchos no se denuncian, y las autoridades de los establecimientos optan por resolverlos internamente.
Parece obvio decir que si estas situaciones se dan en la escuela -que finalmente es un ámbito de contención- en la calle se expresan de manera mucho más intensa y más peligrosa. Quien circule de noche por las zonas donde funcionan "boliches" o "bailantas" durante los fines de semana puede percibir la frecuencia con la cual estallan feroces grescas entre los menores, generalmente sin que se note la presencia de policías en las inmediaciones. Además, muchas veces están apostadas en las esquinas o en las puertas de esos negocios verdaderas patotas dedicadas a provocar a los transeúntes.
De esa manera, el centro de la ciudad se ha convertido de noche en una franja peligrosa, que el público prefiere evitar. Ciertamente que eso resulta lamentable. Ha venido a desnaturalizar lo que, décadas atrás, constituía una zona segura, por la cual podían circular personas de toda edad sin zozobras de ningún tipo.
Los estudiosos de la conducta poseen sustanciosas explicaciones acerca de las causas de lo que decimos. Es común atribuirlo a la realidad socioeconómica, y resulta indiscutible que ella juega un rol de mucha importancia. Pero la verdad es también que vivimos en una sociedad donde no solamente se exalta y se tolera el recurso violento, sino que no se advierte, por parte de las instituciones, ni una actitud educativa constante enderezada a educar contra la violencia, ni una actitud policial capaz de controlar eficazmente los desbordes en que incurren los menores.
Esto último se percibe no solamente en el tema de las grescas, sino también ante cuadros de adolescentes alcoholizados que van tambaleándose por la calle, o que terminan tirados en las veredas, penosos espectáculos comprobables los domingos a la mañana en el barrio Norte y en otros puntos de la ciudad. No es posible que tales cuadros tengan lugar sin que intervenga el poder público, para hacer cumplir normas de antigua vigencia y por todos conocidas. Nos referimos, por supuesto, a una actitud permanente, y no a esporádicos operativos luego de los cuales nada llega a modificarse de verdad.
La violencia, lamentablemente, es parte de la condición humana. Pero eso no quiere decir que deba dejarse que se desarrolle en el espíritu y en la conducta de los menores, respecto de los cuales el adulto tiene una seria obligación formativa y orientadora. Es necesario que la sociedad se concientice sobre tal cuestión. Desde el Estado es imperioso diseñar una estrategia para encararla: las escuelas, los organismos educativos, la Policía deben aunar y coordinar sus esfuerzos para que la violencia deje ser un peligroso componente habitual en la vida de los jóvenes.
Ninguna acción, por profunda que sea, tendrá la efectividad deseada, si no existe una labor cotidiana de formación, de vigilancia y de corrección, localizada en el hogar y a cargo de los progenitores. Como todo tema en el cual se halle implicada la juventud, este que nos ocupa es grave y es delicado. Conviene dedicarse a la tarea de encararlo, y con urgencia.
Parece obvio decir que si estas situaciones se dan en la escuela -que finalmente es un ámbito de contención- en la calle se expresan de manera mucho más intensa y más peligrosa. Quien circule de noche por las zonas donde funcionan "boliches" o "bailantas" durante los fines de semana puede percibir la frecuencia con la cual estallan feroces grescas entre los menores, generalmente sin que se note la presencia de policías en las inmediaciones. Además, muchas veces están apostadas en las esquinas o en las puertas de esos negocios verdaderas patotas dedicadas a provocar a los transeúntes.
De esa manera, el centro de la ciudad se ha convertido de noche en una franja peligrosa, que el público prefiere evitar. Ciertamente que eso resulta lamentable. Ha venido a desnaturalizar lo que, décadas atrás, constituía una zona segura, por la cual podían circular personas de toda edad sin zozobras de ningún tipo.
Los estudiosos de la conducta poseen sustanciosas explicaciones acerca de las causas de lo que decimos. Es común atribuirlo a la realidad socioeconómica, y resulta indiscutible que ella juega un rol de mucha importancia. Pero la verdad es también que vivimos en una sociedad donde no solamente se exalta y se tolera el recurso violento, sino que no se advierte, por parte de las instituciones, ni una actitud educativa constante enderezada a educar contra la violencia, ni una actitud policial capaz de controlar eficazmente los desbordes en que incurren los menores.
Esto último se percibe no solamente en el tema de las grescas, sino también ante cuadros de adolescentes alcoholizados que van tambaleándose por la calle, o que terminan tirados en las veredas, penosos espectáculos comprobables los domingos a la mañana en el barrio Norte y en otros puntos de la ciudad. No es posible que tales cuadros tengan lugar sin que intervenga el poder público, para hacer cumplir normas de antigua vigencia y por todos conocidas. Nos referimos, por supuesto, a una actitud permanente, y no a esporádicos operativos luego de los cuales nada llega a modificarse de verdad.
La violencia, lamentablemente, es parte de la condición humana. Pero eso no quiere decir que deba dejarse que se desarrolle en el espíritu y en la conducta de los menores, respecto de los cuales el adulto tiene una seria obligación formativa y orientadora. Es necesario que la sociedad se concientice sobre tal cuestión. Desde el Estado es imperioso diseñar una estrategia para encararla: las escuelas, los organismos educativos, la Policía deben aunar y coordinar sus esfuerzos para que la violencia deje ser un peligroso componente habitual en la vida de los jóvenes.
Ninguna acción, por profunda que sea, tendrá la efectividad deseada, si no existe una labor cotidiana de formación, de vigilancia y de corrección, localizada en el hogar y a cargo de los progenitores. Como todo tema en el cual se halle implicada la juventud, este que nos ocupa es grave y es delicado. Conviene dedicarse a la tarea de encararlo, y con urgencia.
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